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Mi
primera
- Mi undécima expedición
a África
(ALMERIA-NADOR- PLATEAU DU RIKKAM-
ERFOUD- RISSANI- DESIERTO-ERFOUD- ERG CHEBBI-
FEZ- NADOR- En diez días)
Me encuentro en mi pequeño
despacho cuando, de repente, a traición,
la poca luz que entra por la ventana comienza
a atenuarse, hasta extinguirse, y las cuatro
paredes de la habitación cobran vida
desplazándose, lentamente, inexorablemente,
amenazando con engullirme a mí y a mi
silla giratoria de respaldo ergonómico.
| El
terror y la oscuridad se apoderan de mi
ánimo y me vuelve a invadir esa
sensación de asfixia…
Es la señal
convenida, junto con un hormigueo, como
eléctrico, que recorre mi espina
dorsal. ¡ÁFRICA ME VUELVE
A LLAMAR!
Es el momento de
comenzar los preparativos… exultante,
pero con minuciosidad. Un descuido en
la intendencia es un serio problema en
el desierto. |
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Debemos ser completamente
autosuficientes y no depender de unos recursos
que, siendo en España cosa corriente,
en el Sahara son inexistentes.
Revisar a fondo el todoterreno,
repuestos para una emergencia, agua para beber
y para ducharse en las frías noches alauitas,
comida, gasolina para las etapas más
largas en el interior del desierto, material
de cocina y acampada y demás pequeño
material…
Todo está preparado
y, cuando desde el barco se perfila en el horizonte
el contorno de otro continente (apenas a 14
kilómetros del nuestro, pero tan diferente…),
todos los fluidos del cuerpo se revuelven y
se revelan, intentando salirse de sus viales.
Al pisar el suelo Marroquí,
varias son las sensaciones que te sacuden inmediatamente,
como el preludio de un ataque de epilepsia:
- El subidón
de la inmediata aventura.
- Una pequeña
sensación de desasosiego y respeto,
por encontrarte en una tierra con una lengua
desconocida, pobre a veces, paupérrima
otras, que parece sacada de otra época.
Es como transportarte a un decorado de cine.
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Mi compañero
es un enamorado del viejo continente africano.
Cada año, desde hace ocho, cualquier
oportunidad le es buena para bajar. África
le ha ido envolviendo poco a poco y le ha
terminado por hechizar. Mi primer viaje
a África era importante para él.
Primero porque esperaba que también
me hechizara, segundo porque no estaba seguro
de mi resistencia (aún cree que soy
una frágil mujer). Nuestro objetivo
era el Magreb (reino de Marruecos). |
No era un viaje propiamente
turístico, era una expedición:
recorrer cientos de kilómetros en coche,
llegar a lugares donde no llegan autocares,
dormir bajo las estrellas en el desierto, sufrir
calores por encima de los cuarenta grados, tragar
polvo y más polvo... y recorrer el infinito.
Por el contrario, yo
me encontraba serena y confiada. No llevaba
ninguna idea preconcebida, y a mi lado iba todo
un bagaje de experiencia, eso sin contar con
que la expedición la componíamos
catorce personas (dos por coche).
En nuestro primer día,
el punto de destino era ALMERÍA, en cuyo
puerto, a última hora de la noche, embarcaríamos
rumbo a NADOR. La discusión sobre el
contenido de la maleta fue zanjada llevando
cada uno la suya. FRAN se opuso tajantemente
a que llevara determinados “objetos personales”
(el equipaje ha de ser ligero), pero sobre mi
cadáver tendría que haber pasado
si logra quitarme los salva-slip y el abanico.
En el puerto de ALMERÍA
nos encontramos con la gente de la expedición.
Fue impresionante ver la colección de
Todo-terrenos, motos y camiones que se alineaban
para el embarque. Ya en el barco, mientras recorría
los pasillos, sorteaba los cuerpos y piernas
de los magrebíes que, ajenos a nuestra
excitación y al olor asfixiante de las
salas abarrotadas, dormían tumbados en
el suelo, al arrullo de los motores. A mi me
costó mucho más dormir. Metida
en aquel minúsculo camarote, pensaba
en las ocho horas de travesía que nos
quedaban para comenzar nuestra andadura africana,
y en una amenaza que latía entre las
cuatro paredes: nos cortarían el oxigeno
del camarote en cuanto cayéramos en el
sueño más profundo.
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Cuando
pisamos el suelo africano, en NADOR, nada
preludia lo que veré, gozaré
o sufriré en MARRUECOS pues los primeros
momentos son tediosos en la aduana, cambiando
dinero y controlando los vehículos.
Las construcciones son de adobe y de estructuras
sin imaginación. Sensación
de suciedad y espacio destartalado. |
Interminables paseos
y papeleos por la aduana; un solo ordenador
para cientos, a veces miles, de aventureros,
turistas, viajeros… Una inspección
en el coche, puede que dos.
-¿Algo que declarar? ¿Emisora
de radio? ¿Pistolas…?
- No, nada.- Pistolas no llevamos y las emisoras
bien escondidas dentro de los sacos de dormir.
Poco a poco nos vamos
adentrando por las carreteras. Se divisan las
montañas del Atlas con sus picos nevados
y vamos acogiendo, sin acritud, al que será
nuestro compañero incondicional durante
todo el viaje: el polvo del camino.
| Se suceden
los kilómetros. Cientos de kilómetros,
en absoluto tediosos. Todo es nuevo y extraordinario:
lo más curioso para mí son
los niños, hay niños siempre.
Donde “nada” hay brotan los
niños, corriendo descalzos. Aparecen
junto al coche, a veces convirtiéndose
en un auténtico peligro pues debes
maniobrar con pericia para evitar pasar
las ruedas sobre ellos. |
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Se colocan en las márgenes
de la pista pidiéndonos tabaco, agua,
comida, caramelos… Miro, sin apenas parpadear,
por las seis ventanillas. Los copilotos de los
otros coches son auténticos Reyes Magos,
repartiendo camisetas, bolígrafos, dulces,
zapatos. No es su primer viaje, esto se lo sabían.
¿Por qué no me ha prevenido FRAN?,
pero él está mascullando (mientras
maniobra intentando no atropellar a dos chiquitines
que apenas saben pedir): “Los hemos convertido
en pedigüeños”.
Entre horda y horda de
niños se suceden los espacios infinitos,
abiertos, sin horizonte. Los rebaños
de camellos, los oasis y los espejismos que
nos hacen sonreír. Agrestes montañas,
donde no sabes cómo has podido llegar.
Pero allí, inexplicablemente, también
hay vida… surge una haima, grande, negra
y vieja en la que, por increíble que
parezca, vive gente. Al ruido de los motores
salen con las sonrisas blancas, algunas desdentadas,
a saludar. Bajamos de los coches. Mis compañeras
regalan ropa, caramelos… y esa familia
pobre de necesidad, que vive encima de una montaña
seca y pedregosa en la nada, saca de su ajada
tienda, viejos vasos y tetera de dudosa higiene,
y nos ofrecen allí, en el suelo, un té
caliente y un pan ácimo (es mejor no
cuestionarse si el agua se hirvió o no).
Miro de reojo a mi compañero, no me informó,
no le reprocho, pero ellos me ofrecen lo que
tienen y yo no ofrezco nada.
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Después
del té mis compañeros sacan
más regalos, alguien exhibe la cámara
de fotos e intenta hacer una foto a las
jóvenes, pero ellas se lo impiden
y les piden dinero a cambio. Nos subimos
a los coches y una joven se me acerca a
la ventanilla con la mano extendida: “no
tengo nada”, le digo como si me entendiera.
Ella sigue sonriendo con la mano extendida.
Me quito la camiseta que llevo puesta, quedándome
sólo con el sujetador y se la entrego. |
Detecto un destello de
triunfo en su mirada. Yo no sé que siento.
Estamos ya en marcha. Doy un beso en la mejilla
a FRAN; ahora comprendo lo que me decía:
nuestra caridad no dignifica a este pueblo.
A partir de entonces
mi mirada ha madurado, va más lejos.
Observo los saludos y sonrisas anhelantes de
los niños a nuestro paso, la mayoría
sin calor. Igualmente observo algunos gestos
de burla y desprecio cuando nada les damos y
creen que ya no les vemos. Algún coche
debe esquivar la piedra lanzada contra el parabrisas.
Las horas se suceden
y los kilómetros se multiplican. El grupo
no pierde el humor y las ganas de aventura.
Las emisoras echan humo. A través de
sus ondas, con el desparpajo de unos y el relato
de las experiencias compartidas, se va cohesionando
el grupo de los catorce. Percibo una corriente,
un código secreto entre los que ya son
veteranos en el desierto y me pregunto qué
tienen las dunas que todos las temen pero no
pueden pasar por esta tierra sin atravesarlas.
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Para
el buen amante del todoterreno existen tres
elementos básicos a los que no se
puede resistir. A saber: barro, nieve y
arena. Pero de estos tres, sin duda, la
arena, las dunas, son las que más
pasiones levantan. |
Al cruzarlas, se experimenta
tal sensación de levedad ante su grandeza,
de respeto ante su imprevisibilidad y una descarga
de adrenalina tal, que equivale a montar en
la montaña rusa más salvaje del
mundo.
Si los conductores más
avezados nos hemos mostrados tranquilos en todo
el devenir del viaje, por duros e inhóspitos
que hayan sido los terrenos atravesados, la
sola vista de las dunas, algunas de varios metros
de altura, con caras verticales como cortadas
a cuchillo, con trampas de arena capaces de
tragarse un coche grande y lo peor, los temidos
VUELCOS, consiguen que se nos acelere el corazón
y que… se nos suelte la tripa.
Antes de adentrarnos
en los mares de arena, que siempre preceden
a las dunas, bajamos las presiones de las ruedas
hasta menos de un kilo y nos reunimos para diseñar
la estrategia. Es como una batalla contra la
arena y todos los coches debemos actuar con
la precisión de un viejo reloj suizo:
el más experimentado abre camino y los
demás deben seguirlo exactamente, pero
dejando una distancia de al menos dos dunas
entre coche y coche. Evitaremos así frenazos
indeseados y peligrosas colisiones al abordar
altas dunas sin visibilidad de lo que nos espera
al otro lado.
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¡Me
ha tocado ser el primero! Es lo más
peligroso puesto que he de decidir el camino
a seguir y elegir el paso entre dunas o
atacarlas sin poder ver lo que hay al otro
lado. La mayoría de las dunas tienen
una cara cortada, casi vertical, la del
lado norte, que hay que evitar. La razón
es sencilla: avanzas y te encuentras una
duna de 4 ó 5 metros y la encaras
con energía para que el coche pueda
vencer la resistencia al avance que ejerce
la arena; el coche sube la pendiente casi
vertical y, en ese momento, pierdes la orientación
de la duna porque sólo ves el cielo.
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Aún así,
tienes que tener la perspectiva de la cresta
de la duna para dejar de acelerar (no frenar)
antes de saltar al otro lado y poder ver si
es practicable por la otra cara o el descenso
es vertical, con el posible riesgo de vuelco.
Son decisiones de décimas de segundo
que pueden significar serios daños para
el coche y los ocupantes y el final de un viaje
feliz.
Ya he tomado la decisión…
entraremos y saldremos del mar de dunas, intercalando
las dunas peligrosas con las más bajas
y divertidas, de manera que mis compañeros
tengan una primera experiencia maravillosa de
su paso por el Erg Chebbi, el mar de dunas más
famoso y visitado de Marruecos.
| Nuestro
paso por las dunas es toda una peripecia.
Es un duelo entre coche y arena. El coche
penetrará en el mar de arena y ésta
intentará atraparlo, tragarlo.
Contemplo la hilera de los siete coches
frente a las dunas. Regla número
uno, bajar la presión de las ruedas.
Los coches rugen, y por unanimidad tácita
reconocen a mi FRAN como el que encabezará
el ataque.
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Me empiezo a poner nerviosa
pues siento que algo grande y, puede que peligroso,
va a ocurrir.
Nuestro coche abre la
marcha, culmina las primeras dunas con decisión.
Me agarro todo lo fuerte que puedo. Por la emisora
se oyen exclamaciones y exabruptos. Un coche
queda rezagado, no encuentra cauce para seguirnos.
Otro ha estado a punto de volcar, ha quedado
atascado y no puede salir. Paramos y vamos todos
con palas al rescate.
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Delante
de nosotros asoma la Gran Duna… esta
vez no se afrontará, no estamos preparados
para ello, pero si otra cercana y no menos
espectacular. Los siete coches se paran
en la cresta de la anterior. Se me ha olvidado
respirar. Miro con preocupación a
FRAN, no sé qué pensamientos
le recorren. Confío en él.
Acelera y sube la duna… hasta la mitad.
Allí el coche se para, no puede continuar
y retrocede el camino recorrido. Desde arriba
todos observan. |
FRAN les dice por la
emisora que lo intentará de nuevo por
otro lado. Los demás le siguen. Sé
que no puedo hablar, es la mejor manera de ayudar.
Nuestro coche embiste y ataca ciego de coraje
la duna, pero cuando llegamos a su cresta FRAN
intuye y frena a tiempo. El coche en equilibrio
entre una y otra cara ofrece un espectáculo
escalofriante. El cortado de la duna es totalmente
perpendicular. Un metro más y hubiéramos
caído por el precipicio sin remisión.
FRAN avisa a tiempo al resto, que ya han comenzado
a subir. Operación abortada.
Los coches se atascan,
acelerones, nervios. Los problemas que surgen
lo solventamos entre todos. Todos a una, como
FUENTEOVEJUNA. Los compañeros comentan
con admiración el espectáculo
que ofrecía nuestro coche en la cresta
de la Duna, pero no tienen ni idea lo que estos
ojos han visto y lo que este corazón
ha vivido.
Al final del día, la recompensa de la
noche… en el desierto, bajo un cielo infinito
cuajado de estrellas, duermo junto a mi compañero,
a la intemperie, a miles de kilómetros
de mi hogar. Siento la arena bajo mi cuerpo
y un último pensamiento me lleva hacia
el sueño profundo y sereno. ¿Quién
me puede decir que esta tierra que se me ofrece
como lecho, es extraña, extranjera o
enemiga? La tierra no pertenece a nadie…
y nos pertenece a todos.
| Después
de 11 viajes a África, y sin terminar
el que nos ocupa, ya estoy pensando en el
siguiente. Mis familiares y amigos me suelen
preguntar: “¿Es que no te cansas
de regresar siempre al mismo lugar?”.
A lo que yo les contesto: “Si nunca
me canso de mi María del Mar, si
no me canso de mis comidas favoritas, cómo
me voy a cansar de una tierra que saca lo
mejor de mi mismo y me ofrece a la vez aventura
e inolvidables vivencias junto a mis compañeros
de viaje”. |
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| FRANCISCO
JIMÉNEZ HERNÁNDEZ |
 |
Fran
para los amigos. 39 años muy bien
llevados… aunque a veces la melancolía
marque unas pequeñas arrugas. Aries
sin remedio. Valoro por encima de todo el
Amor y la Amistad. Viajero empedernido y
apasionado, a mi pesar, de los coches. Mi
mayor sueño… ¡correr
el París-Dakar! |
| MARÍA DEL MAR
GUIJARRO ARRANZ |
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44 años a
mis espaldas. Acuario sin remedio. Abogada,
la mayoría de las veces de causas
perdidas. Siempre con proyectos. Mi mayor
logro: mi hijo Rodrigo. Mi mayor reto: Fran,
mi compañero.
Y a pesar de todo… con una fe ciega
en el Hombre. |
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y comunicaciones:
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