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LA CULTURA, Conceptos tradicionales y nuevos enfoques

Fernando Silva Santisteban

La cultura ha sido entendida y definida de muchas y diferentes maneras, pero en el fondo no es otra cosa que el contenido mismo de la mente

Del latín cultus, forma de supino del verbo colere que originalmente significaba “cultivar”, el término cultura se volvió metafórico cuando lo empleó Cicerón (106-43 a.C.) en su célebre tratado filosófico y moral Tusculanae disputationes, (2,5,13) para comparar el espíritu de un hombre basto con un campo sin cultivar y su educación y formación espiritual como el cultivo de ese campo. Este concepto clásico de cultura que excluía las actividades utilitarias, las artes y el trabajo manual —banausía, tenido como propio de esclavos— pasó con esos caracteres a casi todas las lenguas europeas.

En la Edad Media la palabra cultura conservó su carácter metafórico, aristocrático y contemplativo propio del ideal clásico y se convirtió en instrumento principal de la preparación del hombre para sus deberes religiosos y para la vida ultramundana (culto a Dios y a los santos). El Renacimiento modificó el carácter imaginativo del ideal clásico medieval, destacando la naturaleza activa de la sabiduría. Pico della Mirandola y Carlo Bovillo, insistían en que a través de la sabiduría el hombre podía llegar a su realización total. La cultura fue entonces sabiduría, pero como tal reservada solo a unos cuantos porque que el sabio se separaba del resto de la humanidad, tenía un carácter metafísico y moral diferente de los demás hombres. La Ilustración trató de eliminar el carácter aristocrático de la cultura al proponer su máxima difusión por considerarla instrumento de renovación de vida social e individual y no patrimonio de doctos. Kant define la cultura como “la producción en un ser racional de la capacidad de escoger sus propios fines” , en el sentido de otorgar fines superiores a los que puede proporcionar la naturaleza misma.

En el orden académico el concepto de cultura ha sido objeto de muchas preocupaciones así como de propuestas y discusiones, puesto que para la antropología como para las demás ciencias sociales —por las propias características con las que se ha venido identificando la condición humana— había que establecer una categoría conceptual, funcional y discernible en la que se conjugasen los atributos de la vida social humana. Si bien no se ha establecido ni se ha buscado establecer una definición única de cultura —puesto que, salvo las definiciones matemáticas, toda definición es siempre arbitraria— los científicos sociales estuvieron de acuerdo sobre determinadas condiciones que, como veremos luego, hacían de la noción de cultura una abstracción válida para significar un todo integrado, funcional, objetivo y discernible. El historiador Phillip Bagby reconoce que

... Los antropólogos han conseguido establecer unas cuantas proposiciones de validez universal, que si no fuera por su carencia de forma matemática, podrían muy bien ser consideradas como leyes ... El establecimiento de estas regularidades universales afirma nuestra creencia de que el mundo de las cosas humanas no es totalmente desordenado.

De manera que, como los han expresado también Kroeber y Kluckhon, la noción de cultura resultó ser para la antropología como la noción de gravedad para la física, de enfermedad para la medicina o de evolución para la biología, es decir, la piedra fundamental sobre la cual se estructuraba la disciplina. Y no sólo para la antropología sino para la ciencia social en general. Malinowski se refiere a la cultura como "the most central problem of all social science".

Pero en el orden común, es decir, en lo concerniente a la actividad social pública, el término se ofrece, elitista, confuso e inconveniente porque la noción tradicional ("humanista") de cultura constituye un contrasentido en el entendimiento de la mecánica social cuando se la quiere precisar diferenciándola de la educación, de la economía, de la política, del derecho y los demás aspectos de la vida social. Este enfoque no permite expresar racionalmente la naturaleza de las cosas en tanto se interpreta a la cultura en su connotación tradicional y elitista, como un aspecto secundario dependiente de los demás y no como la noción totalizante y válida que refleja la integridad de la vida social humana.


El concepto antropológico de cultura

Como sucedió con las ciencias físicas, que habían progresado muy poco mientras no fueron abstraídos los conceptos de masa, momento, energía, etc., igual pasó con la antropología y en general con las ciencias sociales, en las que cuando fue establecido el concepto de cultura vino a servir de base a todo el sistema de formulaciones teoréticas de estas disciplinas.

Fue Edward Burnett Tylor (1832-1917) fundador de la antropología académica quien perfeccionando un enunciado de Gustav Klemm estableció el primer y más amplio concepto de cultura, el mismo que define en su famoso libro Primitive Culture (1871) como

"… aquel todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquiera de los hábitos y capacidades adquiridas por el hombre en cuanto miembro de la sociedad"

Agregando que:
“La condición de la cultura en las diversas sociedades de la especie humana, en la medida en que puede ser investigada, según principios generales, es un objeto apto para el estudio Leslie White Leslie White Leslie White de las leyes del pensamiento y la acción humanos".

El concepto formulado por Tylor tiene la gran cualidad de ser inmensamente amplio y circunscrito a la vez, lo cual permite innumerables variantes, según el énfasis que se desee poner en cualquier aspecto de la cultura, es decir, de todo lo que significa las diferentes aptitudes y hábitos adquiridos por el hombre en la vida social. Así, por ejemplo, otro famoso antropólogo, Melville Herkovits, ha caracterizado también a la cultura como "algo que puede ser aprendido, estructurado analizado y divisible en diversos aspectos, algo dinámico y variable que emerge de todos los componentes de la especie humana". Por su parte, Leslie White dice: "Cultura es el nombre de un orden o clase distinto de fenómenos, es decir, de cosas y acontecimientos que dependen del ejercicio de una habilidad mental peculiar de la especie humana, que hemos llamado simbolización". En tanto que Clyde Kluckhohn en una de sus definiciones la entiende como "todos los modos de vida históricamente creados, explícitos como implícitos, racionales y no racionales, que existen en cualquier tiempo determinado como guías potenciales del comportamiento de los hombres" aunque la entiende también como "la parte del ambiente hecha por el hombre". Así como éstas, son innumerables las definiciones y la literatura antropológica escrita sobre el concepto de cultura que difieren no sólo en los alcances que se confiere al concepto sino también en sus orientaciones teóricas. Prácticamente no hay antropólogo que no haya tenido que discernir o escoger un concepto funcional de cultura acorde con su formación y su manera de pensar en las realidades que le preocupan.

En todo caso y como quiera que se tomen las definiciones, en todas ellas se entenderá necesariamente que la cultura es un fenómeno social, es decir, algo más que un fenómeno biológico, que si bien tiene base biológica se trasmite de cerebro a cerebro a través de la información y la comunicación y que se puede observar, analizar y comprender como un sistema, puesto que constituye un todo estructurado, funcional y racionalizable. La cultura, como ya se dijo, incluye los conocimientos, técnicas, ideas, creencias, hábitos y valores heredados. Si bien hay quien sostiene que la cultura no incluye a los objetos materiales, éstos como resultado de los actos son considerados como formas de la cultura explícita. En todo caso, son necesariamente productos culturales —cultura material— y objeto de estudio de algunas disciplinas como la arqueología y la historia de la técnica.

Radcliffe-Brown, uno de los investigadores más connotados de la antropología social británica, al referirse a esta discrepancia en el uso del término cultura escribe:

“… los antropólogos utilizan la palabra ‘cultura’ en muchos sentidos diferentes. Creo que algunos la utilizan como equivalente a lo que yo llamo forma de la vida social”. (Radcliffe-Brown, 1969:31).

Pensamos, en efecto, que esta equivalencia a la que se refiere R-B viene a ser una de las definiciones más claras y totalizantes de cultura, esto es como las formas de la vida social.

En el orden epistemológico, una pregunta que no puede dejar de inquietarnos es ¿qué clase de realidad posee la cultura? Pregunta que ha dado lugar a diferentes respuestas y naturalmente a discusiones, planteamientos y propuestas que sería largo referir aquí, pero que pueden ser agrupados en tres clases de enfoques diferentes, uno denominado superorgánico, otro conceptualista y un tercero realista.

El enfoque superorgánico, propuesto y sustentado principalmente por Alfred Kroeber, entiende a la cultura como a una súper realidad que existe por encima y más allá de sus portadores individuales y establece sus propias leyes, que no se debe confundir con el hecho generalmente aceptado de que la cultura es supraorgánica, esto es, que no está directa e inmediatamente sujeta a las leyes biológicas.

Según el enfoque conceptualista, la cultura no es una entidad per se sino el concepto que usan los científicos sociales para relacionar y unificar conceptualmente una gran variedad de hechos que de otro modo permanecerían separados y no podrían ser relacionados y discernidos y, según el criterio realista, es tanto un concepto como una realidad empírica; es un concepto porque es la principal teoría explicativa del objeto fundamental de la ciencia antropológica y es una realidad empírica porque el concepto está reflejando la forma en que realmente están organizados ciertos fenómenos que se agrupan bajo su contenido. Partiendo del hecho de que la cultura es algo observable, comprensible y analizable se aclara la cuestión de la naturaleza substancial de la cultura.

La cultura y las culturas: entre el relativismo y el universalismo

En el estudio comparativo de las culturas el problema principal es la elaboración de características que sean lo suficientemente amplias como para aplicarlas a todas las culturas que se estudian y, al mismo tiempo, lo suficientemente específicas para diferenciarlas o señalar similitudes que sean más que meras aproximaciones. Este problema dio origen a dos posiciones sobre la interpretación de la naturaleza de la cultura, una sustentaba la relatividad o particularidad de las culturas en tanto que la otra sostenía la universalidad o generalidad de la misma.

Los relativistas extremos negaban que pudieran elaborarse categorías o proposiciones que fueran al mismo tiempo exactas y universales porque sostenían que cada cultura era única y por lo tanto debía analizarse mediante sus propias categorías. Según Franz Boas cada cultura es única porque es producto en parte de la casualidad y en parte de las circunstancias históricas irrepetibles. Ruth Benedict sostenía que cada cultura es una expresión única y legítima de las potencialidades humanas, en consecuencia no puede haber normas universales de práctica cultural. También Alfred Kroeber pensaba que no se pueden elaborar categorías generales en las que puedan incluirse de manera exacta todos los fenómenos particulares de todas las culturas, por lo tanto las así llamadas “categorías universales” resultaban inoperantes y en consecuencia falsas, infuncionales, cuando se trata de aplicarlas.

El relativismo cultural y las perspectivas desde las cuales se juzgaba y analizaba una cultura implican una serie de cuestiones que resultan muy discutibles. Es el caso por ejemplo del relativismo moral puesto que los valores morales son válidos solamente dentro de cada cultura e incluso de cada circunstancia. De acuerdo con esto no tendríamos derecho a condenar la crueldad ni la inhumanidad aparentes de otros pueblos, porque al hacerlo estaríamos proyectando nuestro propio sistema de valores más allá del único contexto en el que son legítimos. Como lo explica Kneller, el relativismo crea un problema moral peculiar a su doctrina: ¿hemos de aceptar como justificada cualquier costumbre por contraproducente y aborrecible que nos parezca en la medida en que forma parte integral de otra cultura?, ¿no tenemos derecho —sigue preguntándose este autor— a condenar el genocidio, el canibalismo, la esclavitud y la tortura física simplemente porque son prácticas de otros pueblos?

Pensamos que las cosas no pueden llevarse a extremos porque se puede usar en gran manera criterios antropológicos para estimar lo que podríamos llamar una racionalidad universal, como los valores e instituciones, patrones y costumbres que contribuyen a la supervivencia de la especie y a la integridad de cada grupo social. El relativismo cultural se justifica como una posición metodológica en la investigación de culturas específicas y para ello resulta de gran ayuda, mas no como principio orientador en la teoría antropológica puesto que negaría la adopción de valores de otras culturas que se consideren ventajosos. Además, como dice Erich Fromm, el relativismo no puede admitir lógicamente que sea la propia cultura la que distorsione el desarrollo de sus miembros porque niega que haya criterios realmente válidos para el enjuiciamiento de las demás culturas. Eso significaría que sólo son los individuos los que pueden ser inadaptados y no las culturas. Gravísimo problema para el cambio cultural dirigido.

Los universalistas sostienen que todos los seres humanos comparten la misma naturaleza, la cual requiere de los mismos principios y valores para su expresión. Si los individuos tienen o siguen valores diferentes no es por que sus naturalezas sean diferentes sino porque no cumplen con la naturaleza que poseen en común. Sostiene Kluckhon que todas las culturas son esencialmente respuestas específicas a las mismas exigencias que plantean la biología y las generalidades de la condición humana. Las pautas de vida de cada sociedad deben ofrecer modos aprobados y sancionados de afrontar circunstancias tan universales como la existencia de dos sexos, la desvalidez de los niños pequeños, la necesidad de requisitos biológicos como la alimentación, etc. Del mismo modo hay ciertas necesidades de la vida social para esta clase de animal que no importan para el caso donde se las viva o a qué cultura pertenezcan. La cooperación para la adquisición de los elementos imprescindibles parta la subsistencia o para otros fines requiere de un mínimo de conducta recíproca, de un sistema común de comunicaciones y, por cierto, de valores mutuamente aceptados. Los hechos de la biología humana y el carácter gregario de la especie lo proporcionan determinados puntos de referencia invariables a partir de los cuales puede iniciarse la comparación intercultural.

Algunas de las características que Robert Redfield sostiene como universales de la cultura son:
• todas las culturas establecen límites morales a la violencia
• todas plantean algún tipo de sentimiento de lealtad
• todas poseen ciertas formas de ganarse la vida
• todas tienen sistemas familiares y de parentesco calificados que generan sentimientos y dependencias
• todas tienen alguna concepción del universo y del lugar que en él ocupa el hombre
• todas tienen un código moral
• todas son creativas más allá de la llana y lisa supervivencia.

George Murdock es más explicito y ha elaborado una lista alfabética de un número sorprendentemente grande de elementos que son comunes a todas las culturas conocidas, comenzando por la clasificación de los individuos por edades, las formas de medir el tiempo, las creencias mitos y rituales, las restricciones sexuales, la diferenciación de los niveles sociales, las formas de curar, la fabricación de herramientas, etc.

En resumen, sobre la particularidad y universalidad de las culturas, de manera general podemos decir que ciertas características culturales (así como las sociales y biológicas) son universales, otras meramente generales —compartidas por muchos mas no por todos los grupos humanos— y otras son particulares, no compartidas en absoluto.


Geertz y el impacto del concepto de cultura en el concepto de hombre

Para Clifford Geertz trazar una línea entre lo natural y lo adquirido es falsear la condición humana. Así, se pregunta: ¿el hombre es sólo lo que su cultura lo hace? En todo caso, las relaciones entre cultura y desarrollo social y biológico están demasiado amalgamadas para tratar de plantear preguntas y respuestas en casillas separadas. La humanidad sólo puede definirse en sus variadas expresiones: lo específico de cada cultura es lo que define la humanidad del hombre.

Geertz descarta la concepción estratificada de la cultura y propone una concepción sintética, esto es, que la cultura no es la suma de complejos o esquemas concretos de conducta sino, sobre todo, mecanismos de control que gobiernan la conducta. Este concepto comienza con el supuesto de que el pensamiento humano no es una actividad íntima sino fundamentalmente social y pública, es decir, no es más que el hecho de pensar es un intercambio de símbolos significantes. En este aspecto las propuestas de Geertz coinciden con las de Jacques Lacan, sobre todo cuando plantea la idea del orden simbólico como previo a la estructuración de cualquier atisbo de pensamiento. Esto es, que para pensar y tener memoria se requiere de elementos mínimos de simbolización, por este motivo la memoria sobre los primeros años de un niño se pierde en tanto que no posee elementos simbólicos que permitan plantear estructuras de ordenamiento de la realidad.

Para Geertz estos mecanismos de control de la cultura modelan la humanidad del hombre y propone tres cuestiones básicas para entender este planteamiento:

1. En primer lugar el desarrollo del primate al hombre está vinculado con la propia cultura e inclusive el desarrollo biológico (cerebro y sistema nervioso central) corresponde a un feedback entre hechos, actos culturales, trabajo y desarrollo corporal. No es que la evolución biológica se haya dado antes que la cultural: una y otra caminan estrechamente relacionadas.

2. El desarrollo del sistema nervioso central y el cerebro dependen de la cultura. Al hablar de los hombres en Bali, Geertz enfatiza: no existe naturaleza humana independiente de la cultura.

3. El hombre es un animal incompleto, sólo se completa a partir de la cultura, pero no se puede buscar la esencia en una cultura humana, sino que lo completo se da en la medida de la cultura en cada hombre.

Al estudiar específicamente los factores de la cultura que han intervenido en la evolución humana y cómo los elementos biológicos se entremezclan con los culturales en el desarrollo de la forma de pensar en el hombre. Plantea Geertz elementos novedosos sobre dos términos estigmatizados en todas las teorías científicas: espíritu y mente. Descartando al espíritu, cuestiona el término mente como “un sistema organizado de disposiciones que encuentra su manifestación en algunas acciones y en algunas cosas” para sostener que cuando hablamos de mente nos referimos a una capacidad y a una aptitud de disposición para realizar cierta clase de acciones y producir cierto tipo de productos y no un sistema. Después critica las ideas freudianas sobre procesos primarios y secundarios de pensamiento, concepto que estuvo muy en boga y sirvió de sustento para plantear prejuicios en relación con los procesos de pensamiento de otros pueblos. Así desbarata la idea errónea de que la cultura no tuvo mayor importancia para el desarrollo biológico del hombre.

Señala Geertz que así como es imposible sostener que el hombre aparece, es igualmente imposible plantear que la cultura aparece. La cultura se va desarrollando lentamente tanto cuantitativa cuanto cualitativamente. La cultura, concretamente el uso de herramientas — la cultura material— no sólo determinó el desarrollo social sino también físico del cerebro, del sistema nervioso central e incluso de la mano. Para analizar el complejo sistema de la sinapsis y desarrollar esta idea a profundidad ha planteado que la humanidad del hombre no depende tan sólo del tamaño del cerebro y del número de neuronas, sino de los complejos procesos físico-químicos que se desarrollan en el salto de la información de una a otra neurona.

Entra después en el polémico campo de los sentimientos y las sensaciones para sostener que éstos y las conductas que producen son producto del enjambre cultural y biológico que es la mente humana. Para concluir remarca que el hombre es no solo físicamente inviable sin la cultura, sino que es también mentalmente inviable sin la cultura. La mente no sólo se desarrolló biológicamente, sino que la cultura planteó las bases para el desarrollo físico del cerebro hacia un camino: el que ahora recorremos. Por eso los recursos culturales —entre los cuales se destacan las relaciones sociales y los productos pero también otros elementos más sutiles como el arte y la religión— son elementos constitutivos del pensamiento humano y no simples accesorios. En este sentido, el sistema nervioso humano depende inevitablemente del acceso a estructuras simbólicas públicas para elaborar sus procesos autónomos: no hay pensamiento sin comunicación y no hay comunicación sin información, inclusive biológica. Es decir, contrario sensu, la identidad del ser humano no sólo se piensa, sino que “se vivencia”.


La cultura como información

Para el filósofo español Jesús Mosterín la cultura es la información transmitida por aprendizaje social entre animales de la misma especie y agrega:

La cultura no es un fenómeno exclusivamente humano, sino que está bien documentado en especies de animales superiores no humanos. Y el criterio para decidir hasta que punto cierta pauta de comportamiento es natural o cultural no tiene nada que ver con el nivel de complejidad o de importancia de dicha conducta, sino sólo con el modo como se trasmite la información pertinente a su ejecución.

Otro de los más notables representantes de esta posición conceptual que pone énfasis en la información como condición esencial de la cultura es John Bonner, quien escribe:

Por cultura entiendo la transferencia de información por medios conductuales, especialmente por el proceso de enseñar y aprender. Se usa en un sentido que contrasta con la transmisión de información genética pasada de una generación a la siguiente por la herencia directa de los genes. La información pasada de un modo cultural se acumula en forma de conocimiento y tradición, pero el énfasis de la definición estriba en el modo de transmisión e la información más bien que en su resultado.

Ahora bien, si la cultura no es un fenómeno exclusivamente humano ¿qué atributo o atributos culturales distinguen específicamente nuestra especie de las demás especies de animales? Para Bonner, como para Mosterín, es el carácter acumulativo de la cultura humana lo que constituye la diferencia principal y es gracias al lenguaje que los “humanes” —así denomina Mosterín a los miembros de nuestra especie— pueden transmitir la casi totalidad de la información que adquieren, que es tanta que ningún individuo sería capaz de asimilarla en su totalidad.

En efecto, nadie podrá negar que en el lenguaje radique la diferencia fundamental entre “humanidad” y “animalidad”, solo que esta diferencia se explica más claramente como producto del lenguaje, sin el cual no habría sido posible la condición humana misma. Ese producto del lenguaje es la abstracción, esto es, la capacidad que tenemos los humanos de separar por medio de una operación de la mente las cosas que no están separadas en la naturaleza o de juntar por la misma operación las cosas que no están juntas en la naturaleza.

También la cultura es entendida por los sociobiólogos Charles T. Lumsden y Edgard O. Wilson como un proceso que se desarrolla en la evolución biológica y caracteriza en su forma más acabada a la especie humana. Para ambos autores ya en el panorama de la zoología se revelan los fenómenos culturales en forma incipiente y progresiva a través de las especies que designan como protoculturales en los grados I y II, siendo el III el humano.


Por otra parte, hay que recordar que en la vida todo es información: el ADN es el portador del mensaje genético que contienen todos los organismos y que, pese a su pasmosa complejidad y a todo lo que representa no es más que un mensaje químico.


Cultura y medio ambiente

La ecología es el estudio de la relación entre los organismos y su medio ambiente físico y biológico. El medio ambiente físico incluye la luz y el calor o radiación solar, la humedad, el viento, el oxígeno, el dióxido de carbono y los nutrientes del suelo, el agua y la atmósfera. El medio ambiente biológico está formado por los organismos vivos, principalmente plantas y animales. El término ecología, del griego oikos (hogar) y logos (conocimiento, estudio), fue acuñado por el biólogo alemán Ernest Henry Haekel en 1869 y comparte su raíz con el de economía, pues alude fundamentalmente a la economía de la naturaleza.
En el caso de la especie humana, es la antropología ecológica la que se ocupa de la adaptación del ser humano y la naturaleza. Tiene básicamente tres facetas: la tecnológica, la organización y la ideológica. Estas tres fases relativas al comportamiento del Homo sapiens sapiens son adaptativas y proporcionan soluciones básicas, susceptibles de implementar su efectividad y “cristalizar” su adaptabilidad, permitiendo la asimilación de la problemática ambiental.
En la actualidad se entiende que tanto el entorno como los seres humanos creadores de la cultura no son aspectos contrarios ni separados de la realidad, sino que entre ambos se da una interacción constante que se ha denominado causalidad recíproca (feedback). De ésta se desprenden dos conceptos esenciales: a) no hay entorno ni cultura a priori, sino que cada cosa está definida una en función de la otra, y b) el medio ambiente no sólo tiene un poder limitante y selectivo sino que juega un papel activo.
Fue Julian Steward quien definió la importancia y los alcances de la ecología como parte de la antropología. Con su método de ecología cultural establece que existe una interacción dialéctica entre el entorno natural y la cultura. El medio ambiente no sólo tiene un poder limitante o selectivo sino que juega un papel activo. No obstante, las influencias recíprocas del medio y la cultura en la relación de feedback no son iguales, a veces predomina la cultura y otras es el medio que impone su ley. Dice Steward que ciertos aspectos de la cultura están sujetos a una mayor dependencia del medio; tales sectores que él denomina “núcleos culturales” están constituidos por la vida económica de un pueblo estrechamente vinculada al problema de la subsistencia y a las transacciones comerciales. De tal manera que la ecología cultural conduce al estudio de los siguientes aspectos: 1) interrelación entre el entorno cultural y la tecnología de producción y explotación, 2) interrelación entre las formas de comportamiento y las tecnologías de explotación y 3) influencia de estos aspectos sobre los demás sectores de la cultura.
Cultura y sociedad, relaciones y deslindes

La cultura no puede ser comprendida sin el entendimiento de la naturaleza de la sociedad con la que constituyen unidad. La cultura, como resultado de la interacción entre los grupos sociales y la naturaleza exterior y de esos grupos con otros grupos sociales, se revela como un conjunto de rasgos y productos de la actividad social que denotan la especificidad de un grupo social. Es entonces cuando se objetivan las realizaciones colectivas y nos referimos a ellas como a "una" cultura concreta, que existe o que ha existido en un determinado tiempo y lugar. Así hablamos de cultura minoica o de cultura incaica y ampliando más los alcances del término podemos hablar de civilización occidental o de civilización andina, porque la civilización no es otra cosa que el grado máximo de desarrollo y complejidad de la cultura. En los dos primeros ejemplos se aplica el concepto a dos formas de vida y expresiones peculiares de sociedades que han existido en distintas épocas de la historia y en diferentes lugares del planeta, en los últimos a las manifestaciones culturales de dos diversos conjuntos de sociedades de Occidente y de América que estuvieron caracterizados por notorias tendencias y rasgos culturales en sus respectivos procesos de desarrollo.

Acerca de la naturaleza, relaciones y correspondencias que se refieren a los conceptos de sociedad y cultura, de manera muy sucinta se puede establecer las siguientes premisas:

1. La sociedad no es condición exclusiva de la especie humana, puesto que existen sociedades de animales que tienen por objeto la misma función primordial: la supervivencia de los individuos de la especie.

2. La condición social es necesariamente previa a la existencia de la cultura, ya que la cultura como resultado del aprendizaje y de la acumulación de información es consecuencia de la interacción social.

3. Tampoco la cultura es atributo exclusivamente humano. Está bien documentada la existencia de cultura animal, y las diferencias entre la cultura humana y la cultura animal no son de orden cualitativo sino de grado cuantitativo. Pero existe una enorme distancia entre el psiquismo y las formas de cultura animal y el pensamiento humano como resultado del lenguaje simbólico y la capacidad de abstracción.

4. Sociedad y cultura no son sinónimos. En la esfera de lo humano la sociedad es un pueblo, un conjunto orgánico de individuos en interacción. Mientras que una cultura consiste no en el grupo propiamente sino en sus modos de pensar y actuar, esto es, en el comportamiento social. Por tanto, una sociedad es un conjunto de individuos que obra de acuerdo con su cultura.

5. La cultura es el resultado de la interacción entre los individuos de los grupos humanos cuanto de los grupos humanos y la naturaleza exterior.

6. Son las necesidades humanas, sociales e individuales, las que originan el dinamismo de la cultura.

La cultura, genéticamente hablando

Hasta no hace mucho, en la mayoría de las definiciones antropológicas se tenía cuidado en señalar que la cultura tenía carácter extrasomático y era transmitida por mecanismos distintos a los de la herencia biológica. Sin embargo, aún antes de que Darwin publicase el Origen de las especies ya Spencer había especulado sobre el origen de la cultura y de la sociedad humana, remontándolas a un inicio común desde el cual evolucionaron hasta el grado de complejidad con que ahora las conocemos. Cuando apareció el libro de Darwin lo acogió Spencer con gran entusiasmo y aplicó algunos principios darwinianos a su teoría del desarrollo de las sociedades. Fue él quien popularizó la palabra evolución, que Darwin casi no usaba, lo mismo que la frase “supervivencia de los más aptos”. Pensaba Spencer que los hombres civilizados heredaban la esencia de la civilización, en tanto que los descendientes de los grupos primitivos carecían de la posibilidad de civilizarse porque no tenían cómo heredar una esencia no adquirida. Las sociedades se enfrentan al medio para transformarlo y asegurar así su adaptación y la supervivencia de la especie.

Hace sesenta años que la teoría de la evolución de Darwin fue completada por Watson y Crick (1953) con el descubrimiento de la herencia molecular y se entendió desde entonces que cada ser viviente tiene el mismo código en sus genes. Es así que, como dice el connotado primatólogo Frans de Waal:

Las predisposiciones genéticas se introducen en la cultura, ésta afecta a la supervivencia y a su vez la supervivencia y la reproducción determinan qué genotipos se extienden entre la población. En otras palabras, existe un abrumadoramente complejo intercambio entre la transmisión genética y la cultural.

No fue precisamente en el campo de la antropología donde se produjo el renacimiento del interés por la evolución cultural del hombre sino en los campos de la biología, donde algunos investigadores se dieron cuenta de la importancia potencial del mecanismo socio genético que permite al hombre trasmitir información a través de las generaciones. Fue Julian Huxley quien ya en 1929 empezó a llamar la atención sobre este nuevo horizonte. Le siguieron biólogos como Waddington, Sinnott y Needham, entre los más destacados.

En su libro El animal ético, escribe C.H. Waddington:

Los individuos de la especie Homo sapiens muestran, por supuesto, la misma estructura biológica que los demás animales. Del mismo modo que sus parientes subhumanos transmiten información genética a través de sus gametos de una generación a la siguiente, y esto proporciona la materia prima por medio de la cual la selección natural lleva a cabo la selección darwiniana. Pero, además de este mecanismo biológico de la transmisión hereditaria, el hombre ha desarrollado otro sistema de transmitir información de una generación a la siguiente. Dicho sistema consiste en el proceso de la enseñanza y el aprendizaje social y constituye, en realidad, un segundo mecanismo por medio del cual opera la evolución, al que denomino sociogenético.


Cada vez queda menos duda de que los genes aseguran que una cultura es adquirida, aunque no directamente transmitida. La capacidad para adquirir cultura, como asume Dobzhansky, es una característica genética de la especie. Al modificarse la cultura por el ambiente se inducen también modificaciones en los genes. Asimismo nos explica este destacado evolucionista que la herencia biológica se lleva en los genes y es transmitida de padres a hijos en línea directa, en tanto que la herencia cultural se transmite por la enseñanza-aprendizaje o por imitación y es independiente de la descendencia. Una cosa es clara, los cambios histórico-culturales son mucho más rápidos que los genéticos, como el hecho de que las diferencias entre padres e hijos son más culturales que genéticas. Pero, como quiera que sea, existe una interrelación entre ambas herencias.

En suma, como escribe Carlos París, la cultura viene a ser un proceso que culmina en la realidad humana y el análisis de la evolución biológica nos permite comprenderlo como desarrollo y desembocadura de la vida en la condición humana.
Los memes
Richard Dawkins en El gen egoísta (The selfish gene. 1976) formula su tesis sobre la existencia de los memes, un nuevo tipo de unidades de transmisión cultural o entidades auto-replicativas que se propagan de cerebro a cerebro mediante el proceso de imitación, “proliferando y darwinizándose en el río de la cultura”. Con el término memes Dawkins quiere destacar por una parte cierta analogía con el término genes —introducido en 1909 por Wilhelm Johannsen para designar las unidades mínimas de transmisión de herencia genética— y por otra parte subrayar también una cierta similitud con memoria y con mimesis.

Según Dawkins, nuestra naturaleza biológica se constituye a partir de nuestra información genética articulada en genes, mientras que nuestra cultura se constituye por la información acumulada en nuestra memoria y captada generalmente por imitación (mimesis), por enseñanza o por asimilación, que se articulan en memes. Otros autores han señalado la misma idea y han propuesto otros términos para designar estas unidades mínimas de información cultural. Así, por ejemplo, E.O. Wilson y C.J. Lumsden han propuesto el término kulturgen. Sin embargo, se ha acabado imponiendo la terminología de Dawkins.

Por analogía con la agrupación de los genes en cromosomas, se considera también que los memes se agrupan en dimensiones culturales, que pueden aumentar con nuevas adquisiciones culturales. La gran diferencia es que, mientras los cromosomas son unidades naturales e independientes de nuestras acciones, las dimensiones culturales son construcciones nuestras. Así, la cultura no es tanto una forma de conducta, sino más bien información que especifica la forma de la conducta. Esta concepción es conocida como concepción ideacional de la cultura. Al respecto, el evolucionista George C. Williams destaca la frecuente confusión entre “los dominios” de la información y el de la materia, aclarando que no existen “descriptores” comunes a ambos y que el gen es un paquete de información, no un objeto: “La información no tiene ni masa ni carga ni longitud en milímetros. Tampoco hay bits de materia”.

Mente y cultura

De acuerdo con Rodolfo Llinás, uno de los líderes de la neurociencia moderna, el primer paso para explorar desde el punto de vista científico cómo evolucionó la mente es rechazar la premisa que ésta apareció súbitamente como “resultado de una intervención espectacular”. La mente, o el “estado mental”, es producto de los procesos evolutivos que han tenido lugar en el cerebro de los organismos dotados de movimiento y apareció para permitir las interacciones predictivas entre las criaturas vivas y su medio, porque para moverse con seguridad en el medio ambiente una criatura, cualquiera que sea, debe prever el resultado de cada movimiento sobre la base de los datos que le llegan de los sentidos. Por lo tanto, para Llinás la capacidad de previsión es probablemente la función primordial del cerebro, hasta el punto de que podría decirse que el “sí mismo” (self) es el centro de la predicción que surge de los sistemas motores del cerebro. Escribe Llinás:

Desde mi perspectiva monista, el cerebro y la mente son eventos inseparables. Igual importancia tiene entender que la “mente”, o el estado mental, constituye tan solo uno de los grandes estados funcionales del cerebro en los que se generan imágenes cognitivas sensomotoras, incluyendo la autoconciencia.
Por su parte Steven Mithen, profesor de arqueología de la Universidad de Reading, en su libro Arqueología de la mente, se refiere a la evolución de la mente humana como un largo y escalonado proceso —sin meta ni dirección predestinadas— que ha necesitado varios millones de años para llegar al estado que actualmente ostenta nuestra especie. Sostiene que no se puede alcanzar a comprender la inteligencia humana y, con ello, a comprendernos a nosotros mismos, sino averiguamos como ha nacido y ha evolucionado la mente. Acudiendo a la paleoantropología y a la psicología cognitiva, Mithen propone la historia del nacimiento y evolución de la inteligencia humana como una historia que comienza hace unos seis millones de años, con un simio cuyos descendientes evolucionaron en dos direcciones divergentes, una de las cuales condujo hasta los humanos modernos. Un segundo acto —dice— se inició hace 4,5 millones de años con el primer productor de utensilios de piedra, y el tercero se desarrolló entre 1,8 millones y 100,000 años, cuando apareció el Hommo sapiens, sapiens y fue cuando se produjo una explosión cultural de la que nacerían el arte, la religión y la ciencia: un momento de asombrosa creatividad para el que Mithen traza una nueva y fascinante historia de la mente y del conocimiento.

Steven Pinker, lingüista, catedrático del Massachusetts Institute of Technology, dice que el concepto de “mente” ha venido desconcertando desde que las personas empezaron a reflexionar sobre su pensamiento y sus sentimientos. La propia idea de mente —subraya— ha generado contrasentidos, paradojas, supersticiones y singulares teorías en todos los tiempos y en todas las culturas.

Pero a partir de la revolución cognitiva de los años cincuenta todo cambió. Hoy es posible entender los procesos mentales e incluso estudiarlos en el laboratorio. Y con una concepción más firme del concepto de mente vemos que muchos principios de la Tabla Rasa que en su momento parecían tentadores, hoy resultan innecesarios e incluso incoherentes…

Pinker desarrolla cinco ideas o principios de la revolución cognitiva que han cambiado las formas de pensar y hablar sobre la mente. La primera: el mundo mental se puede asentar en el mundo físico mediante los conceptos de información, computación y retroalimentación, por lo que también la llama teoría computacional de la mente. Como segunda idea se refiere al hecho de que la mente no puede ser una tabla rasa, porque las tablas rasas no hacen nada. En la tercera explica como se puede generar una variedad infinita de conducta mediante unos programas combinatorios finitos de la mente y el ejemplo más claro —señala— es la revolución chomskiana del lenguaje, del lenguaje como la personificación de la conducta creativa y variable. La cuarta: bajo la variación superficial entre las culturas puede haber unos mecanismos mentales universales, explica como los seres humanos hablan más de seis mil lenguas mutuamente incomprensibles y, no obstante, todas las lenguas pueden servir para comunicar los mismos tipos de ideas porque todas están cortadas bajo el mismo patrón. Los estímulos y las respuestas pueden diferir pero los estados mentales son los mismos, con independencia de que en nuestro idioma se puedan o no expresar perfectamente. En la quinta idea manifiesta lo siguiente: la mente es un sistema complejo compuesto de muchas partes que interactúan y hoy sabemos que la mente no es un orbe homogéneo dotado de poderes unitarios o de rasgos uniformes: “La mente es modular —subraya— con muchas partes que cooperan para generar un pensamiento hilvanado o una acción organizada”.

En este libro realmente sorprendente Pinker explora la idea de la naturaleza humana y de sus aspectos éticos emocionales y políticos. Demuestra la inexistencia de los tres famosos dogmas entrelazados en “la tabla rasa”, como son 1) que la mente no tiene características innatas, 2) el dogma del “buen salvaje” (la persona nace buena y la sociedad la corrompe) y 3) el “fantasma de la máquina” (“todos tenemos un alma que toma decisiones sin depender de la biología”). Dogmas que sobrellevan cada uno una carga ética que no corresponde a la realidad de la condición humana que viene develado la ciencia.

Podemos concluir entonces con la definición que empezamos: la cultura no es otra cosa que el contenido total de la mente.


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