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Creación Literaria
Tinduf
Querido amigo:
Transcurridas unas semanas desde nuestra última
aventura africana, te escribo estas líneas
para, juntos, rememorar aquellos días.
Desde esta distancia, los recuerdos de la aventura
pasada impregnan mis sentidos de colores blancos,
azules y dorados, de un sabor a madera joven,
de sonidos casi imperceptibles y de olores a
mar y arena.
Este viaje era diferente a los anteriores,
pues a la aventura se acompañaba una
buena dosis de solidaridad y apoyo humanitario.
El objetivo era llegar a los campos de refugiados
Saharauis en Tinduf. Ocho mil kilómetros.
Dieciséis días, atravesando Marruecos
para, desde Mauritania, subir por la franja
del Sahara Occidental (entre Mauritania y Marruecos)
tierra celosamente custodiada por el Frente
POLISARIO y peligrosamente amenazada por el
ejército marroquí.
El reclamo nos vino a través de una
revista. La idea de llevar ayuda humanitaria
a los campos de refugiados de Tinduf nos sedujo
desde un principio. Solo me bastó hacerte
una insinuación para que tu espíritu
aventurero despertase; ya no te conformabas
con leer las crónicas de mis viajes,
quisiste vivir en tu pellejo las experiencias
y sensaciones que te contaba a mi vuelta de
aquellos.
Y así, tres “todo terrenos”,
seis amigos madrileños ( tres pilotos
y tres copilotos), partimos hacia Sevilla, allí
nos reuniríamos con el resto de los coches
(once coches venidos desde Cataluña,
Aragón, Asturias, Valencia, Guadalajara…
y los dos sevillanos que constituían
“la organización”).
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Querida Mar: Me dijiste que había una
plaza de copiloto libre. No lo pensé
ni un momento. No pregunté nada. África
siempre me ha seducido. No sé si porque
es la cuna de la humanidad, y uno tira siempre
a los orígenes, o por sus gentes que
conservan cosas que acá hemos perdido,
o por las imponentes noches de luna nueva e
infinitos guiños de luceros en el desierto,
o por la inmensidad serena de sus desiertos
salpicados de dunas moldeadas por un viento
que esculpe voluptuosamente la arena, o vaya
usted a saber por qué..
Había acabado un curso muy duro y llevaba
varios años sin vacaciones. Lo que me
proponías era la mejor excusa para preparar
los macutos y emprender un viaje bajo las banderas
de la solidaridad y la aventura. Quizá
por ello no eché en falta la más
mínima información de "la
organización" (las comillas están
bien puestas) y fui siguiendo vuestros consejos:
pasaporte, antitetánica, seguro de repatriación,
"fichés"... y, sobre todo,
mucha ilusión y ganas de disfrutar con
entornos nuevos, gente diferente y la expectativa
de aliviar un poquito las calamidades del sufrido
pueblo saharaui.
Compré un mapa de Africa y en vano trataba
de trazar sobre él la ruta. Tan pronto
era Almeria-Argel, como Tarifa-Tanger. Mi talante
aventurero me hizo desdeñar esos "detalles".
No hay nada tan tranquilizador como la ignorancia.
El paso de los días me haría entender
más. Hoy, con más distancia, lo
veo aún más claro. Pero no precipitemos
la historia.
Pocos días antes, en el Fosters Hollywood,
conocí al resto de los componentes del
comando expedicionario, incluido Toni, el que
sería mi piloto a bordo de su Toyota
Land Cruiser D4D (creo que lo escribo bien;
a mí con estos cacharros me pasa lo que
a ti, me basta con saber donde tienen el contacto).
Llegado el día D, gracias a un completo
(¡y tanto!) listado que me pasó
por email Fran, pude preparar mi impedimenta,
botas militares de caña alta, botas de
trekking, plumas, GPS portatil.... etc. Si no
es por mi hijo, que se llevó más
de un injustificado gruñido por mi parte,
no logro cerrar las cremalleras del petate...
Sin duda no caí que era una expedición
estival y para sorpresa de mi piloto me presenté
con poco menos que todo el ajuar... ¡de
invierno!
En efecto, tras dormir poco y con los nervios
de los niños la noche antes de su primera
excursión, llevé todo el petado
equipaje a bordo de mi flamante Citröen
BX 19D, año 1985, que, puestos a mostrar
pedigree, el mío tendrá más
años pero no tiene menos letras que los
4X4 de estos chicos. ¡Ah! Y cuenta con
equipamiento no de serie (¿de que suena
esa palabra?) que evita todos los radares: es
incapaz de pasar los 100km/h cuesta abajo.
Así las cosas, emprendí reposado
viaje hacia Sonseca donde había quedado
con Toni. Allí estaba él, con
Blanca, su mujer y... una inmenso carro repleto
de toda suerte de artilugios que Toni pacientemente
me fue presentando: aquí las eslingas,
allí los grilletes, este el cable de
toma del cabrestante, ese el termostato de la
nevera, aquella la ducha... Yo iba saludando
tímida y cortésmente a todas las
piezas sin saber que días más
tarde tendríamos ocasión de intimar
bastante más. Casi sin darme cuenta estaba
ya con la llave del coche ostentosamente colgada
al cuello, auténtico rito de consagración
de copiloto novato. "No te separes de ella",
me dijo solemne el piloto. "Y vigila que
no se deje el pasaporte en cualquier sitio",
me susurró su esposa mientras se despedía
de él...
En un hotel de Sevilla nos reunimos con el resto
de la expedición. No conocíamos
a nadie, y allí comenzaron los primeros
contactos: primero el nombre, seguido de los
apellidos, esto es, tipo de coche y experiencia
en viajes africanos. A medida que recorríamos
el parque móvil del hotel y examinábamos
los once coches con sus pilotos y copilotos,
notaba en los nuestros (mi FRAN, JUANQUI y TONY)
cierta arruga de preocupación. Apenas
oí los susurros entre ellos: “no
vienen preparados”-chascaba la lengua
FRAN. -“¿Alguien les ha informado
de las condiciones del terreno al que nos enfrentamos?”-se
preguntaba TONI recorriendo con la mirada los
coches.
Tú y Yo, ajenos a estas preocupaciones
y emocionados con los preparativos, íbamos
de un coche a otro saludando, admirando cómo
se preparaban los que serían nuestros
compañeros de viaje. Allí, sobre
el pavimento, amontonaron numerosos paquetes
y bolsas que debíamos repartir entre
todos los coches. Era la ayuda humanitaria que
llevábamos al pueblo Saharaui refugiado:
ropa, material escolar, medicamentos. ¿Qué
podía fallar? Representantes del FRENTE
POLISARIO tenían conocimiento de nuestra
llegada, llevábamos salvoconductos y
un guía que se uniría a nosotros
en MAURITANIA y nos conduciría por zonas
seguras hasta nuestro objetivo.
El paso de la aduana por Tánger hasta
Rabat es más para echarla en el olvido
que para narrarla. Doce horas probaron nuestra
paciencia y buen talante. Los siguientes dos
días fueron una sucesión de averías
en los coches, que íbamos solventando
con suerte y pericia.
Del despego y vacuidad mostrados por “la
organización” emergió una
sensación de inquietud que rápidamente
se convirtió en la certeza de que estábamos
solos, sin respaldo y/o cobertura organizativa.
Estarás de acuerdo conmigo, querido amigo,
que quizá por ser más novatos,
el resto de los expedicionarios bajaban fieles
y confiados, ajenos al peligro que podía
suponer miles de kilómetros sin combustible
y agua por el desierto. En un principio, esta
situación provocó en nuestros
tres pilotos tensión y desasosiego, más
la experiencia y el ánimo aventurero
que los caracterizan lo transformó en
decisión y gusto por una aventura que
comenzaba escrita con renglones torcidos.
“¡Que buen vasallo, si tuviera buen
Señor!”, reza el viejo romance
castellano del Mío Cid. ¡Qué
buena gente formaba el grupo! Veinticinco Quijotes,
venidos de diferentes puntos de España,
ávidos de aventura, pero también
deseosos de ser útiles, de aliviar en
poco o en nada a aquella gente doliente, olvidada.
Cincuenta grados sobre una arena ardiente y
un viento lacerante. Coches que se atascan,
se hunden en la arena, y los tres mosqueteros
de Madrid (porque así nos llamaban) ora
sacan al Terrano, ora al Toyota, ninguno debe
quedar, todos o ninguno, y el sol implacable
va cobrando sus víctimas… pocos
se dan cuenta de que “la organización”
va en cabeza, contando chistes andaluces, quizá
para no oír la llamada de auxilio.
Por la noche, algunos duermen: el día
ha sido agotador; otros intentan, en vano, calentar
un caldo. El viento arrecia. Los ojos, entrecerrados,
apenas podemos abrirlos, mientras masticamos
una mezcla de salchichas con arena intrusa.
Sólo JUANQUI parece darse cuenta de que
SAAD, nuestro guía, no ha cenado. Un
poco alejado del grupo, como para no molestar,
sentado en la arena, observa. No ha traído
nada. Ha venido con las manos vacías.
Le invitamos a nuestra mesa y, cortésmente,
acepta nuestro caldo aderezado con arena, pero
no nuestras salchichas. -¡Es cerdo!–,
explica. Nuestro cerebro recalentado tarda en
comprender y farfullar una disculpa.
Querida Mar: Coincido tanto en las apreciaciones
de tu última carta que no dedicaré
tiempo a glosarlas. Me queda la memoria del
hotel de Sevilla y el famoso "briefing"
que nunca llegó para explicarnos con
detalle el viaje y los cambios habidos. Recuerdo
con humor la noche en que, sin duda por las
previsoras gestiones de la organización,
Tony y yo tuvimos que dormir ¡en cama
de matrimonio! Para tu tranquilidad te diré
que pernoctamos como los matrimonios mal avenidos:
cada uno mirando a un lado del tálamo
conyugal. Estábamos al principio de la
aventura. Daba gusto contemplar tanta ilusión
en todos los que animosamente se iban incorporando
a la aventura con cuerpos aún descansados
(rostros todavía bien rasurados de los
hombres y cutis con recuerdos recientes de maquillaje
en las chicas) y, sobre todo, espíritus
prestos a la aventura. Yo alucinaba con los
coches y todos sus complejos archiperres. Aprovechaba
para ensanchar pecho como copiloto ante quien,
admirado ante los artilugios de nuestro flamante
4x4, preguntaba acerca de su utillaje, explicándolo
como mejor podía: la cocina tiene un
tapavientos que...., el toldo lateral..., pues
la ducha.... Se me han escapado muchos detalles,
pero no puedo olvidar la calurosa espera del
paso del estrecho, aliviada por los toldos,
un aceptable servicio de suministro gratuito
de agua y, sobre todo, la camaradería.
Igualmente, la llegada a Rabat y los primeros
km. de asfalto en un Marruecos que parece irse
desarrollando económicamente, sobre todo
a juzgar por... el concesionario Nissan que
tocó visitar enseguida al GR que patroneabais
a causa de la avería que tuvo.
Solucionada in extremis la avería, continuamos
viaje hacia Rabat no sin advertir el buen lote
de radares móviles adquiridos por la
Gendarmería Real para controlar el tráfico
en las principales carreteras del norte del
país. A propósito, en uno de los
pueblos, ya que no "puntos", sí
nos clavaron 400 dirham por exceso de velocidad
(medido a ojo, sospecho). Aunque el "municipal"
en un gesto de solidaridad para con los "hermanos
españoles" optase por "rebajar"
a la mitad la suma, eso sí, quedándose
él con la parte correspondiente, mientras
que con pasmoso cinismo, sin duda bien entrenado,
hacía los famosos gestos del simio que
no ve, no oye y no habla. Recuerdo también
la entrada al Sahara, los primeros atranques
de los coches, la ilusión de primerizo
por sacarlos del aprieto. Rebaje de arena de
los bajos, eslingazo, cabrestante y, a lo peor,
las planchas de aluminio bajo las ruedas. No
te ocultaré que cuando la operación
se iba reiterando, sobre todo si había
más de 50 grados, la inicial ilusión
se tornaba en cierto desasosiego cada vez que
alguien quedaba tirado. Al coche de Tony, mi
piloto, lo empezaron a llamar el "coche
nodriza". Veloz acudía en auxilio
de quienes tenían dificultades prestando
toda la ayuda técnica y mecánica
precisa. No es mi mundo el de los coches, ni
el del 4x4, pero la parte aventurera prometía.
Ya te anticipo que la otra, la de encuentro
con otras gentes, con otra cultura, el acoger
lo que tienen que decir (antes de dar) y, a
la postre, compartir lo que pomposamente llamamos
en el Norte "ayuda humanitaria" me
resultó bastante decepcionante. Para
serte sincero, sin retirar lo anterior, quizá
compensó aquella noche de desierto y
conversación abierta y amistosa hasta
las tantas de la madrugada con Saad, nuestro
guía en la zona liberada por el Frente
Polisario. Imperceptiblemente, en animada y
sincera conversación, tratando de lo
divino y de lo humano, acabamos bastante alejados
del campamento militar. Pero esta noche tan
interesante será motivo especial de una
próxima carta. Un beso y hasta la tuya.
Josito
A SAAD, nuestro guía, le conocimos e
incorporamos a nuestro grupo en la ciudad mauritana
de Nouadhibou. De vez en cuando interrumpe nuestras
chanzas y comentarios por la emisora para recordarnos
que no debemos mencionar datos de nuestro recorrido…
los marroquíes están al acecho
y nuestro paso por aquellas tierras debe pasar
desapercibido. Solo más tarde sabremos
que no es un simple guía. SAAD ha sido
durante tiempo representante del FRENTE POLISARIO
en varios países. Por motivos personales
se ha retirado de la militancia activa.
SAAD calla y observa. No puede pronunciarse,
es un simple guía contratado por la organización,
pero él comienza a tomar partido, reconoce
el valor, la entrega a los demás y la
admiración por esta tierra... acepta
nuestra comida y compañía.
Esa noche en la tienda de campaña me
siento abatida. No sé si podré
soportar tres días más como éste.
Mi pelo es una maraña de nudos y arena,
y el cuerpo una mezcla de sudor y tierra. He
soportado bien los cincuenta grados abrasadores.
He ayudado en los atascos de los coches como
uno más. El resto de las mujeres se negaron
a salir de los coches, y las que lo hicieron
sufrieron golpes de calor que las dejaron noqueadas
todo el día. Pero por la noche me siento
abatida, cierro los ojos e intento no pensar
en mañana; pienso en tu manía
de dormir al aire libre, bajo las estrellas.
Con la ventisca de arena que tenemos no sé
si te encontraremos. FRAN se ha colocado unas
gafas de soldador para proteger sus ojos de
la arena; le oigo desde la tienda bromear y
hablar con unos y con otros; no sé si
es para animarse o para animar a los demás:
ha sido también un día muy duro
para él…
El descanso nos ha venido bien a todos. Iniciamos
la marcha con mejor ánimo. El JEEP rompe
la transmisión, el Kía Sportage
los amortiguadores: ella está asustada,
él se pregunta cómo lograr terminar
el viaje en esas condiciones. FRAN, TONI y JUANQUI
hablan con el grupo, hay que quitarle todo el
peso y repartirlo entre los demás. De
nuevo no hay peros, todos responden como uno.
Ralentizamos la velocidad. El combustible escasea.
No existe repostaje cada doscientos kilómetros
como nos anunció la organización.
Confiamos en encontrarlo en el primer cuartel
POLISARIO ya no lejos de nosotros.
Llegados al primer emplazamiento POLISARIO (
tres barracones formando un circulo) nos acogen
con cordialidad y nos ofrecen lo poco que tienen.
Pero lo poco que tienen para nosotros es un
tesoro. La cisterna con agua y el barracón
para la ducha que en otra ocasión nos
daría reparo y rechazo ahora me provocan
lágrimas de agradecimiento. Después
del baño veo las cosas diferentes, incluso
la falta de combustible y la imposibilidad de
obtenerlo allí no nos desquicia y divide.
Debemos proseguir nuestro camino; en el próximo
cuartel nos aseguran que habrá repostaje.
Nos despedimos de aquel puñado de hombres
sin comprender de dónde les nace la esperanza
de poder lograr en un futuro próximo
la reconquista de estas tierras. Su tierra.
Su infraestructura es paupérrima, su
número exiguo. Han esperado en vano ayuda
internacional al conflicto con Marruecos. Sus
hijos han sido enviados a las universidades
europeas y americanas para su formación.
Quieren un país libre, habitado por hombres
libres y preparados. La ONU ha fracasado, el
referéndum no llega. La tela de araña
tejida por Marruecos va cubriendo esta tierra
prosperando día a día su colonización…estas
consideraciones nos mantienen mudos durante
varios kilómetros.
Llegados al segundo puesto militar ( más
grande e importante que el primero) no nos cabe
duda que obtendremos combustible. Conocen el
objetivo de nuestro viaje y nos informan que
en la población de TAFARITI, cerca de
Tinduf, hay una recepción esperándonos.
Gente venida andando desde cuatrocientos kilómetros
esperan nuestra llegada.
Llevamos, a penas, treinta minutos en tierra
y comienzan los problemas. Definitivamente no
podremos llegar hasta Tinduf; de hacerlo deberíamos
pasar la frontera Argelina, sello en el pasaporte
que nos acarrearía problemas de entrada
en Marruecos. Por lo tanto nuestro objetivo
final sería TAFARITI, lugar donde depositaríamos
la ayuda humanitaria transportada. El segundo
problema que se plantea es el combustible…¿se
nos garantiza el combustible de vuelta?.
La organización conversa con el jefe
del puesto alrededor de un té. SAAD,
nuestro guía, no se rinde, ora habla
por teléfono ora con el mando del puesto.
Nosotros, mientras observamos de reojo dichas
maniobras, visitamos las instalaciones, entre
las que se encuentra un recién construido
hospital ( aún no en activo) con ayuda
española.
La organización nos reúne a todos
augurándonos un negro futuro. No se nos
garantiza combustible para la vuelta, y si lo
hubiera no se nos garantiza el precio del mismo,
el cual podría ser desorbitado dada la
evidencia de nuestra necesidad. La organización
nos recomienda darnos la vuelta. Dejar en este
puesto la ayuda humanitaria transportada y desandar
lo andado recalando en alguna playa.
Como si de un mazazo se tratara, nos quedamos
sin sangre en las venas. Las caras de mis compañeros
eran un poema de decepción: la de la
pareja de médicos que transportaban las
medicinas; la de los de Carabanchel que transportaban
material escolar; los que traían equipamiento
deportivo… seguidamente se atropellan
las preguntas en nuestra boca ¿cómo
es posible? ¿no se nos había garantizado
combustible, seguridad?...
SAAD reaparece y nos comunica que en una hora
tendremos combustible suficiente para llegar
a TAFARITI. El transvase del preciado líquido
a nuestros coches es todo un espectáculo
de arte rudimentario. El espectáculo
realmente triste es el ofrecido por el sevillano
a la hora de pagar al comerciante sus oxidados
y abollados bidones precariamente llenos de
gasoil. Su regateo y adusto gesto ronda la ofensa,
su conclusa versión acerca del carácter
“taimado de todos los moros” hace
que me avergüence y no pueda sostener la
mirada de SAAD. Mi siempre generoso FRAN zanja
la cuestión dando una buena propina (que
seguirán todos los demás) a nuestro
proveedor.
Por la noche, después de cenar el Tallin
de cordero con el que generosamente nos han
invitado nuestros anfitriones, estalla el motín.
El negro panorama con el que nos ilustra la
organización hace que la mayoría
de los compañeros no quieran seguir.
El miedo al desastre en medio de aquella vasta
y ardiente tierra les hace decidirse a seguir
a la organización de regreso. Nosotros
tres no queremos regresar, pero tampoco tenemos
capacidad para transportar toda la ayuda humanitaria,
amén de carecer de guía. La decepción
está pintada en la cara de todos.
Hacemos saber que nuestros tres coches se desmarcan
de la organización y que seguiremos el
viaje por nuestra cuenta ( FRAN lleva un recorrido
alternativo en su ordenador ¿ tal vez
desde el principio tuvo dudas del éxito
de este viaje?, nunca deja de sorprenderme).
Dormimos dentro del acuartelamiento, en el patio,
al raso, bajo una manta de estrellas.
Al día siguiente, son cuatro coches más
los que se unen a nosotros, los de la organización
nos miran de reojo. Toda la ayuda humanitaria
que transportábamos es depositada ( bajo
inventario) en el puesto militar, ellos se encargarán
de hacerla llegar a su destino. SAAD nos pide
una conversación privada. Nos manifiesta
su enojo, decepción y tristeza por como
se han desarrollado los acontecimientos. Se
siente ofendido por los sevillanos, su pueblo
ha sido ofendido, cuestionando su palabra. Los
saharauis sabían de nuestra llegada,
nos esperaban en TAFARITI -¿cómo
podéis pensar que os íbamos a
dejar desamparados en nuestra tierra? –pregunta.
Y efectivamente, él no nos deja desamparados.
Ha hablado con el jefe del puesto militar. No
van a dejarnos solos por su tierra, nos ha procurado
un guía entre los militares del acuartelamiento.
Nos orientará por zonas seguras hasta
nuestra entrada a MAURITANIA. La vergüenza
y agradecimiento se mezclan en el abrazo que
le damos de despedida. Nos ruega que le informemos
cuando estemos en tierra Marroquí.
–No estaré tranquilo hasta que
no me llaméis- ruega.
Nos despedimos del resto de la expedición,
nos veremos el día 14 en LAAYOUNE, subiendo
hacia ESPAÑA. Ya no somos los tres mosqueteros,
nos han vuelto a bautizar. El polvo que las
ruedas de los siete magníficos levantan
al marcharse van desdibujando la silueta de
los que se quedan atrás.
Lo que aconteció en las jornadas siguientes
es motivo para una nueva crónica, baste
decir que se sucedieron días inolvidables
de camaradería y belleza. Pequeñas
aldeas destartaladas, niños descalzos
de grandes sonrisas, valles y parajes de belleza
impresionante, oasis escondidos, la incomparable
ciudad santa de CHINGUETTI Patrimonio de la
Humanidad (7ª ciudad santa del Islam),
kilómetros y kilómetros de playas
solitarias habitadas por grandes mamíferos
marinos varados en sus arenas, poblados de pescadores
junto a hileras de cayucos, hombres jóvenes
saliéndonos al paso pidiéndonos
que los lleváramos a la tierra prometida…e
inconmensurables puestas de sol.
Quiero, amigo mío, quedarme en este punto
de mi narración, y conservar en mi memoria
estos últimos recuerdos. Lo demás,
el reencuentro y la despedida solo lo salva
la generosidad y buena disposición de
veinticinco hombres y mujeres que quisieron,
y no pudieron por unos días reencarnarse
en “el otro”.
Un abrazo fuerte como el mundo. Mar.
Querida Mar: Ahorraré reiterar detalles
ya narrados por ti. Me quedo con lo más
positivo de lo que cuentas: la noche en el Campamento
del Polisario, después de una tarde desagradable
en plan Gran Hermano, fruto de la desorganización
y la paradójica desconfianza que por
parte de la "organización"
se nos inoculaba hacia nuestro buen guía
Saad. En fin, resumiendo mucho, para mí
el viaje mereció la pena por tres razones.
La primera, por haber podido hablar con Saad
largas horas de madrugada, caminando lejos del
campamento una noche de luna llena, explicándome
cómo se orientan sin GPS los nómadas
en el desierto, intimando con detalles de la
vida personal y familiar de cada cual que obviamente
no detallaré aquí, y expresándome
los anhelos y las esperanzas del Frente Polisario,
cargado de años de abandono y sufrimiento
de los que, por cierto, no debiéramos
sentirnos ajenos. Me maravilló la capacidad
de encuentro que tenemos los seres humanos cuando
dejamos fluir lo mejor de nosotros mismos, cuando
sacamos lo que nos vincula y aparcamos y miramos
con humor lo que nos distancia. Que bien se
entendían su Alá y mi Dios cuando
se superan las miopías y los prejuicios.
Él musulmán suní y yo cura
católico en fraternal encuentro personal
a la luz de la luna, en una interminable y profunda
conversación. Sin duda, Saad, interlocutor
de gran hondura humana, espiritual y cultural,
era bastante más que un simple guía.
La efectividad de su gestión en medio
del desierto, para, en poco más de media
hora, poner a nuestra disposición 1000
litros de combustible, lo acreditaba como alguien
con auténtica solvencia personal en la
zona liberada. De ahí su perplejidad
por nuestra renuncia a los objetivos del viaje
y su dolor por la inevitable escisión
que provocó el episodio de la falta de
gasoil. "En el desierto no se abandona
ni al enemigo. Es como las leyes del mar".
Se ve que esas elementales normas de humanidad
se nos han ido olvidando en Occidente y por
eso necesitamos tantos y tan farragosos Códigos
para protegernos de nosotros mismos.
La segunda experiencia imponente fue el volver
por toda la línea de costa, literalmente
pegados al mar desde Mauritania y todo Marruecos
-todo África del Norte Occidental-. Y
hacerlo desde el mirador de excepción
que es la baca del Toyota Tonytero experimentando
a la par la brisa del Atlántico, la inmensidad
de este Océano y los desiertos de arenas
cambiantes: ora rojizas, ora blancas... Confieso
que al mismo tiempo que disfrutaba de este paisaje
estremecedor, no dejaba de sacudirme la conciencia
lo que se contemplaba por estribor cada vez
que nos aproximábamos a zona de pescadores:
decenas y decenas (¿centenares?) de cayucos
y decenas y de decenas de pescadores en condiciones
miserables. No hace falta mucha capacidad para
ponerse en el lugar del otro para entender su
frenético impulso por subirse a cualquier
cosa que flote y buscar una vida mejor. El contraste
entre nuestros potentes coches, las rodadas
sobre las playas vírgenes y una pobreza
con tan pocas expectativas resultaba a menudo
hiriente. Sobre, todo sabiendo que bastaría
con abrir sólo un 1% más nuestros
mercados a sus productos para que la imparable
curva del declive revirtiese. Por eso, ya desde
aquí, con compañeros africanos
y otros con muchos años en ese continente,
se iluminan algunos errores movidos por la buena
voluntad. Por ejemplo, que es un fallo garrafal
darles caramelos, que no forman parte de su
mala dieta habitual, que precipitan sus caries
y... allí no hay dentistas accesibles,
y torna a los niños en insufribles pedigüeños.
Que puestos a regalar -casi nadie lo aconseja
por los negativos cambios comunitarios que introduce-
es mejor regalar fruta... Que las ayudas puntuales,
salvo emergencia vital, suelen resultar contraproducentes,
que son necesarios programas que cuenten con
los interesados... En fin, no es ahora el momento
de detallar un Código de buenas prácticas,
pero sí que me venía a la memoria,
algo que escribí hace años, referido
a peores intenciones, insistiendo en distinguir
entre ONG sin-ánimo de lucro y ONG sinónimo
de lucro; como diría el Sanz, suena parecido,
pero "no es lo mismo".
La tercera experiencia positiva es la riqueza
cultural que integra ese nosotros colectivo
del que nunca debimos despegarnos que es la
humanidad. Pensando que el hombre, blanco y
europeo es el ombligo del mundo nos cerramos
a una preciosa diversidad (con sus matices,
naturalmente). Reconozco que del viaje volví
un poco harto de la pretenciosa prepotencia
del hombre blanco, de su machismo latente o
patente, de su falta de respeto a otras culturas,
de su afición a resolverlo todo con dinero.
Me sorprendió, por el contrario, la educación
extremada de las clases populares marroquíes,
la dignidad moral, la capacidad de sufrimiento,
y el idealismo de los saharauis, la acogida
y hospitalidad de los mauritanos, su forma entrañable
y sincera de nombrarnos "hermano español"...
las ganas de todos por vivir y salir del atolladero.
Me quedo, por fin, con la "boda" en
Laayoune que muchos se siguen preguntando si
fue de verdad (¡pues claro que sí!)
y con lo mejor de todos y cada uno de los que
formamos parte de la expedición (sin
excluir a nadie). En todo caso, mereció
la pena el viaje que me permite poner lugares,
colores, olores, ¡incluso nombres! a lo
que antes era tan sólo una mancha marrón
clarito en el plano de un continente prácticamente
desconocido. Seguro que volveré, pero
en muy otro plan. Un beso.Josito.
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y comunicaciones:
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