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“Mararía”, de Rafael Arozarena

Tolero bastante mal que me impongan las lecturas. Depende de quién vengan, ni siquiera tolero las sugerencias. La arrogancia, prima hermana de la ignorancia, es una “virtud” arraigada en mí, y por ello los consejos sobre como satisfacer mi vicio solitario de lectura, caen muchas veces en saco roto. Craso error.

Es el caso de la novela que hoy comento.
Sucedió que acudí a dar una conferencia en un congreso a las Islas Canarias hace ya algunos años. Los organizadores me agasajaron con gran amabilidad, y entre la documentación del congreso y algún detalle “cerámico” deslizaron en la cartera del evento un pequeño libro (pequeño por su tamaño, que no por su extensión o calidad) que resultó ser Mararía de Arozarena,

un escritor canario del que, sinceramente, desde mi inconsistente cultura literaria, jamás había oído hablar. Si a ello le añadimos que venía editado por una editorial local y recordamos mi inherente ser arrogante antes reconocido, el desdén por la obra fue total.
Sólo mi pasión coleccionista de libros no hizo que acabara el texto en un rincón del desván donde han quedado almacenados para el recuerdo (¿o quizá para el olvido?) aquellos objetos imposibles que me entregaron con agradecimiento inmerecido los que con mi agradecimiento cuentan por soportar mis diatribas: un grabado en plata de la catedral de Burgos, la miniatura en plomo del monumento a los Fueros de Pamplona, una lámpara minera de León, el escudo emblema de un cuartel de infantería con placa de agradecimiento a mis servicios, ciclistas en cerámica gallega de Sargadelos que, se intuye, corren el Camino de Santiago...
No obstante la novela quedó en el olvido. Pasó a engrosar la extensa pila de libros “pendientes” que quedan muy elegantes, por decorativos, en una pequeña mesita del salón de casa. Un paisaje doméstico muy intelectual.
Pero si algo me enrabia de verdad es poseer algo que no tenga uso. Y en el caso de los libros no me basta con su uso estético. Además, soy bastante autocrítico con los prejuicios que me construyo desde la ignorancia. Y por fin este verano le hinqué el ojo y resultó que casi le hinco el diente de lo sugestivo y apetitoso que resultó el texto.
Mararía es una obra del año 1973 pero podría serlo por su consistencia, por su tristeza, por su desconsuelo ante la sociedad que relata, una obra muy anterior. No sé si acierto en mi juicio pero, si tuviera que incluirla en alguna corriente literaria, la ligaría al camino trazado por novelas como La familia de Pascual Duarte de Cela, como Nada de Carmen Laforet, como Tiempo de silencio de Martín Santos... Es decir, todo un estilo, ya clásico, duro, realista, triste y sin embargo maravilloso, de posguerra española. Es la novela más conocida de un autor muy conocido (lo que redunda en mi reconocida ignorancia). Tras su lectura he encontrado traducciones al alemán, al inglés, al italiano... y que, como no podía ser de otra forma en una novela tan “visual”, se ha llevado al cine en 1998 con participación de director, actores, músicos... más que relevantes del mundo cinematográfico español (más abajo reseño la película).
Mararía es María, todo un paradigma de “la-mujer”, de la tragedia por ser mujer: bella, inteligente, trabajadora. Y humillada, despreciada, y rota en su destino roto. Por ser mujer, por ser bella, por ser apetecible. Atada en corto, que es como se ha mantenido a las mujeres durante siglos y siglos, y sociedades y sociedades. Mararía podría ser la historia y el destino de cualquier mujer en cualquier país. Mararía es la tragedia de ser mujer. Mararía es el destino orate de una vida desquiciada a su pesar.
Pero Mararía vive en un mundo, como tantos mundos preeliminares al nuestro, que son su verdugo y a la vez son los reos de sí mismos.
Si una palabra define esta novela es “tragedia”. Tragedia social, tragedia personal de María, tragedia compartida de aquellos que la amaron, tragedia en los vasos de vino bebidos en “tascas” de suelo en tierra pisada de pueblos interiores de posguerra; luto y pesar y hambre. Pueblos donde cada uno tiene su lugar y su función: el alcalde, la alcahueta, el camionero y el jorobado.
Arozarena narra desde la distancia de un recién llegado y sin embargo no elude su implicación personal. El autor se introduce como narrador en la vida de los protagonistas para averiguar, pero sobre todo entender, qué ocurrió. Y comparte modos de vida que desembocan en su relato de la precariedad de lo precario.
La novela está perfectamente construida, mantiene el pulso durante toda su lectura, maneja el lenguaje con sencillez pero con contundencia y conocimiento. No estamos hablando de un recién llegado con su primer borrador bajo el brazo. Arozarena es un gran escritor, un magnífico poeta. La novela fue finalista al prestigioso premio Nadal, y seguramente el autor será reconocido fundamentalmente por ella. No obstante, tras leer Mararía apetece adentrarse en otros senderos explorados por el autor: sus poemas, sus relatos.

EDICIÓN EN CASTELLANO:

Rafael Arozarena, Mararía, Editorial Interinsular Canaria, Santa Cruz de Tenerife, 1983, 228 páginas.

RESEÑA DE LA PELÍCULA

Año: 1998
Nacionalidad: Española
Estreno: 30-10-98
Género: Drama
Duración: 152 m.
Dirección: Antonio Betancor
Intérpretes:

____Carmelo Gómez (Fermín)
____Iain Glen (Bertrand)
____Goya Toledo (Mararía)
____Mirta Ibarra (Herminia)
____José Manuel Cerviño (Marcial)

 

____Guión:

________Antonio Betancor
________Carlos Álvarez

____Fotografía: Juan Antonio Ruiz Anchia
____Música Pedro Guerra
____Montaje Guillermo Represa

(Datos de la película e imagen del cartel publicitario obtenidos de: www.zinema.com/pelicula/1998/mararia.htm )
Frank Doel

Queremos recordarles que pueden adquirir libros en nuestra librería on-line en castellano, francés, italiano e inglés.


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