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Creación Literaria
El gato guardián
Cuando Altea llegaba a casa, al final de cada
día de trabajo, Henry, el enorme gato
atigrado, acudía a recibirla con suaves
maullidos y cariñosas cabezaditas que
le propinaba hacia la mitad de las pantorrillas.
Después se dirigía a la cocina,
expresando su necesidad de comida y su contento
por la presencia del ama con sus gestos y sus
ronroneos. Esa era la costumbre del gato y Altea
lo seguía, dedicándole frases
tiernas, con intención de hacerle algunos
mimos, acariciarle repetidamente el suave pelaje
desde la cabeza hasta la punta de la cola y
servirle dos cucharadas de su alimento favorito,
carne de cordero en gelatina, una combinación
enlatada de nutrientes adecuados para las necesidades
alimenticias de un gato adulto.
Sin embargo, aquel anochecer de diciembre,
Altea se sorprendió al observar que Henry,
contrariamente a su costumbre, tras el saludo
inicial no se dirigía hacia la cocina,
sino que, tomando otra dirección, caminó
varios pasos y se detuvo en la puerta del salón,
intentando llamar la atención de su ama
con maullidos muy diferentes de sus cariñosas
manifestaciones habituales. Los sonidos emitidos
por el gato semejaban gritos de alarma, de angustia,
de amenaza… Altea no sabía qué
pensar.
En un primer momento, creyó que Henry
estaba enfermo o que había perdido la
memoria y no la reconocía, la consideraba
una extraña… Ella sabía
que a los perros podía afectarles una
especie de amnesia cuando envejecían,
pero no había oído nunca que a
los gatos les sucediese lo mismo… Llegó
incluso a asustarse: si Henry no la reconocía…
Entonces recordó que, a su llegada, él
se había frotado contra sus piernas…,
y pensó que quizá el gato intentaba
llamar su atención por alguna circunstancia
ajena a él mismo.
Miró con detenimiento a su mascota.
Observó que Henry centraba su atención
en la terraza, situada al otro lado del salón
y enfocó su vista hacia las puertas de
cristal que la cerraban. La luz de la terraza
estaba apagada y, afuera, las sombras de la
noche lo oscurecían todo, de modo que
no era fácil distinguir formas en aquel
recinto sin claridad alguna… Algo se movió
tras las puertas de cristal casi cerradas…No
se veía bien, pero Altea estaba segura
de haber percibido un leve temblor… Sin
apartar la mirada, dio unos pasos y encendió
las luces del salón. Como un relámpago
que siembra el terror en medio de la noche,
le llegó la mirada torva de un monstruo
cuyos ojos asesinos contrastaban con la armonía
de sus bellas facciones. El hombre comenzó
a descorrer lentamente las puertas de cristal,
mientras la miraba con intensidad, con el furor
de una bestia ávida de sangre.
Sin apartar su mirada de los ojos que la atemorizaban,
Altea recordó que hacía pocos
días habían apuñalado a
una señora mayor que vivía sola,
en el edificio contiguo… Supuso que había
tenido la desventura de encontrarse con su asesino
y leía en el mensaje de muerte que él
le enviaba que el destino que le esperaba a
ella misma no iba a ser muy diferente. Quizá
él la había elegido porque también
ella vivía sola y recibía muy
pocas visitas. Pero no todas las señoras
solitarias resultaban necesariamente inofensivas,
pensó Altea, recordando a su amiga Paula…
Altea sopesó sus posibilidades de dirigirse
a la cocina, agarrar con fuerza uno o dos de
sus mejores y más afilados cuchillos
y presentar batalla al intruso. Él había
entrado en su casa sin ser invitado, por tanto,
ella tenía derecho a defenderse. Él
estaba a punto de salir de la terraza, una vez
abierta la puerta corredera de cristal, y Altea
había hecho el primer movimiento, apenas
un gesto imperceptible, con intención
de abandonar su posición y encaminarse
rápidamente a la cocina, cuando Henry
captó su atención.
El gato se había subido a una silla
situada aproximadamente a unos dos metros y
medio del extraño, había erizado
el pelaje de su lomo y de su cola, levantaba
continuamente el labio superior y comenzó
a bufar justo antes de impulsarse enérgicamente
con sus patas traseras en un salto tan rápido,
ágil y equilibrado que resultaba increíble
en un gato doméstico de más de
siete kilos de peso.
Durante apenas unos segundos, Altea tuvo oportunidad
de admirar a su depredador doméstico
equilibrando el cuerpo con la cola en su breve
vuelo, desplegando la piel, separando las garras
unidas por una elástica a la par que
delicada piel aterciopelada y mostrando las
blancas uñas afiladísimas, inmediatamente
antes de tocar su punto previsto de llegada.
Y pudo constatar que su felino, tras milenios
de convivencia doméstica de su raza con
el ser humano y tras sus cinco años de
mascota mimada, no había perdido ni un
ápice de su instinto letal ni de su capacidad
depredadora; era el cazador perfecto, con un
equipamiento capaz de infundir pavor a cualquier
presa. Altea observó el impacto del cuerpo
del gato sobre el rostro y el pecho del intruso,
clavándole las uñas de las patas
delanteras a la altura de los ojos y las garras
traseras algo más abajo de la garganta.
El hombre lanzó un alarido, el gato afianzó
sus patas superiores hundiendo sus uñas
cerca de las patillas del desconocido, lo mordió
en la mejilla y a continuación le bufó,
levantando el labio superior para mostrarle
los pequeños incisivos y los desarrollados
caninos bien afilados, antes de clavarlos de
nuevo, ahora en su nariz.
Altea repasaba a toda velocidad en su mente
qué objetos contundentes podría
utilizar si su mascota necesitase alguna ayuda,
lo que no parecía muy probable por el
momento. El intruso era víctima de un
ataque de pánico que lo mantenía
prácticamente inmovilizado y apenas se
atrevía a llevarse las manos al rostro
herido, para intentar en vano liberarse del
doloroso abrazo de su atacante. Sin perder de
vista la escena, Altea se acercó al teléfono
y marcó el número de la policía.
Marisol Llano Azcárate
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