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Rusos de la edad de oro
| FERNANDO VICENTE
De Puschkin a Gógol, de Dostoievski
a Tolstói, de Turguénev
a Chéjov, los grandes maestros
rusos marcaron la literatura del siglo
XIX. El último Premio Cervantes
analiza la huella de estos escritores.
Sergio Pitol
BABELIA - 11-02-2006
Foto de© El País.es
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Hacia mitad del siglo XIX se empezó
a filtrar en los círculos culturales
europeos la existencia de una notable y extraña
literatura surgida en Rusia. Al principio parecía
una extravagancia, una broma mayúscula.
De aquel lugar se esperaría recibir a
hombres silvestres y cándidos, el buen
salvaje soñado por los enciclopedistas,
o a príncipes de fachada intensamente
elegante que encubría una realidad más
tumultuosa que la establecida en Europa. De
ellos se podía esperar todo, pero no
la creación del arte y menos la literatura.
De pronto la entrada de los rusos apasionó
a los lectores occidentales y venció
todas las fortalezas. En el fin del siglo ya
Tolstói, Dostoievski y Turguénev
se traducían en casi todos los idiomas
europeos y estaban en boca de Nietzsche, Freud,
Gide, Hamsun, Fontane y muchos más.
Era un prodigio que de esa nación que
jamás conoció el Renacimiento
ni el Siglo de las Luces, aplastada por un gobierno
feroz, donde un espía estaba en torno
a cada ciudadano surgiera esa floración.
Los grandes escritores rusos conocieron a menudo
la cárcel, los trabajos forzados, el
destierro, las humillaciones impuestas por una
censura obtusa, la perpetua vigilancia de sus
movimientos y la revisión de su correspondencia.
El periodo que corre de 1825 a 1904 tiene sus
límites bien marcados. En 1825 aparece
publicado el primer capítulo de Eugenio
Oneguin, la novela en verso de Alejandro Puschkin,
quien transformó a la literatura rusa
o, más bien, el que la creó. Toda
la narrativa anterior era deleznable. Y esa
Edad de Oro concluye en 1904, año en
que muere Antón Chéjov. El elenco
de autores y su repertorio son incomparables.
Eugenio Oneguin y La dama de espadas, de Puschkin;
Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl
Lermontov; Las almas muertas, La nariz, El diario
de un loco, El inspector general, de Nikolái
Gógol; El idiota, Los demonios, Los hermanos
Karamazov, de Fiódor Dostoievski; Padres
e hijos y Primer amor, de Iván Turguénev;
Oblómov, de Iván Goncharov; La
muerte de Iván Ilich, Ana Karenina y
Guerra y paz, la madre de todas las novelas,
de León Tolstói, y El pabellón
número seis, En el barranco, La fiesta
onomástica, Las tres hermanas, El jardín
de los cerezos, de Antón Chéjov.
Por supuesto los rusos no descubrieron el género
(fueron, eso sí, lectores asiduos y entusiastas
de Cervantes, Sterne, Hoffmann y Stendhal),
pero lo transformaron y ampliaron sus límites
por intuición personal. Tolstói
concibe una apoteósica exaltación
de la vida y logra la creación de un
mundo inmenso. En Guerra y paz hay 559 personajes,
todos individualizados en la forma de hablar
y conducirse. Y la riqueza gestual imprime una
deslumbrante visualidad a las escenas. A Proust
le asombraba la fluidez de aquel lenguaje que
le permitía los más tenues cambios
de emociones. Un cuento de Gógol escrito
apenas salido de la adolescencia: Iván
Fedorovich Schinka y su tía, se podría
incorporar perfectamente con la literatura del
absurdo que cultivaba Ionesco siglo y medio
más tarde. Sus cuentos son todos excepcionales,
y, sobre todo, Las almas muertas, quizás
la novela más esperpéntica que
alguien haya escrito. Para Cioran, "Dostoievski
es el escritor más profundo, más
complicado de todos los tiempos". Nadie
ha sabido explorar con mayor intensidad la oscura
relación que el mal establece con el
bien, y lo atroz con lo místico.
El último gran escritor de ese espléndido
siglo de milagros fue Chéjov. Simón
Karlinski esbozó de su presencia: "De
un modo tranquilo y educado, Chéjov es
uno de los escritores más profundamente
subversivos que haya existido en toda la historia".
El eslavista que más me impresiona es
el italiano Angelo M. Ripellino, por su enorme
cultura, su intensa percepción, y por
su escritura que es altísima literatura.
Lo sabe todo, pero no se percibe en sus enfoques
nada de libresco. Cito unos párrafos
suyos que resumen el universo chejoviano: "Palpita
en estas obras la música apagada de la
vida cotidiana; una vida sin ímpetus
heroicos, un lentísimo arrastrarse; un
flujo de vida angustiosa... Un universo donde
los hombres, mónadas afligidas, se fastidian,
se vacían, gimen y se pierden en sueños
estériles"... "A veces, el
balbuceo de estas mónadas se organiza,
y hacen lo posible para volver a juntarse, como
hombres que excavan una muralla por lados opuestos.
Pero, con más frecuencia, sus golpes
son pensamientos dispersos, fragmentos de frases
escapadas de un mudo fluir de la conciencia.
Traslúcese de sus palabras un oculto
gorgoteo de vibraciones psicológicas,
un subtexto que es como la sombra, la otra cara
de lo que dice"... "El diálogo
deja de ser un medio de comprensión,
es un collage de soliloquios divergentes".
Las historias de la literatura rusa repiten
con frecuencia un comentario de Dmitri Merejkovski
sobre la pobreza y disgregación cultural
de la última década del siglo
XIX y los primeros años del XX: "La
intensidad de la obra de los más grandes
novelistas decimonónicos fue extraordinaria,
pero no logró formar una civilización
semejante a la de Francia de esa época,
la Grecia antigua o la Florencia del Renacimiento.
Todo escritor era único; de esa falta
de espíritu orgánico y comunitario
provenía la decadencia y la paralización
intelectual rusas del presente".
Merejkovski debió estar perdido en el
cambio de siglos. Por ejemplo, jamás
logró la grandeza de Chéjov, ni
siquiera la de los últimos años,
donde apareció lo más notable
de su obra. Tampoco orientarse en el primer
movimiento simbolista, donde participaba su
esposa, la poeta Zenaida Gippius. Los simbolistas
descubrieron nuevos ritmos cargados de erotismo,
decadentismo y misticismo. La figura más
importante de ese movimiento fue Vasili Rozanov,
quien ahora en la nueva Rusia ha resucitado
como uno de los personajes más importantes
del pasado, y también el novelista Fiódor
Sologub. La segunda generación de simbolistas
cuenta con dos gigantes: el poeta Alexandr Blok,
marcado por el presentimiento de una inminente
apocalipsis en dos libros espléndidos:
Los doce y Los escitas, y el novelista Andréi
Bieli, el Joyce ruso, y además con dos
escritores excéntricos: Alexéi
Remizov, un novelista para escritores, cuyas
novelas influyeron en Bulgákov y Zamiatin.
Y el último, Mijaíl Kuzmin, el
más elegante esteta de esa época
decadente, quien escribió Vania, la primera
novela homoerótica en Rusia. Un grupo
de poetas, los acmeístas, se acercaron
a los simbolistas y terminaron en convertirse
en sus opositores; los principales: Nikolái
Gumiliev, Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam,
Borís Pasternak y Marina Tsvetáieva,
casi todos eliminados posteriormente por el
estalinismo. Otra corriente opositora a la simbolista,
los futuristas, la representan dos poetas notables:
Víktor Jlebnikov y Vladímir Maiakovski.
Otros autores, todos ellos no velistas, se
iniciaron en el oficio durante los años
del comunismo de guerra, los tres posteriores
a la revolución bolchevique, inspirados
por Máximo Gorki. Cada uno descubrió
un estilo diferente, la cepa realista gorkiana
se convirtió en una soberbia escritura
trágica, compleja e imaginativa. Los
mejores: Isak Babel y Andréi Platónov.
La literatura rusa en el exilio tuvo personajes
espléndidos, entre ellos, Iván
Bunin, el primer Premio Nobel otorgado a un
ruso; Nina Berbereva, quien a los ochenta años
fue descubierta y traducida en casi todos los
idiomas cultos. Vladímir Nabokov escribió
en ruso la mayoría de sus libros. Su
obra maestra en esa lengua es La dádiva.
Hacia 1925, la presión ideológica
comenzó a distorsionar bárbaramente
la cultura. En el Congreso de Escritores Soviéticos
de 1934 se clausuraron todas las posibilidades
de libertad. La única vía para
la literatura se convirtió al realismo
socialista. El destino de millares de escritores,
académicos, periodistas literarios fue
en el exilio a las lejanas repúblicas
soviéticas, en el Gulag y en la exterminación.
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