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Creación Literaria
La presencia invisible
El enorme gato de carey fijaba su vista en
un lugar donde aparentemente no había
nada.
—¿Qué miras, Henry? –preguntaba
su ama a menudo, cuando veía que el gato
miraba hacia el pasillo, a la altura que quedaría
el rostro de una persona de estatura elevada,
aunque Altea sabía que no había
nadie más en la casa.
Otras veces observaba cómo los ojos
amarillos del felino seguían los movimientos
de algo o alguien que venía por el pasillo,
a continuación se situaba al lado de
ella y se sentaba. Pronto llegó a darse
cuenta de que una presencia, invisible para
ella aunque no para su mascota, la acompañaba
desde hacía algún tiempo.
No obstante, podían pasar semanas sin
que la mirada del gato delatase la presencia
de aquel ser incorpóreo. Generalmente
aquellos días se despertaba con imágenes
de una lejana aldea, casi despoblada ya, donde
su tío materno, fallecido años
atrás, había vivido durante toda
su vida. Podía observar, desde la plaza
de la iglesia, el cortinal(1_)
extendiéndose en ligera pendiente a sus
pies; pasear entre la exuberante y descuidada
vegetación que brotaba al paso de un
arroyuelo de agua transparente que bordeaba
la aldea y regaba varios prados de frondosa
hierba; recorrer una finca con manzanos y avellanos
que comenzaban a mostrar sus incipientes frutos;
coger peras diminutas de un gran peral añoso
que sobrevivía año tras año
el ataque de los vientos, la hiedra y los insectos;
sentarse al lado de la destartalada fuente que
ya nadie reparaba y observar cómo manaba
el escaso chorro de agua que salía del
caño, como si el manantial que en otro
tiempo fluía abundante se hubiese perdido
en su largo camino por debajo de fincas de labor
y bosquecillos; comer golosamente las rojas
y dulces cerezas de un cerezo que, Altea lo
sabía, ya había sido talado…
Poco a poco fue comprendiendo lo que sucedía…
Le costó al principio, porque ella no
creía en aquellas cosas… Pero de
algún modo se sentía acompañada…
Un día rebuscó todos los álbumes
hasta encontrar las viejas fotos de aquella
lejana aldea, fotografías que guardaba
debido al inmenso cariño que sentía
por su tío materno. Abrió el álbum
y comenzó a pasar las páginas
con lentitud, mirando calmadamente aquellos
retazos de su historia…
—Mira, aquí está la escuela
–se sorprendió a sí misma
hablándole al lugar vacío donde
Henry había posado su mirada felina hasta
quedarse dormido–, ¿tú sabías
que la habían cerrado? Hace tiempo –se
respondió a sí misma–. Ahora
vive allí un empleado del Ayuntamiento,
creo… Y bueno, el hombre planta algunas
hortalizas en aquel huertito que hay debajo
de la casa… Sí, ya sé que
has estado por allí hace poco –Altea
había visto unos días antes, al
despertarse, el jardín que en otro tiempo
la maestra siempre tenía muy bien cuidado,
pero lo había encontrado lleno de hierbajos,
ortigas y zarzas…, apenas algún
lirio y unas cuantas caléndulas habían
logrado sobrevivir entre aquella naturaleza
salvaje.
Altea pasó tres hojas más, llenas
de recuerdos de aquella aldea que ya era casi
el fantasma de lo que había sido en sus
buenos tiempos, cuando en cada hogar vivía
una dilatada familia; ahora, en cambio, la mayoría
de las casas permanecían cerradas, aguardando
que sus dueños, emigrados a diferentes
lugares en busca de mejor suerte y de mayor
fortuna, regresasen durante varios días,
incluso durante algunas semanas, les hiciesen
cobrar vida, abriesen sus ventanas y las habitasen
de nuevo.
Encontró una instantánea del
viejo y altivo chalet del indiano. Altea recordaba
que su tío materno había estado
allí hacía poco tiempo. Quizá
unas dos semanas… La lujosa mansión
permanecía cerrada a cal y canto. El
indiano se había muerto ya y sus herederos
querían vender aquella casona de veraneo
que su ya desaparecido dueño había
construido al regresar rico de algún
país de América Central, sólo
los más viejos recordaban cuál,
muy cerca de la antigua casa familiar, mucho
más modesta.
—¿Recuerdas cuando te hice esta
foto delante del chalet? –pregunta Altea
a su invisible visitante–. Era un día
de invierno muy frío. Fíjate,
tú llevabas las botas de cordones y aquí
se te ven los calcetines de lana sobresaliendo
por encima del borde –Altea se queda unos
instantes en silencio, recordando, mientras
su mirada recorre la fotografía–;
y el jersey marrón que mamá te
regaló, tan calentito… Me acuerdo
de aquella mañana, ¿sabes? Cuando
yo llegué a tu casa había una
helada tremenda…, todo estaba blanco a
causa de la escarcha…, el cielo había
estado estrellado la noche anterior…,
me acuerdo muy bien…
Algunas veces Altea se preguntaba si todo
aquello no sería sólo una sugestión…,
una estratagema de alguna oscura y oculta parte
de su cerebro… Desde la muerte de su tío
materno, al que siempre se había sentido
muy unida, Altea había estado al borde
de la depresión; el hecho de saber que
no volvería a verlo la había sumido
en un estado de tristeza que no había
logrado superar. Le parecía que su vida
estaba vacía, que no tenía sentido…
Llevaba así más de once años
y no había logrado recuperar las ganas
de vivir que la invadían antes de que
su tío se hubiese ido definitivamente.
Era capaz de reflexionar acerca de su tristeza,
de su desgana, de su abatido estado de ánimo,
pero se consideraba incapaz de superarlo. En
ocasiones, considerando con frialdad su situación,
creía que no deseaba experimentar verdaderamente
una mejoría, sino recrearse en aquella
pena en que la desaparición de su tío
la había sumido.
Y en la situación límite de
su inapetencia por todo, cuando ya estaba a
punto de dejarse vencer por la apatía,
comenzó a percibir las evoluciones de
alguien invisible, no porque ella fuese capaz
de verlo, sino porque podía seguirlo
con la mirada de su mascota, un gordo gato de
la buena suerte de brillante pelaje atigrado
en rubio y negro con la parte inferior del cuerpo
blanca, al igual que las patas delanteras. Su
tío había tenido uno parecido,
ella había jugado con él muchas
veces, el gato simulaba que la cazaba y Altea,
cuando el animal se hizo adulto, se ponía
unos guantes para que no la arañase mientras
fingía que su mano era una presa que
el felino podía atrapar.
Marisol Llano Azcárate
(1_) Cortinal: Conjunto cercado de fincas pertenecientes
a diferentes dueños situadas unas al
lado de otras sin límites visibles, que
suelen compartir accesos (entradas, caminos).
Inscripciones
y comunicaciones:
info@lacasaquegrita.org
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