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mojado…llueve sobre mojado…llueve sobre mojado…cuento sobre novela…llueve sobre mojado… llueve sobre

“Enduring Love” de Ian McEwan o el amor que no cesa

crítica de Isabel del Río

Imaginaos un tablero de ajedrez con una pieza nueva. Sí, novísima. De color gris, por ejemplo, no negro ni blanco. O de otro material que la madera o el mármol, barro por ejemplo o PVC. O de una forma complicada que nos recuerde las astas de un ciervo, o la cola de una ardilla, o el perfil de Alejandro, posiblemente de Menas, en el Louvre.

Pero no podemos dejarnos llevar por la especulación… hay que concentrar los esfuerzos en identificar esa pieza exógena al juego del ajedrez, distinta, hasta desconocida y por eso mismo amenazadora.

Si la inspeccionamos de cerca, veremos que es una pieza estilizada, no comparable con ninguna, más alta que las demás, más estrecha, que cabe por más sitios, escurridiza, que busca atajos, que sabe perderse entre las otras y que se esconde a sus espaldas.

Es la pieza llamada de Clerambault.

En 1921 el psiquiatra francés G.G. de Clerembault publicó Les Psychoses Passionelles e identificó una particular patología, la erotomanía o síndrome que lleva su nombre, donde el paciente está convencido de ser amado apasionadamente por alguien sin que esa otra persona haya manifestado el más elemental interés. En cierto modo es un delirio amoroso donde uno ama por dos.

En nuestro tablero imaginario estamos, pues, ante una pieza erotómana, con firme fe en el poder de todo aquello cuya existencia no puede demostrarse. Que se cree amada por otro y que, para mayor ofuscación, sostiene que ese amor está ligado a las más altas divinidades, léase dios con mayúscula.

En cierto modo, se trata de una pieza que no es más que una variante, una aberración. Un error de la mente, un mal paso de la naturaleza. Pero lo peor no está en su composición genética o su componente emocional. No, lo peor es que esa pieza ignora las reglas del juego. Es más, desprecia el movimiento al que están predestinadas las demás piezas del tablero, porque el único movimiento para esa pieza es el suyo, a su antojo, para sus fines. Desconoce que unas piezas de ajedrez han de moverse hacia delante, pero matan en diagonal; que otras se mueven dos delante y uno a la izquierda o la derecha; y otras más únicamente en ángulos rectos. Incluso algunas pueden llegar a convertirse en reinas por su esfuerzo y tesón.

Imaginaos que esa pieza entra, en mitad del juego, a participar en lo que parece a primera vista una partida sosegada, ecuánime, interesante.

Su amor, más que duradero, es pertinaz. Sus acciones porfiadas, sus gestos inquebrantables. No sabe de reglas ni de previsiones. En el mundo interior de esa pieza nada se debate ni cuestiona. Esa pieza tiene el falaz convencimiento de que goza del amor incondicional del caballo negro que trota sobre el tablero.

Y así esa pieza, que para facilitar el relato bautizaremos con el nombre de Jed Parry, la pieza pérfida, entra en la vida pausada de Joe, el caballo negro.

Joe, caballo, vive con Clarissa, reina. En su relación los días pasan, el sexo es tierno, la amistad excelente, el entorno envidiable. Joe pudo haber sido científico, pero se ha quedado en divulgador de la ciencia para los medios de comunicación y el gran público. Clarissa es la gran conocedora de Keats.

Y claro, como en toda explosión, tiene que haber un factor detonante.

Y es éste: en mitad de un campo abierto, la pieza inclasificada, Jed Parry, un perfecto de Clerembault, y Joe son testigos de un terrible accidente de globo. Un hombre, tratando de salvar a un niño en un globo cae desde las alturas y queda empotrado en una colina. Así presentada la muerte –sentada la víctima, como si reposara, el esqueleto descompuesto, su rostro desbaratado- no parecería que es el final de algo sino el comienzo de otra cosa. Así lo interpreta Jed.

Para Jed -la pieza anárquica en el relato- el haber presenciado el accidente junto a Joe constituye el detonante. Jed se convence de que Joe está enamorado de él y de que esos sentimientos son tan poderosos que no pueden ser sino una manifestación de un superior amor divino. Y ahí comienza la persecución de Joe, con incesantes llamadas telefónicas, siguiéndole los talones, esperándole fuera de casa.

Nada que se le diga a la pieza discordante la puede hacer cambiar de opinión. Al contrario, cualquier intento por parte de Joe para contradecirle a Jed se toma como un afianzamiento del amor que no quiere manifestarse del todo pero que late con una fuerza bruta. El amor no existe, nos están diciendo, nada más que en la mente. Para unos el amor es galanteo y forma. Para otros Eros es sin duda un dios, y como tal esgrime a la vez la fuerza creadora y la destructiva.

Pero no es esto de lo que quería hablaros.

No, yo quería hablar de la soledad.

Ya sé que uno no cambia de curso en mitad de una crítica/relato.

Si lo hago es porque el autor del texto que nos ocupa hace exactamente eso.

La erotomanía de Jed es circunstancial, la tragedia de la muerte causada por un accidente de globo es circunstancial, las peripecias de Joe por consolarse y no sentirse culpable de que él podría haber hecho más para evitar ese accidente es circunstancial, el amor primoroso de Joe y Clarissa que se desbarata como consecuencia del asedio de Jed es circunstancial.

No, el tema central es la terrible, desoladora, impensable soledad de Joe, traída -impuesta, más bien- porque no puede demostrarle a nadie que él no es responsable de haber desencadenado en Jed esa pasión desenfrenada e injustificada.

La soledad nunca viene sola, claro. A esa soledad hay que sumar la desesperación de Joe por no poder quitarse de encima a una discordante pieza que no nos deja jugar con la soltura a la que estamos habituados.

El propio Joe termina convirtiéndose en otra aberración, como otra pieza más fuera del juego y que, si participa en alguna medida, lo hace por libre. Nadie, ni la policía ni su compañera Clarissa, se creen que Jed es capaz de tener hacia Joe una malsana pasión que no puede ser sino trágica y perniciosa. Al contrario, consideran que Joe ha tenido que hacer algo para que Jed se haya enamorado de él tan estrepitosamente. Que Joe es el agente provocador.

El voltaje de la tragedia, que anticipábamos seductor y desmedido, a primera vista pierde fuerza en las últimas páginas. Lo que podría haber sido un drama de dimensiones no ya sobrehumanas sino casi heroicas, se queda en incidente doméstico para terminar no con una muerte sino con un par de heridos, y no con una escena de fuegos de artificio sino con un apacible picnic con niños a orillas de un río.

Pero un final así no es rehuir la responsabilidad de una conclusión contundente. Es más una indicación de maestría. Nos están diciendo que todo lo sucedido no importa y que la vida sigue pese a todo, que una tragedia individual poco pesa en el marco general de las generaciones, el paso del tiempo y la evolución humana.

Un final feliz y esperanzado, es más trágico aún porque sabemos dónde y cómo termina todo esto.

Isabel del Río © 2005

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