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Creación Literaria
EL REY QUE QUISO OLVIDAR
Alberto
Omar Walls >>
Aunque ningún reloj de la pared de
la covacha le pudiera indicar el paso del tiempo,
llevaba varias lunas que no sabía dónde
estaba. Algunas de las cosas le parecían
reconocibles, pero en su interior le nació
algo que le mostraba una nueva manera de mirar,
como si fuera la primera vez que las observaba.
Se mantuvo paralizado en el interior de la cueva.
Deduce cuántas veces vio aparecer y ocultarse
los encolerizados rayos del sol. La luz se ve
bastante allá de él, al fondo,
donde está la boca de la gruta, donde
se hace pequeña y baja para ocultarse
de los ojos traidores.
Durante las noches, dormía. Algún
tiempo después de descubrir que estaba
allí, comenzó a moverse. No recordaba
siquiera que él era capaz de hacer aquello.
Movió lo que no confirmaba aún
que fueran sus brazos, luego lo que descubriría
más tarde que eran sus piernas y, al
fin, alargó la cabeza por encima de los
hombros. ¡Si había descubierto
que se movía, no estaba muerto! El constatar
aquel hecho, le proporcionó una pasajera
satisfacción, mas la vieja y honda melancolía,
que no sabía de dónde llegaba
ni cuándo lo podía sorprender,
lo volvió a sumir en el olvido.
Nadie lo examinaba por el significado de recordar
u olvidar. Mientras empezaba a darse cuenta
que allí estaba, presintió que
podía estar solo en medio del mundo.
Podría ser un ejemplar unicelular aislado
del cosmos, o un humilde cangrejo ciego y olvidado
en el lecho transparente de un río subterráneo.
Junto a la primera impresión, le surgió
una especie de temerosa seducción por
lo que le rodeaba. Luego, le empezó a
rascarle sañuda en el pecho, pero no
podría saber aún que eso era una
emoción. De haberla reconocido habría
descubierto que era amarga como el sabor de
la hiel de un animal. Aunque también
se le pareció que fuera una sensación
muy ácida. Quizá por eso, le vino
a la mente el sonido quejumbroso del balido
de un baifo. Se le estaban moviendo muchas hebras
en el cerebro, y después de ese descubrimiento
surgió otro, que era visualizar ante
su frente la estampa del animal de cuerpo entero.
Esa experiencia visual lo llevó a crearse
un conjunto de asociaciones imaginadas de las
que aún no podría extraer sus
auténticos contornos, pero ahí
estaban ya, acechándolo para gritarle
sus significados ocultos. Tras ver ante sí
la idea y la imagen de un cabrito balando, fabricó
ver un rebaño multicolor y abigarrado
de cientos de caprinos y, alrededor de ellos,
algunos perros y varios hombres vestidos con
rudos tamarcos. Pero al fondo del paisaje visionado,
aparentemente relajado y en orden, se llegaban
presurosos en cámara lenta otros hombres
de acero que refulgían en medio del campo,
como cuando al agua le incide la luz del día.
Un travelling de encuadre majestuoso acompañó
golosamente al grupo mientras se enfrentaban.
Aquellos seres extraños, en vez de rostros
y cabellos al aire portaban cascos de combates
y las mismas granadas de mano que otros guerreros
llevarían en futuras guerras. Y sin querer
saber aún lo que querían decir
las imágenes, asistió a la violencia
desencadenada del embate de los hombres de acero
en el momento de darles muerte a los pastores
y luego robar su rebaño. Y aunque eso
viera, aún no podía vislumbrar
cuál era la auténtica derrota
de los hombres creados por Acorán.
Asistir a todo el primer recuerdo, e hilvanarlo
en su secuencia lógica, fue agotador.
Los dolores de cabeza parecían romperle
los ojos, echándoselos para fuera de
la calavera. Tan fuerte era el bombear de su
energía en lo alto del cuerpo. Supo distinguir
la realidad frente a la ficción que le
pudiera proporcionar su mente y, como era un
gran guerrero, dejó de tensar los músculos
y se tornó al olvido. Durmió nuevamente
durante tres lunas seguidas. Cuando despertó,
supo que ya no lo habitaría el olvido,
pues sabía que nuevas imágenes
le pedían a gritos apoderase de la memoria.
Una bandada de pájaros cruzó por
delante de la boca de la cueva mortuoria de
los antepasados. Revolotearon muy cerca y fueron
a posarse en grupo sobre las ramas más
bajas del pino que estaba a unos treinta pasos.
El poder libre de que gozaban los pájaros,
le despertaron la curiosidad. Antes no los había
observado de aquella manera, sino como cantores
simples que alegraban los campos y hacían
las veces de esquirlas de los pinos centenarios.
Recordó una historia que le había
ocurrido cuando niño. Cientos de canarios
ribeteados en hermosísimos tonos de verde
y pardo, lo rodearon y, como él no entendía
sus múltiples trinos agudos, se echó
a llorar. Fue cuando su padre lo condujo a dar
con el guañameñe, para que le
hablara de su futuro y, de camino, le sacara
de la cabeza todas aquellas visiones que tanto
lo asustaban en sueños. Y para que le
aclarara las diferencias entre realidad y ficción.
Cuando el brujo oyó al jefe Serdeto decirle
que al niño Beneharo lo rodeaban unos
pájaros, se echó a reír
de contento, con el descaro típico de
las ancianas, pero tranquilizó al mencey
comentándole que su hijo estaba llamado
a ser un gran guerrero y un hombre sabio, por
eso los cantores de vivos colores iban a dar
con él para ponerle al tanto de todo
lo que sabían y habían visto en
otros lugares. Que era niño aún,
pero que debería intentar oír
con tranquilidad de espíritu las muchas
voces de las que se valían para comunicarse
los antepasados. En la mente del niño,
se quedó la idea de que el viejo adivino
se lo complicó todo mucho más.
Sabía que aupado tan arriba de las montañas
se encontraba totalmente solo, aunque había
vida, porque se lo recordaban los pájaros,
el árbol centenario, el enorme farallón
rocoso que se perdía en el cielo, y aquel
mar que en la lejanía acunaba las grandes
telas blancas de las casas de madera de los
hombres de acero.
Se volvió de nuevo unos pasos hacia dentro
de la gruta y se detuvo ahora en observar su
interior. No recordaba haberlos visto antes,
pero le estaba siendo fácil reconocer
aquellos objetos que se agrupaban alrededor
de unas especies de túmulos o navetas
de piedras: vasijas, molinos, cerámicas
pintadas, muñecos y cuencos para frutas
y leche. Sobre las piedras y maderas, había
unos fardos envueltos con pieles que semejaban
forma humana. Como fuera, aceptó de golpe
que de entre aquellas cosas estaba el cuerpo
mirlado de su padre, y los de sus otros antepasados
a quienes nunca debió haber olvidado.
Y si su padre, el sabio Serdeto, a quien acompañó
en muchas batallas, aún se hallaba allí,
era que él, Beneharo, seguía vivo
por algo. Si había permanecido en aquel
lóbrego lugar sin saber siquiera cómo
llegó, seguro que fue el alma de su padre
quien lo había conducido. O fue el infinito
poder del cielo, ataman, que lo dispuso para
que sus pasos lo llevaran adonde debería
empezar a recordarlo todo. O puede que hayan
sido los pájaros.
Y recordar ¿para qué?
Sin esperarlo, resonaron en su cabeza, con la
potencia de un vozarrón inmisericorde,
las palabras de poder dichas el día en
que juró recibir como mencey el legado
de sus antepasados: Agoñe Yacoron Yñatzagaña
Chacoñamet. Había adoptado con
aquel mítico juramento el carisma que
lo sacralizaba con la importancia de ser mucho
más que un simple humano. Si lo había
jurado por el hueso de aquel que se había
hecho grande, un día tan lejano como
las estrellas, o tan poderoso como el sol y
la luna juntos, ¿qué estaba él
haciendo, al parecer tan alejado de donde debía
estar ejerciendo su poder? El no contestarse
esa simple pregunta, lo sumió de nuevo
en la tristeza.
Volvió los pasos al auchon donde dormían
eternamente sus antepasados. Por allí
estaban aún los muchos pájaros
parloteando entre ellos, elevando hacia ataman
unos cánticos tan inocentes, excepcionales
y libres en sus modulaciones, que de sus ojos
cansados brotaron lágrimas tan saladas
como cuando era niño. Oyéndolos
cantar, descubría la belleza del momento
presente. Aquellos hermosos gorjeos podrían
servirle de elevación propiciatoria.
Puesto de pie en el borde del acantilado, en
profundo silencio interior, decidió que
volvería a conectar con el mundo de los
muertos. Tras un largo rato de silencio, sintió
transportarse con aquellas melodías tan
lejanamente que llegó hasta donde se
reflejaba el rostro de Autindana, la gran madre
fundadora de los linajes donde los nueve menceyatos
asentaron su poder. Vio que en aquel rostro,
en un principio plácido y sonriente,
destilaban de sus lagrimales dos lentos ríos
de sangre. Se conmovió nuevamente al
comprender la contradicción que le planteaba
el encuentro de esa imagen con la suya propia,
cuando gozó emocionado por los cánticos
momentos antes. Comprender el significado último
de aquella visión le dolió mucho,
por eso gritó, y tan fuerte lo hizo que
algunas piedras medio desprendidas, que se hallaban
en lo alto, bajaron en torrentera apresuradas
para precipitarse en el vacío. Tuvo el
impulso primero de asirse a una de ellas para
lanzarse, pero las dejó ir.
En el gesto de echarse para atrás y permitir
que las piedras se vaciaran en el abismo, miró
hacia el frente y se detuvo a observar que allá
al fondo estaba detenido el mar extenso. Sobre
la superficie se irisaba lo que podría
ser el magec de la diosa sol, símbolo
que partía su imagen divina en cientos
de brillos. Por aquel hueco de la isla, habían
llegado hacía ya demasiado tiempo quienes
resultaron ser enemigos de los guanches, los
bimbaches, los auaritas, de los majos... Y su
memoria le extrajo a la superficie el recuerdo
de cuándo los guaiotas, venidos en grandes
cabañas desde la parte alta del mar,
rompieron el orden divino de sus tierras y gentes.
Habían llegado para quebrarles poco a
poco su totémico pilar sobre el que sostenían
su ancestral mundo. Y ya lo habían conseguido.
El propio Acorán sería derribado
desde la cima de la cumbre del mítico
andamiaje que unía el cielo con los astros
y, en su lugar, pondrían a otro poderoso
dios venido de fuera, que los castigaría
a través de sus brujos y sacerdotes.
Acorán había creado para ellos,
en tiempos inmemoriales, el agua y la tierra
y todo lo que existía, y él también
fue quien garantizó por siempre la continuidad
del mundo. Pero todos los habitantes de las
islas decían que las estrellas y los
astros desaparecerían, y que alguna razón
tendría quien todo lo había creado
para que esa tragedia sucediera.
El guerrero no podía comprenderlo. No
aceptaba que todo tocara a su fin, y por eso
el alma se le iba del lado del olvido. ¿Pero
cómo luchar contra las granadas, los
lanzallamas, los misiles, las armas bacterológicas,
las de destrucción masiva…? Por
unos segundos, su mente tan especial que atrajera
desde niño a los pájaros cantores
y que al viejo guañameñe le hiciera
pronosticar que sería un hombre sabio,
voló hasta llegar al territorio de la
memoria colectiva, para así columbrarse
por encima de los siglos y, en ese proceso instantáneo,
pudo descubrir que todas sus batallas perdidas,
mínimas y ocultas de un archipiélago
anclado a un lado de la costa africana, era
sólo la misma batalla de siempre, en
la que sucumbían los débiles a
manos de los más fuertes. Que nunca habría
ya más dolor ni compasión para
compartir con el que sufre. Tampoco hubiese
podido saber que ese inmenso mar se había
aliado con la necesidad de la comunicación
y el diálogo, a través de sus
mareas y los vientos que lo peinan desde siempre.
Aunque sólo se da entre iguales, nunca
cuando se busca el dominio sobre otros. Pero
eso es exigirle a Beneharo que comprenda el
significado profundo de aquello que apenas intuye.
Habían luchado hasta perder todo aquello
que una vez había valido la pena recordar.
Más allá de las fuerzas y la conciencia
de sí, la desconfianza los tenía
devorados por dentro. Habían visto desaparecer
miles de vidas jóvenes, y nada más
quedaría por hacer, salvo que se cumplieran
las predicciones, y los europeos los aniquilaran
para quedarse con las tierras de sus antepasados.
¿Y quienes los culparía de sus
tropelías y desaciertos? ¿Y si
se los hallaba culpables, quién los castigaría?
Él habría recurrido en otro tiempo
a los demonios que yacen en lo profundo de Echeyda,
¿pero por dónde empezarían
su venganza los demonios? ¿Lo harían
antes contra los cristianos?, ¿o contra
los propios hijos de la tierra que acobardados
dejaron entrar en sus corazones la codicia y
el temor? ¿Y quién podría
culparlos de que quisieran salvar sus vidas?
Deseaba conocer la razón última
que movía a sus antepasados a permitir
lo que él mismo venía viviendo
desde hacía más de treinta años.
El no comprender las argucias de ese nuevo mundo,
lo trastornaba. Lo habían dicho hacía
mucho atrás algunas harimaguadas y guañameñes,
también oyó decir que lo contaban
ciertos yones, echeydes y aguamujes, de que
vendrían sobre grandes casas de madera,
de que estaba escrito en el techo del tiempo,
y que todo se cambiaría como el día
a la noche. Pero no proporcionaron más
explicaciones, por eso pensaron que era mejor
dudar de las voces del miedo.
Hiciera lo que hiciese, parecía que estaba
trazado y Acorán lo quería así.
En ese punto de lo inevitable, se acababan las
negociaciones y las ofrendas. Podría
luchar hasta morir, ¿pero por qué
Dios lo había condenado a asistir a la
destrucción de sus gentes? De las otras
islas llegaban voces que hablaban de los muertos,
de los muchos tomados por la fuerzas y de los
tantos desriscados, por propia voluntad, antes
de llegar a caer esclavos de los cristianos
y doblegarse a su bautismo.
Con tristeza recordó de cuándo
el hermano del gran mencey Bencomo, Himenchia,
se le llegó a pedir la mano de su hija
Guacimara, y como él, Beneharo, queriéndolos
juntar para unir más las fuerzas que
en la isla ya se estaban descomponiendo, no
sólo al separarse el sur del norte como
el haber perdido tantos guerreros, le prometió
que fundaría con ellos matrimonio y descendencia
digna de guerreros. Fue uno de los días
más aciagos de su vida, pues Guacimara
repudió a Himenchia por haber dado antes
compromiso de unión con Ruimán.
¿Dónde quedaba su autoridad de
rey y padre? ¿Qué iba a ocurrir
con su pueblo y todos los guanches, si la fortaleza
de sus debilitados ánimos dependía
del capricho de una hija? ¿Cómo
es que los más jóvenes no veían
dónde estaba el peligro y buscaban manera
eficaz de remediarlo con sus sacrificios? ¡Tanto
estaban cambiando las costumbres junto a los
acontecimientos! Aquel día no tuvo tiempo
de pararse a comprender las razones de Guacimara,
por lo que la contrariedad lo sorprendió
sin desearlo y su desatada energía interior
le subió brutal hasta lo más alto
de la cabeza. Tenía sangre de guerrero,
y su cuerpo se había acostumbrado durante
años a responder con furia cuando su
dueño se sentía atacado. Montó
en cólera, gritó, pegó
a quien se le puso por delante para domesticarle
su iracundia, y rompió con sus propias
manos todos los objetos que se le ponían
al paso… Algunos que lo vieron dar alaridos,
y romper tantas cosas, impelido por la cólera
e impotencia, opinaron que ese habría
sido el mejor momento de batirse en duelo cruento
contra el extranjero enemigo, porque así
aliviaría la fuerza de la tragedia que
le mordisqueaba el pecho, y, de paso, quizá
ellos bajarían en número, que
muchos aún había. Pero sólo
estaban en el poblado aquellos pocos ancianos
tristes, varios perros aviesos, y apenas unos
veinte niños, quienes lo miraron sorprendidos
con los ojos muy abiertos. Recuerda ya la imagen
borrosa del viejo guañameñe, quien,
por tranquilizarlo, le ofreció de beber
del fermento de la mezcla de unas hierbas con
la savia del árbol sagrado. Bebió
sin parar durante tres lunas, al cabo de las
cuales cayó en un profundo sopor con
el que se durmió durante siete soles
seguidos. Cuando volvió en sí,
dijo que había estado en lo más
hondo de Echeyda, en el territorio de Guayota,
y que allí había sufrido grandes
males y sobre todo que había visto el
terrible futuro de sus gentes y de todos los
que habían nacido en las otras islas.
¿Qué había ocurrido en
verdad con el mundo y su pueblo? Las gentes
que vienen por el mar saben penetrar lentamente,
para asegurar sus intereses. Por eso siempre
tuvimos temor a ese abismo de agua. Durante
años se sucedieron los continuos enfrentamientos
con los venidos desde donde se juntan mar y
cielo, hasta que no fue posible ya ningún
tipo de convivencia pacífica. Porque
ellos tenían un claro objetivo de dominio,
y siempre había encuentros que lamentar,
Quizá se precipitaron los acontecimientos
al crearse aquel extraño triángulo
guerrero entre el mencey Bencomo de Taoro, el
mencey Acaimo de Güimar y Alonso de Lugo,
el ambicioso jefe de las huestes europeas. Divididos
el norte y el sur, la alianza sagrada de los
cinco bandos guerreros dio sus frutos, pues
tras la gran batalla se creyó que podríamos
reunificar las fuerzas y robustecer la confianza
de nuestras gentes. Mas los hombres de hierro,
con sus caballos, bombas de mano, ametralladoras
y proyectiles, los morteros de los buques y
la artillería pesada, volvieron pronto
a caer sobre nuestros cuerpos medio desnudos.
Se centuplicaban y aparecían por todas
partes, empezando a reconocer tanto como nosotros
los viejos terrenos y veredas. Por demás
que fueron obstinados hombres, terribles soldados,
y crueles ejecutores de las ordenanzas recibidas
por sus despóticos caudillos. Todo el
arsenal lo guardaban en sus establecimientos
de la alta mar, donde se almacenaban las eternas
armas. ¿Qué podríamos hacer
contra los cañones antitanques, morteros,
ballestas, culebrinas, lanzallamas, metralladoras
y cientos de catapultas, si no teníamos
siquiera unas espingardas y nuestras piedras
y palos sólo las podían impulsar
nuestras fuerzas interiores? ¡Ni siquiera
teníamos una ballesta por hombre, o un
dardo, venablo o tragacete, y tampoco nuestra
condición guerrera había sido
tanta como para haber ideado un bumerang, cerbatana
o arco con saeta! Pero éramos astutos
con las hondas, pues arrostrábamos gran
cúmulo de embates, y con tanto arte las
maniobrábamos que en esa habilidad nos
fue ganarles más de una vez. Pero nunca
era suficiente. ¿A qué fin combatir
con nuestros tamarcos y arpilleras, si ellos
portaban corazas, quijotes, tarjas, manoplas,
adargas, cascos y celadas? ¿Y qué
decir de aquellos lindos animales sobre los
que se asentaban sus jefes? ¿Y qué
pensar de la tan alta nobleza del caballo, sólo
comparable con la de un hombre santo?
Los pájaros llamaron su atención
con los alborotados trinos, haciéndolo
volver de su ensimismamiento de siglos. Al sentirse
en el aquí y ahora, vio de reconocer
con la nueva mirada el entorno y volvió
el rostro a lo alto del farallón. A lo
lejos, allá arriba, columbrados sobre
un picacho del gran cerro, divisó a unos
hombres extraños bien pertrechados sus
cuerpos con los pechos y lanzas de hierro. Avezado
en la lucha, comprobó en un solo golpe
de vista que, por venir corriendo, estaban agitados.
Mas no lo sería mucho, a lo sumo lo aprisa
que les permitía lo enriscado del terreno.
Comprendió entonces que si era tanto
el ajetreo es que venían de lejos. Llegaban
a buscarlo y no serían esos solos. Intentaban
acercársele por el atajo del sur. Sabe
que conocen ya todas las veredas y dentro de
poco se andarán esta tierra como si la
conocieran de siempre. También descubre
en su interior la certeza de que no será
esclavo de nadie, ni abandonará jamás
la fe ciega que, a pesar de todo, siempre tuvo
en Acorán. A nadie va a dejarle encargado
su cadáver para que lo velen, le cumplan
con el proceso de mirlado y lo acompañe
para que ilumine la mente del nuevo mencey que
quizá le podría seguir en la estirpe.
Sobre todo sabe que pronto se acabará
el mundo.
Cuando le da la orden de andar a su cuerpo,
ya está pensando qué decirle cuando
vea del otro lado a su padre, el gran Serdeto.
Tendrá que explicarles, tanto a él
como a sus antepasados, la verdad. En cuanto
los vea, no podrá sólo contarles
de que los rebaños de las contadas cabras
se hallan ocultos en cuevas estratégicas,
ni que los aguerridos sigoñes están
en igual situación con las mujeres y
niños, ni que los más jóvenes
son apresados y vendidos como animales, ni que
sus ancestrales costumbres han sido pisoteadas
y comienzan a borrarse de las memorias, que
el Dios Acorán, creador del agua y la
tierra está siendo sustituido por otro
que le dicen mayor y con más virtudes
que él, aunque, al parecer, también
fue quien creó los océanos, el
cielo, las estrellas, los demonios y a los hombres
sobre las tierras… Les dirá que
si antes se luchaba cuerpo a cuerpo y, llegado
el momento, se podía ser magnánimo
con el enemigo, o cruel, según fueran
las circunstancias, que ya se ha impuesto una
nueva manera de batallar, fundándose
en las estrategias basadas en la astucia, el
engaño, el dividir para vencer, la crueldad,
vejación y desdén contra el ser
que el mismo Acorán creó…
Y les susurrará que sus gentes han cambiado,
que están casi irreconocibles, porque
los miedos son muchos y las atrocidades que
el nuevo orden del mundo les ha traído,
les ha hecho sufrir mucho y experimentar en
demasía los cambios con dolor y lágrimas…
Él, Beneharo, al que algunos tenían
por loco debido a sus calenturas de ánimo
y extremos cambios en el coraje, porque no podía
soportar lo que estaba ocurriendo con su tierra
y sus gentes, no era un trasquilado, sino un
noble guerrero y un rey, y por eso no podría
aparentar ante los demás el más
mínimo temor ni mostrarles cualquier
sombra de sus pensamientos.
Se propuso actuar con la mayor parsimonia posible.
Entró en la cueva y buscó hacer
en un pebetero la última ofrenda, parecida
a las que cuando niño había hecho.
Con una oración que, por tan íntima,
no salía de sus labios, con manos ágiles
juntó las partes iguales del codeso,
conejera, alhelí, margarita, retama blanca,
tajinaste, gramínea y menta. Lo agrupó
todo con hierba pajonera y le prendió
fuego al grupo de vegetales secos que allí
había. La ofrenda no tenía otra
intención, una vez que recibieran en
el cielo aquel olor poderoso y agradable, que
la de ser aceptado por los espíritus.
Sabe que sus antepasados lo esperan.
Fue al encuentro de los hombres. Ayudado de
su pértiga tardó lo mínimo
posible en estar casi a su altura. Sabía
que con aquellos tres podría en un abrir
y cerrar de ojos, pero también sabía
que luego bajarían más y más
tarde otros y luego muchos más para así
poder domeñar y apresar al fin al mencey
Beneharo, y llevarlo maniatado a venderlo de
esclavo en el continente. Eso lo sabía
a ciencia cierta, por los tantos otros que habían
llegado de sus tornaviajes desde Andalucía
con el de Lugo. No permitiría que lo
bautizaran para así salvar la vida. A
él lo había somorgujado en un
baño de agua limpia, recién nacido,
su madrina del alma cuando con aquel ritual
de limpieza se lo había ofrecido a Acorán,
y ya estaba bien de cambiar de dioses. Si Acorán
había decidido dejar el cielo y para
ellos el albur de los nuevos tiempos, sus razones
tendría, y todo eso se lo tendría
que preguntar a la fuerza nada más verlo,
cuando estuvieran frente a frente del otro lado
de la vida.
Primero le dio un fuerte golpe con el canto
de la mano derecha en el cuello del más
joven, aquel que venía sobre él
con los ojos tan asustados. Cuando lo tuvo casi
encima, Beneharo le encajó un golpe seco.
El soldado dejó caer al suelo su venablo
y luego se echó a gritar, pues el cuello
se le había quedado como partido. Al
segundo hombre, le agarró fieramente
por el gaznate y sacó para sí
el contenido de la tráquea, con lo que
perdió el habla, se le nubló la
vista y cayó al suelo como fulminado
en medio de ahogos. Del tercero, le metió
con mucha fuerza la mano, recta y dura como
una flecha, en el centro del pecho, hurgó
en su interior y luego sacó su puño
cerrado. Cuando lo abrió, aún
le palpitaba el corazón en medio de la
palma extendida. Habría querido vengar
en aquellos tres infelices todo el terror acumulado
contra el invasor durante años, hacerles
pagar la deuda de miles de muertes, mutilaciones,
esclavitudes y tantas dolorosas ignominias,
pero comprendía que todo era ya inútil,
tanto el rencor como la lucha. Y los dejó
que cayeran sus cuerpos al suelo como plomos.
Mas cuando aquello pensaba y veía a los
tres derruidos en tierra, oyó grandes
voces que venían desde lo alto. Mirando
contra el sol, aseguró ver que más
de cincuenta sombras brincaban por los matorrales
y pedruscos y venían como locos lanzados
a margullo en su búsqueda y captura.
Pero había decidido no seguir luchando.
Aceptaba lo inevitable y permitía que
su cuerpo se volviera por fin del lado del descanso.
A pesar de la situación, se acercó
con parsimonia, dando de frente unos pasos decididos,
hasta alcanzar la línea más abismal
de aquella altísima pared del barranco.
Un poco antes del impulso final, gritó
con todas las fuerzas de su pecho,
- ¡Guañot, Achamán!
Mientras estaba en lo alto del aire, con las
piernas puestas a horcajadas como si quisiera
subirse a sus lomos, volvió a gritar.
Se detuvo unos segundos galopando sobre los
blancos caballos del viento. Ah, qué
extraña y mágica sensación
experimentaba subido en aquella indómita
grupa hecha con lo que no se ve, pero que mueve
el mundo. Miró hacia los cuatro puntos
cardinales de su tierra. Se balanceó
un poco. Parecería que en realidad el
águila que llevaba dentro lo fuera a
elevar nuevamente por los aires.
Mas su cuerpo empezaba a descender...
Su alma, hecha a la medida de un águila,
en el impulso del grito voló lejos. Y
se dejó llevar por el vuelo agitado y
veloz del animal que llevaba dentro. Ya no sabía
lo que era el tiempo, ni que a este acto sigue
el otro, pues sintió elevarse ingrávido.
Se dejó conducir por el tremendo impulso
de las fuertes alas. Miró hacia los lados
y se asombró el comprobar que en los
extremos, unas pequeñas plumas se movían
casi imperceptiblemente porque le servían
de controladoras del vuelo. En un muy poco tiempo
había avanzado mucho. Vio cómo
debajo de él se elevaba majestuosa la
terrible perra Echeyda, ostentando en su cúspide
un pequeño caperucho blanco. Mañana
habrá viento, se dijo, y quizá
llueva. Toda aquella espina dorsal que se elevaba
como una cresta formando el pináculo
de Echeyda, estaba esperándolo allá
abajo aparentemente dormida, esculpida en lava.
Entre su regazo divino, se alargaba la hermosa
alfombra de tantos verdes que formaban el aceviño,
el mocán, el barbuzano, el madroñero,
el laurel o el pino. Algo más arriba,
a la altura del ancho y largo tórax pétreo,
estaría el ambiente salpicándose
de olores por la vegetación que se ofrece
en un permanente sahumerio compuesto por alhelí,
retama, nepeta, poleo y tajinaste. Si vuela
aún un poco más arriba, a su alma
la embriagará el dulce aroma de la humilde
violeta. En medio de aquel descomunal espacio
de formas petrificadas de lavas, reconoció
a muchos rostros conocidos que le habían
sido tan queridos. Cuando se le aplacó
la respiración, su águila interior
volvió desde el mundo subterráneo
y lávico de los demonios hasta asentarse
de nuevo en el superficial de las emociones
que le gravitaban en el centro del pecho aún
palpitante.
Y se hizo hijo de la fuerza de la tierra que
lo atraía irremisiblemente hasta el suelo.
No oyó el sonido de su cuerpo al rebotar
sobre uno de los salientes y luego seguir bajando
apresurado, dando miles de volteretas sobre
sí mismo. No lo oyó, porque sí
que escuchaba el mágico trinar de miles
de pájaros canarios, de mágicos
colores, que al unísono elevaban sus
cánticos de libertad. Quizá por
eso, Beneharo, al que la historia dio en llamar
a capricho mencey loco, cuando fue visto en
lo hondo del barranco, ostentaba orgulloso entre
sus labios una inocente sonrisa infantil.
Alberto
Omar Walls
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