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Los Diarios de Samuel Pepys
| ¿Tiene
acaso el DIARIO de Sam Pepys? Lo necesito
para las largas noches de invierno.
Así escribía Helene HAMFF
el 15 de octubre de 1950 a su librero
en Londres, pidiéndole le enviara
a New York uno de los clásicos
más deliciosos que se conozcan.
Lejos estaba de imaginar que al escribir
la carta estaba redactado ella misma un
clásico moderno, “84,
Charing Cross Road”, una
de las obras más encantadoras de
la literatura universal.
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Los “Diarios” de Samuel Pepys
son – al lado de las “Memorias de
Ultratumba” de Chateaubriand, y de las
“Memorias” del Duque de Saint-Simon
– una de aquellas obras monumentales de
las que uno no puede separarse, una vez que
se han leído las primeras líneas.
Samuel Pepys (1633-1703) era un inglés
típico de la restauración estuardiana.
Tras un largo período de puritanismo
impuesto por el régimen de Cromwell,
los ingleses en general, y los londinenses en
particular, comenzaron a descubrir la música,
las bellas artes, el sexo, la alegría
de vivir. La monarquía restaurada de
Carlos II inauguraba una nueva era y con ella
la sed de placeres y de diversiones. Pepys fue
testigo directo y protagonista de esta época.
Como diarista, Pepys logró su cometido;
hoy en día su Diario es uns instrumento
precioso para los historiadores del la Inglaterra
del siglo XVII..
Pero, ¿porqué se redacta un Diario?
¿Porqué el diarista se sienta
día tras día para consignar por
escrito sucesos y pensamientos, las más
de veces íntimos?
Aunque hay muchas opiniones y teorías,
está comúnmente admitido que un
diarista auténtico no escribe para la
posteridad sino para sí mismo; el caso
contrario es un género o un ejercicio
literario. El diarista quiere recuperar su vida,
atrapar el instante que pasó, tomarlo
entre sus manos y plasmarlo en una página
en blanco adornándolo con pensamientos,
ilusiones, puntos de vista. Cuando un diario
íntimo cae entre las manos de un lector,
mueve al interés porque se supone que
se cuenta con una mayor sinceridad: el hombre
piensa y “habla” en voz alta teóricamente
para sí mismo, guiado en principio por
el único interés de llegar a su
verdad interior. Los lectores estamos invitados
a leer la transcripción en bruto de una
vida que se mira a sí misma.
Pero un diario íntimo está plagado
de mil astucias; quien escribe su día
a día pensando en un posible lector,
querrá quedar bien, y escogerá
tal o cual suceso que le convenga. Si confiesa
pequeñas miserias es para esconder otras
más grandes. La ambigüedad del diario,
pues, es que se pretenderá íntimo
ahora que se escribe para el público.
El diarista no está solo, el público
virtual está allí, presente en
el momento mismo cuando escribe para sí
mismo.
Hay diarisras, sin embargo, que han escrito
verdaderos diarios íntimos, para sí
mismos. Samuel Pepys es uno de ellos. Principalmente
porque no lo destinaba a su publicación
y la prueba es que lo redactaba en una lengua
incomprensible para los demás, al menos
eso lo creía él.
¿Para quién escribía Pepys
entonces? Ciertamento no es un diario filosófico,
no son textos dirigidos a un público
y tampoco Pepys escribió con la intención
de conocerse a sí mismo. Louis CAZAMIAN,
el gran historiador de la literatra inglesa
(autor de la monumental “A History of
English Literature”) afirma que la intención
de Pepys era de acordarse de lo vivido, de atrapar
los mínimos detalles de su existencia
cotidiana. Así de simple.
A su muerte, su biblioteca fue cedida al Magdalen
College de la Universidad de Cambridge, y con
la biblioteca partieron sus diarios. Solo entre
1819 y 1822 el Pastor anglicano John Smith comenzó
a descifrar los diarios de Pepys, redactados
en sus sistema de escritura codificada llamada
tycografía, inventada hacia 1640. Se
trata de una especie de estenografía
que Pepys complicó aún más
indroduciendo términos en español,
italiano o francés y otros de su propia
cosecha.
Pepys escribió su diario durante diez
años (1660-1669), consignando todo lo
que veía, hacía y pensaba; en
él son descritos ceremonias reales, escenas
domésticas, peleas con su mujer, entrevistas
con altos dignatarios de la corte y hasta sus
infidelidades.
Pero a todo esto, ¿quién era Samuel
PEPYS?
Era el segundo hijo de un sastre (John Pepys)
y de una lavandera (Margaret Knight), nacido
el 23 de febrero de 1632 en Brampton, cerca
de Huntington, Inglaterra. Una familia honorable,
sin historia ni pretensiones, aunque muy antigua
y conocida en la zona. Samuel hizo estudios
en Brampton, en Londres y finalmente en Cambridge,
donde obtuvo sus diplomes Bachelor of Arts,
primero y de Master of Arts al terminar.
A los veintiún años se casó
con la hija de un hugonote fracés, Elizabeth
Marchand de Saint-Michel.
Lord Edward Montagu, conde de Sandwich, marino
inmensamente popular, lo tomó bajo su
protección como secretario. La primera
misión de Pepys fue acompañar
a su protector a Holanda en 1660 para acompañar
de regreso a Inglaterra del futuro Rey Carlos
II. Sus méritos hicieron que fuera contratado
como empleado en el Ministerio de la Marina.
A fuerza de trabajo, Pepys logró hacerse
indispensable en su nuevo puesto y comienzó
su ascensión en el escalafón hasta
ser nombrado Secretario del Almirantazgo británico,
bajo el mando directo del Duque de York (futuro
Rey James II) un puesto que conllevaba no solo
grandes responsabilidades sino una especial
preeminencia social. Pepys hizo así su
entrada en la Corte de Carlos II.
Su vida es digna de una novela. Ya secretario
del Almirantazgo se le llegó a acusar
de “papista” y se le sometió
a un juicio en el que se le declaró finalmente
inocente. A partir de 1680 llovieron sobre él
honores de todo tipo, fue elegido miembro del
Parlamento en 1685 y murió en 1703 a
los 71 años de edad.
Lamentablemente su diario no discurre todo lo
largo de su vida. Cesó de redactarlo
porque estaba seguro que la tycografía
era la culpable de la périda de la vista
de la que comenzó a sufrir.
Se trató, pues, de un gran burgués,
trabajador conciencioso y hombre de coraje.
Lo demostró en 1665, durante la gran
peste que asoló Inglaterra, cuando rehusó
abandonar su puesto en un momento en que todos
sus colegas y colaboradores huían de
la ciudad.
La historia de hoy afirma que las condiciones
sociales y económicas, la influencia
de las ciencias y de la écnica, las costumbres
y la vida cotidiana del pueblo llano son tan
importantes como las batallas, los tratados,
los príncipes y los papas.
Gracias a Pepys podemos acercarnos a una taberna
inglesa del siglo XVII y a la corte, al Rey
y a la burguesía, y de manera muy espontánea,
fresca. Podemos asistir a la pompa de la coronación
de un Rey como entrar a las habitaciones del
Duque de York y sorprenderlo desnudo (“es
un hombre bastante ordinario”); con Sam
Pepys veremos una noche al Rey Carlos II atraversar
los jardines del palacio para reunirse con su
amante Lady Castelmaine. A propósito,
la hermosa concubina tenia la costumbre de tender
su ropa interior en los jardines de palacio;
en su Diario Pepys cuenta cómo la visión
de los calzones de la condesa le provocaba una
gran excitación sexual! Del suegro de
Carlos II, el Rey de Portugal, nuestro diarista
escribirá una frase lapidaria: “es
un paleto”. Y cuando le van a avisar que
su hermano se está muriendo, confiesa
que va a verlo “por el qué dirán”
aunque, después del deceso, pasará
una mala noche llorando en su cama abrazado
de su mujer. Y un buen día, durante una
aburrida ceremonia palatina, estando en el estrado
de la Reina Catalina de Braganza, al abrigo
de sus ropajes de seda y su capa, se masturba
sin pestañear y sin que nadie se dé
cuenta.
¿Cuántos diaristas estarían
dispuestos a confesarlo?
Fernando LAMAS
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