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Max Jacob, el último fauno
| El retrato
que de él hizo Marie LAURENCIN
nos representa a Max Jacob bajos los rasgos
de un Nosferatu (del film de Friedrich
Murnau, 1922): calvo, perfil aquilino,
mejillas estiradas. Sin embargo las fotos
del poeta y artista, tomadas en diferentes
épocas de su vida, nos devuelven
la imagen de un hombre de rostro atractivo,
cuyo encanto personal hace “respirar”
el documento. Jacob vivió en una
época privilegiada y fue un privilegiado
de la vida, no tanto por las ventajas
económicas y sociales, que siempre
hechó en falta, como por haber
podido desarrollar su arte en un Olimpo
único e irrepetible. Fue, por ejemplo,
uno de los pocos asistir al nacimiento
del Cubismo y, de manera particular, a
la génesis de las “Demoiselles
d’Avignon” de Picasso. |
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Y sin embargo nada en sus
orígenes podían presagiar tal
destino y su talento excepcional.
Hijo de una familia de sastres
judíos, Max Jacob nació en un
barrio elegante de Quimper, Bretaña,
el 12 de junio de 1876. Tras sus estudios secundarios
sus padres deciden inscribirlo en la Ecole Coloniale
de París, y en la facultad de derecho.
La decisión le abrió el mundo
ya que Jacob sentía que debía
alejarse de Quimper, su homosexualidad era incompatible
con los ríigidos principios de su familia.
En París todo era más abierto,
más tolerante, más acogedor, además
de ser, con Berlín, el centro de una
avant garde artística y literaria en
Europa.
Viejo Barrio de Paris |
Bien pronto abandona los estudios y opta por el mundo del arte:
escribía muy bien, su pintura era
pura poesía en colores, se ejercitaba
como virtuoso y compositor musical, además
era un hombre brillante que se ejecutaba
en una empresa se seducción hacia
hombres y mujeres con éxito seguro.
Guillaume Appolinaire decía de
Max Jacob que tenía una “mirada
de claro de luna” (Marie Laurencin
pintó sus ojos color verde lavanda,
lo único en el retrato que le hace
justicia).
Corría el año 1901 cuando
en la galería Ambroise Vollard
conoce a Pablo Picasso, quien le aconseja
“quítate la barba, no lleves
más el binóculo sino uno
monóculo. No te quedes como empleado.
Vive como un poeta”.
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Esta
amistad estimulará definitivamente
Jacob que comienza a escribir poemas en
prosa que se van acumulando en una maleta
bajo la cama; pero tiene otra misión
y no de las menos importantes: recorrer
París vendiendo las pinturas de
su amigo, el español Picasso.
Son días de pobreza y exaltación,
noches en el insalubre Bateau-Lavoir de
Picasso donde se reúnen Appolinaire,
Juan Gris, Vlaminck, Léger, Henri
Matisse, Modigliani, Robert Delaunay,
Bracque... |
Fiesta en Quimper |
La vida no es color de rosa,
muchas veces Jacob se ofrece como animador y
“conversateur” en las brillantes
noches parisinas (lo que le permite cenar convenientemente),
improvisando sketchs, encantando a su auditorio
con sus encendidos discursos sobre el arte y
la literatura, para terminar en la madrugada
en su pequeña habitación de la
Rue Ravignan con un efebo, amor de una noche.
Todos sus amigos quieren pintar su retrato,
y así hoy en día contamos con
una iconografía con firmas como André
Derain, Marie Laurencin, Pablo Picasso, Pierre
de Bellay... retratos que nos dejan adivinar
al Max Jacob de aquellos años de gloriosa
pobreza, vestido con la chaqueta de un frac
(cortado por su padre), un impecable pantalón
gris-perla y zapatos de seda rosa bordados a
la oriental, el todo bajo un brillante sombrero
de copa. Otras veces lleva una camisa de pijama
y pantalón de calle, zapatos negro azabache
y sombrero de jockey, casi podemos reconocerlo
en su poema:
Je te donne pour ta fête
Un chapeau noisette
Pour le tenir à la main
Un parasol en soie blanche
Avec des glands sur le manche
Un habit doré sur tranche
Des souliers couleur orange
Ne le mets que le dimanche
Un collier de bijoux
Tiou!
No es sino durante la Primera
Guerra mundial que sus escritos comienzan a
ser conocidos. Jacob se ha decidido a abrir
su maleta llena de manuscritos sueltos y a enviarlos
a las casas de edición, es así
como ven el día “Saint Matorel”
(1911) ilustrado por Picasso, “La Côte”,
“Oeuvres burlesques et mystiques de Frère
Matorel” (1912), ilustrado por Derain;
“Le Terrain Bouchaballe”, “Le
siège de Jérusalem” (1914).
Gracias a algunos mecenas, de gran visión,
Jacob puede vivir tranquilamente durante un
tiempo; es un gran modisto de la época
– coleccionista de arte y amante de las
letras – Jacques Doucet, que le compra
regularmente sus manuscritos, especialmente
los que son ilustrados por sus amigos. Sus dibujos
los vende al anticuario – especialista
en arte egipcio antiguo – Joseph Altounian,
y logra exponer regularmente sus “gouaches”
con éxito, inspirándose en los
paisajes de la Bretaña, de parís
o del Val de Loire, así como en los frescos
romanos y las escenas circenses. Max Jacob era
un hombre curioso de todo, su amor por el arte
abarcaba todos y todo.
Y la música? Max Jacob
es gran amigo del gran Erik Satie, de Henri
Sauget, de Arthur Honegger, de Francis Poulenc,
con quienes colabora en diferentes piezas; algunos,
como Poulenc, pondrán música a
ciertos de sus poemas. Y gente del teatro saben
que pueden contar con él, verdaderos
monstruos sagrados como Jacques Copeau o Pierre
Bertin. Max Jacob fue toda su vida un descubridor
de talentos, ayudando a jóvenes artistas
y escritores, intercediendo por ellos ante sus
amigos y relaciones, animándolos a seguir
adelante con “su razón de vivir”.
Así hoy contamos con grandes nombres
que le deben mucho de sus logros, como el pintor
catalán Josep de Togorès y Llach,
Paul Dubuffet, André Malraux, el mismo
Poulenc o Giovanni Leonardi.
Pero Jacob nunca ha dejado
de vivir como un drama terrible su homosexualidad;
desde las iglesias y las sinagogas los anatemas
lanzados contra la vida parisina, y muy especialmente
contra los literatos y artistas de “vida
corrupta” llegan a herirlo de tal manera
que, desde 1921, abandona su círculo
de amigos, espiritualmente destrozado. Comienza
un extraño y largo período de
una mística aberrante nacida con la “aparición
crística” en la pared de su habitación
de la Rue Ravignac en 1909.
Decide abandonar París
y se instala en Saint-Benoît-sur-Loire,
sede de una antigua abadía benedictina
y lugar de peregrinación católica.
Pasa su vida entre oraciones, su trabajo literario
y algunos viajes a París donde visita
a sus amigos. Pero Jacob es a su vez visitado
por sus fieles y admiradores como André
Malraux, Paul Claudel, Gaston Gallimard o Georges
Hugnet. Sigue pintando, pero casi siempre crueles
autoretratos que lo muestran envejecido, angustiado...
y sin embargo los artistas jóvenes van
en búsqueda de aquél fauno que
les enseña el amor desinteresado por
el poesía y el arte.
En 1928 se instala de nuevo
en París, donde es reconocido como una
personalidad artística, y es así
como en 1933 será condecorado con la
Legión de Honor gracias a la iniciativa
de Jean Paulhan. Pero la vida ha sido siempre
difícil para el gran Max Jacob; a sus
angustias espirituales se añaden enormes
problemas económicos y rupturas amorosas
que lo derrumban.
En 1937 regresa a Saint Benoît-sur-Loire,
da conferencias brillantes, pero los tiempos
comienzan a ser difíciles en Europa.
La violencia de la Segunda Guerra mundial llega
hasta la pequeña localidad que queda
bajo el dominio nazi que ha invadido parte del
país. El gobierno colaboracionista de
Vichy obliga a Jacob, inscrito en la lista de
los artistas corrompidos, a coser la estrella
amarilla infamante en sus trajes. Su origen
judío pesa más que su cristianismo
practicante. Finalmente la Gestapo viene a buscarlo;
es el 24 de febrero de 1944; el viejo fauno
acababa de asistir a la Misa celebrada por su
amigo el abate Hatton.
Jean Cocteau escribe una carta,
magnífica, a un oficial nazi conocido
llamado Otto Abetz, y la solucitud de evitar
la deportación de un artista querido
y adulado por toda la intelligentsia francesa
y europea llega hasta la cúpula mayor
del estamento invasor. La contra-orden llega
demasiado tarde. Max Jacob muere el 5 de marzo
deportado en el campo de concentración
de Drancy (desde donde partían los trenes
cargados de judíos hacia Alemania) de
una bronco-neumonía no curada.
Fernando Lamas Pereyra.
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