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Creación Literaria
¿Quién acecha
cerca del agua?
A menudo se sorprendía a sí misma
pensando en una corriente de agua clara, en
aquella fuente que había conocido de
niña y que ahora casi no manaba sino
un hilillo. Otras veces era el recodo del camino
que llevaba al arroyo de su infancia, de corriente
cristalina, lo que ocupaba su mente.
Al principio creyó que era nostalgia
de la madre, de su presencia o del lecho materno,
quizá estaba envejeciendo y echaba de
menos ciertos lazos que antes había rechazado.
Siempre había oído y leído
que el agua corriente era símbolo de
vida y quizá representaba la figura materna
mientras que el agua estancada simbolizaba la
muerte. Pero Argia no soñaba nunca con
agua estancada o negra, ni siquiera pensaba
en ella, por eso no se preocupaba.
Cada vez más, las imágenes de
la fuente y del arroyo se apoderaron de su mente,
allí estaban al despertarse y antes de
dormir, y cuando su cerebro tenía un
momento de descanso regresaba a la placidez
de aquellas dos corrientes de agua transparente
y limpia que al principio le parecieron relajantes
y con el tiempo comenzaron a resultarle inquietantes.
Cuando era más joven soñaba
a menudo con arroyos transparentes que se deslizaban
apaciblemente sobre lechos de piedras limpias,
redondeadas, doradas. Algunas veces Argia tenía
los pies metidos en esta agua corriente y en
otras ocasiones sobrevolaba los verdes árboles
que flanqueaban sus orillas y veía cómo
los rayos del sol se reflejaban en la superficie
brillante del arroyo.
Comenzó a preguntarse si eran sólo
las representaciones de otra cosa oculta en
su memoria, un hecho, un objeto escondido…,
como le había sucedido con los baúles.
Siempre había sentido una atracción
especial, una ternura y una paz inexplicables
a la vista de un baúl, pero no sabía
por qué hasta que recordó que
una preciosa vajilla infantil en miniatura,
primorosamente realizada en porcelana, que había
pertenecido a su madre, estaba guardada, dentro
de una bonita caja de cartón decorado,
en el viejo baúl de su abuela.
A veces recordaba otra fuente de su infancia,
a la que solía ir cuando salía
de paseo con su tío. Era la Fuente de
la Tea, situada en medio de un bosquecillo de
pinos. Pero ahora ya no existía, al menos
no en su estado primitivo, ahora estaba canalizada,
oculta, y su agua abastecía la aldea
cercana, tras el obligado paso por el depósito
central y por los filtros y contadores necesarios.
Ya nada quedaba de la antigua fuente de piedra
que tanto le gustaba visitar en su niñez,
cuando se mojaba las manitas e incluso los pequeños
pies infantiles en aquella agua fría,
refrescante, que salía del ancho caño
siempre rodeado de una vegetación exuberante,
ávida de humedad.
A medida que iban transcurriendo los años,
recordaba con mayor frecuencia y nitidez al
antiguo amor que había fallecido ahogado
en el río la madrugada de un 24 de diciembre.
Argia tenía entonces quince años
y él le triplicaba la edad. Lo había
conocido en un bar del pueblo de su abuela.
Su abuelo mismo se lo había presentado.
Era un amigo de la familia que vivía
en el extranjero desde hacía muchos años,
cuando, intentando mejorar su situación
económica, emigró a la República
Dominicana. Más tarde, ya en la madurez
y quizá sintiendo nostalgia de la tierra
que le había visto nacer, tomó
la costumbre de regresar durante un mes cada
año, para reencontrarse con las gentes
de su juventud. Fue en uno de esos viajes cuando
halló la muerte una nochebuena, que para
él hubo de ser fatal, en el río.
No se supo nunca por qué, quizá
a causa de un desvanecimiento momentáneo,
el coche que él conducía salió
de la carretera y de un modo casi natural, se
internó en el agua. Cuando lo hallaron,
al día siguiente, el coche estaba parado,
la puerta del conductor abierta y este había
desaparecido. Lo buscaron durante días
sin éxito hasta que lo hallaron, oculto
por una rama arrastrada por la riada, la mañana
del 31. La trágica muerte de Pablo, que
era el nombre del maduro galán, afectó
grandemente a la joven Argia y aunque su dolor
fue intenso, lo ocultó a todos, familiares,
amigos y extraños. Pero este amor sin
concluir ni consumar, arrebatado en su nacimiento
por la casi siempre inoportuna dama de amarillo,
dejó una profunda huella en su memoria.
Un día, recordando precisamente a aquel
hombre, Argia se dio cuenta de que aquello que
la acechaba en el recodo de un camino, al lado
de una fuente, o en el recoveco de un arroyo
de aguas transparentes, no era sino la muerte.
Entonces se acordó de la antigua leyenda
persa del jardinero y la muerte, pero no deseó
estar en Ispahan por milagro, sino que, consciente
de hallarse a comienzos del siglo XXI, decidió
que podía muy bien elegir no acudir a
la cita fatal, sino quedarse en su casa y que
nada extraordinario sucedería por ello.
Marisol Llano Azcárate
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