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Creación Literaria

EL REY QUE QUISO OLVIDAR

Alberto Omar Walls >>

Aunque ningún reloj de la pared de la covacha le pudiera indicar el paso del tiempo, llevaba varias lunas que no sabía dónde estaba. Algunas de las cosas le parecían reconocibles, pero en su interior le nació algo que le mostraba una nueva manera de mirar, como si fuera la primera vez que las observaba. Se mantuvo paralizado en el interior de la cueva. Deduce cuántas veces vio aparecer y ocultarse los encolerizados rayos del sol. La luz se ve bastante allá de él, al fondo, donde está la boca de la gruta, donde se hace pequeña y baja para ocultarse de los ojos traidores.
Durante las noches, dormía. Algún tiempo después de descubrir que estaba allí, comenzó a moverse. No recordaba siquiera que él era capaz de hacer aquello. Movió lo que no confirmaba aún que fueran sus brazos, luego lo que descubriría más tarde que eran sus piernas y, al fin, alargó la cabeza por encima de los hombros. ¡Si había descubierto que se movía, no estaba muerto! El constatar aquel hecho, le proporcionó una pasajera satisfacción, mas la vieja y honda melancolía, que no sabía de dónde llegaba ni cuándo lo podía sorprender, lo volvió a sumir en el olvido.
Nadie lo examinaba por el significado de recordar u olvidar. Mientras empezaba a darse cuenta que allí estaba, presintió que podía estar solo en medio del mundo. Podría ser un ejemplar unicelular aislado del cosmos, o un humilde cangrejo ciego y olvidado en el lecho transparente de un río subterráneo. Junto a la primera impresión, le surgió una especie de temerosa seducción por lo que le rodeaba. Luego, le empezó a rascarle sañuda en el pecho, pero no podría saber aún que eso era una emoción. De haberla reconocido habría descubierto que era amarga como el sabor de la hiel de un animal. Aunque también se le pareció que fuera una sensación muy ácida. Quizá por eso, le vino a la mente el sonido quejumbroso del balido de un baifo. Se le estaban moviendo muchas hebras en el cerebro, y después de ese descubrimiento surgió otro, que era visualizar ante su frente la estampa del animal de cuerpo entero. Esa experiencia visual lo llevó a crearse un conjunto de asociaciones imaginadas de las que aún no podría extraer sus auténticos contornos, pero ahí estaban ya, acechándolo para gritarle sus significados ocultos. Tras ver ante sí la idea y la imagen de un cabrito balando, fabricó ver un rebaño multicolor y abigarrado de cientos de caprinos y, alrededor de ellos, algunos perros y varios hombres vestidos con rudos tamarcos. Pero al fondo del paisaje visionado, aparentemente relajado y en orden, se llegaban presurosos en cámara lenta otros hombres de acero que refulgían en medio del campo, como cuando al agua le incide la luz del día. Un travelling de encuadre majestuoso acompañó golosamente al grupo mientras se enfrentaban. Aquellos seres extraños, en vez de rostros y cabellos al aire portaban cascos de combates y las mismas granadas de mano que otros guerreros llevarían en futuras guerras. Y sin querer saber aún lo que querían decir las imágenes, asistió a la violencia desencadenada del embate de los hombres de acero en el momento de darles muerte a los pastores y luego robar su rebaño. Y aunque eso viera, aún no podía vislumbrar cuál era la auténtica derrota de los hombres creados por Acorán.
Asistir a todo el primer recuerdo, e hilvanarlo en su secuencia lógica, fue agotador. Los dolores de cabeza parecían romperle los ojos, echándoselos para fuera de la calavera. Tan fuerte era el bombear de su energía en lo alto del cuerpo. Supo distinguir la realidad frente a la ficción que le pudiera proporcionar su mente y, como era un gran guerrero, dejó de tensar los músculos y se tornó al olvido. Durmió nuevamente durante tres lunas seguidas. Cuando despertó, supo que ya no lo habitaría el olvido, pues sabía que nuevas imágenes le pedían a gritos apoderase de la memoria.
Una bandada de pájaros cruzó por delante de la boca de la cueva mortuoria de los antepasados. Revolotearon muy cerca y fueron a posarse en grupo sobre las ramas más bajas del pino que estaba a unos treinta pasos. El poder libre de que gozaban los pájaros, le despertaron la curiosidad. Antes no los había observado de aquella manera, sino como cantores simples que alegraban los campos y hacían las veces de esquirlas de los pinos centenarios. Recordó una historia que le había ocurrido cuando niño. Cientos de canarios ribeteados en hermosísimos tonos de verde y pardo, lo rodearon y, como él no entendía sus múltiples trinos agudos, se echó a llorar. Fue cuando su padre lo condujo a dar con el guañameñe, para que le hablara de su futuro y, de camino, le sacara de la cabeza todas aquellas visiones que tanto lo asustaban en sueños. Y para que le aclarara las diferencias entre realidad y ficción.
Cuando el brujo oyó al jefe Serdeto decirle que al niño Beneharo lo rodeaban unos pájaros, se echó a reír de contento, con el descaro típico de las ancianas, pero tranquilizó al mencey comentándole que su hijo estaba llamado a ser un gran guerrero y un hombre sabio, por eso los cantores de vivos colores iban a dar con él para ponerle al tanto de todo lo que sabían y habían visto en otros lugares. Que era niño aún, pero que debería intentar oír con tranquilidad de espíritu las muchas voces de las que se valían para comunicarse los antepasados. En la mente del niño, se quedó la idea de que el viejo adivino se lo complicó todo mucho más.
Sabía que aupado tan arriba de las montañas se encontraba totalmente solo, aunque había vida, porque se lo recordaban los pájaros, el árbol centenario, el enorme farallón rocoso que se perdía en el cielo, y aquel mar que en la lejanía acunaba las grandes telas blancas de las casas de madera de los hombres de acero.
Se volvió de nuevo unos pasos hacia dentro de la gruta y se detuvo ahora en observar su interior. No recordaba haberlos visto antes, pero le estaba siendo fácil reconocer aquellos objetos que se agrupaban alrededor de unas especies de túmulos o navetas de piedras: vasijas, molinos, cerámicas pintadas, muñecos y cuencos para frutas y leche. Sobre las piedras y maderas, había unos fardos envueltos con pieles que semejaban forma humana. Como fuera, aceptó de golpe que de entre aquellas cosas estaba el cuerpo mirlado de su padre, y los de sus otros antepasados a quienes nunca debió haber olvidado. Y si su padre, el sabio Serdeto, a quien acompañó en muchas batallas, aún se hallaba allí, era que él, Beneharo, seguía vivo por algo. Si había permanecido en aquel lóbrego lugar sin saber siquiera cómo llegó, seguro que fue el alma de su padre quien lo había conducido. O fue el infinito poder del cielo, ataman, que lo dispuso para que sus pasos lo llevaran adonde debería empezar a recordarlo todo. O puede que hayan sido los pájaros.
Y recordar ¿para qué?
Sin esperarlo, resonaron en su cabeza, con la potencia de un vozarrón inmisericorde, las palabras de poder dichas el día en que juró recibir como mencey el legado de sus antepasados: Agoñe Yacoron Yñatzagaña Chacoñamet. Había adoptado con aquel mítico juramento el carisma que lo sacralizaba con la importancia de ser mucho más que un simple humano. Si lo había jurado por el hueso de aquel que se había hecho grande, un día tan lejano como las estrellas, o tan poderoso como el sol y la luna juntos, ¿qué estaba él haciendo, al parecer tan alejado de donde debía estar ejerciendo su poder? El no contestarse esa simple pregunta, lo sumió de nuevo en la tristeza.
Volvió los pasos al auchon donde dormían eternamente sus antepasados. Por allí estaban aún los muchos pájaros parloteando entre ellos, elevando hacia ataman unos cánticos tan inocentes, excepcionales y libres en sus modulaciones, que de sus ojos cansados brotaron lágrimas tan saladas como cuando era niño. Oyéndolos cantar, descubría la belleza del momento presente. Aquellos hermosos gorjeos podrían servirle de elevación propiciatoria. Puesto de pie en el borde del acantilado, en profundo silencio interior, decidió que volvería a conectar con el mundo de los muertos. Tras un largo rato de silencio, sintió transportarse con aquellas melodías tan lejanamente que llegó hasta donde se reflejaba el rostro de Autindana, la gran madre fundadora de los linajes donde los nueve menceyatos asentaron su poder. Vio que en aquel rostro, en un principio plácido y sonriente, destilaban de sus lagrimales dos lentos ríos de sangre. Se conmovió nuevamente al comprender la contradicción que le planteaba el encuentro de esa imagen con la suya propia, cuando gozó emocionado por los cánticos momentos antes. Comprender el significado último de aquella visión le dolió mucho, por eso gritó, y tan fuerte lo hizo que algunas piedras medio desprendidas, que se hallaban en lo alto, bajaron en torrentera apresuradas para precipitarse en el vacío. Tuvo el impulso primero de asirse a una de ellas para lanzarse, pero las dejó ir.
En el gesto de echarse para atrás y permitir que las piedras se vaciaran en el abismo, miró hacia el frente y se detuvo a observar que allá al fondo estaba detenido el mar extenso. Sobre la superficie se irisaba lo que podría ser el magec de la diosa sol, símbolo que partía su imagen divina en cientos de brillos. Por aquel hueco de la isla, habían llegado hacía ya demasiado tiempo quienes resultaron ser enemigos de los guanches, los bimbaches, los auaritas, de los majos... Y su memoria le extrajo a la superficie el recuerdo de cuándo los guaiotas, venidos en grandes cabañas desde la parte alta del mar, rompieron el orden divino de sus tierras y gentes. Habían llegado para quebrarles poco a poco su totémico pilar sobre el que sostenían su ancestral mundo. Y ya lo habían conseguido. El propio Acorán sería derribado desde la cima de la cumbre del mítico andamiaje que unía el cielo con los astros y, en su lugar, pondrían a otro poderoso dios venido de fuera, que los castigaría a través de sus brujos y sacerdotes. Acorán había creado para ellos, en tiempos inmemoriales, el agua y la tierra y todo lo que existía, y él también fue quien garantizó por siempre la continuidad del mundo. Pero todos los habitantes de las islas decían que las estrellas y los astros desaparecerían, y que alguna razón tendría quien todo lo había creado para que esa tragedia sucediera.
El guerrero no podía comprenderlo. No aceptaba que todo tocara a su fin, y por eso el alma se le iba del lado del olvido. ¿Pero cómo luchar contra las granadas, los lanzallamas, los misiles, las armas bacterológicas, las de destrucción masiva…? Por unos segundos, su mente tan especial que atrajera desde niño a los pájaros cantores y que al viejo guañameñe le hiciera pronosticar que sería un hombre sabio, voló hasta llegar al territorio de la memoria colectiva, para así columbrarse por encima de los siglos y, en ese proceso instantáneo, pudo descubrir que todas sus batallas perdidas, mínimas y ocultas de un archipiélago anclado a un lado de la costa africana, era sólo la misma batalla de siempre, en la que sucumbían los débiles a manos de los más fuertes. Que nunca habría ya más dolor ni compasión para compartir con el que sufre. Tampoco hubiese podido saber que ese inmenso mar se había aliado con la necesidad de la comunicación y el diálogo, a través de sus mareas y los vientos que lo peinan desde siempre. Aunque sólo se da entre iguales, nunca cuando se busca el dominio sobre otros. Pero eso es exigirle a Beneharo que comprenda el significado profundo de aquello que apenas intuye.
Habían luchado hasta perder todo aquello que una vez había valido la pena recordar. Más allá de las fuerzas y la conciencia de sí, la desconfianza los tenía devorados por dentro. Habían visto desaparecer miles de vidas jóvenes, y nada más quedaría por hacer, salvo que se cumplieran las predicciones, y los europeos los aniquilaran para quedarse con las tierras de sus antepasados. ¿Y quienes los culparía de sus tropelías y desaciertos? ¿Y si se los hallaba culpables, quién los castigaría? Él habría recurrido en otro tiempo a los demonios que yacen en lo profundo de Echeyda, ¿pero por dónde empezarían su venganza los demonios? ¿Lo harían antes contra los cristianos?, ¿o contra los propios hijos de la tierra que acobardados dejaron entrar en sus corazones la codicia y el temor? ¿Y quién podría culparlos de que quisieran salvar sus vidas?
Deseaba conocer la razón última que movía a sus antepasados a permitir lo que él mismo venía viviendo desde hacía más de treinta años. El no comprender las argucias de ese nuevo mundo, lo trastornaba. Lo habían dicho hacía mucho atrás algunas harimaguadas y guañameñes, también oyó decir que lo contaban ciertos yones, echeydes y aguamujes, de que vendrían sobre grandes casas de madera, de que estaba escrito en el techo del tiempo, y que todo se cambiaría como el día a la noche. Pero no proporcionaron más explicaciones, por eso pensaron que era mejor dudar de las voces del miedo.
Hiciera lo que hiciese, parecía que estaba trazado y Acorán lo quería así. En ese punto de lo inevitable, se acababan las negociaciones y las ofrendas. Podría luchar hasta morir, ¿pero por qué Dios lo había condenado a asistir a la destrucción de sus gentes? De las otras islas llegaban voces que hablaban de los muertos, de los muchos tomados por la fuerzas y de los tantos desriscados, por propia voluntad, antes de llegar a caer esclavos de los cristianos y doblegarse a su bautismo.
Con tristeza recordó de cuándo el hermano del gran mencey Bencomo, Himenchia, se le llegó a pedir la mano de su hija Guacimara, y como él, Beneharo, queriéndolos juntar para unir más las fuerzas que en la isla ya se estaban descomponiendo, no sólo al separarse el sur del norte como el haber perdido tantos guerreros, le prometió que fundaría con ellos matrimonio y descendencia digna de guerreros. Fue uno de los días más aciagos de su vida, pues Guacimara repudió a Himenchia por haber dado antes compromiso de unión con Ruimán. ¿Dónde quedaba su autoridad de rey y padre? ¿Qué iba a ocurrir con su pueblo y todos los guanches, si la fortaleza de sus debilitados ánimos dependía del capricho de una hija? ¿Cómo es que los más jóvenes no veían dónde estaba el peligro y buscaban manera eficaz de remediarlo con sus sacrificios? ¡Tanto estaban cambiando las costumbres junto a los acontecimientos! Aquel día no tuvo tiempo de pararse a comprender las razones de Guacimara, por lo que la contrariedad lo sorprendió sin desearlo y su desatada energía interior le subió brutal hasta lo más alto de la cabeza. Tenía sangre de guerrero, y su cuerpo se había acostumbrado durante años a responder con furia cuando su dueño se sentía atacado. Montó en cólera, gritó, pegó a quien se le puso por delante para domesticarle su iracundia, y rompió con sus propias manos todos los objetos que se le ponían al paso… Algunos que lo vieron dar alaridos, y romper tantas cosas, impelido por la cólera e impotencia, opinaron que ese habría sido el mejor momento de batirse en duelo cruento contra el extranjero enemigo, porque así aliviaría la fuerza de la tragedia que le mordisqueaba el pecho, y, de paso, quizá ellos bajarían en número, que muchos aún había. Pero sólo estaban en el poblado aquellos pocos ancianos tristes, varios perros aviesos, y apenas unos veinte niños, quienes lo miraron sorprendidos con los ojos muy abiertos. Recuerda ya la imagen borrosa del viejo guañameñe, quien, por tranquilizarlo, le ofreció de beber del fermento de la mezcla de unas hierbas con la savia del árbol sagrado. Bebió sin parar durante tres lunas, al cabo de las cuales cayó en un profundo sopor con el que se durmió durante siete soles seguidos. Cuando volvió en sí, dijo que había estado en lo más hondo de Echeyda, en el territorio de Guayota, y que allí había sufrido grandes males y sobre todo que había visto el terrible futuro de sus gentes y de todos los que habían nacido en las otras islas.
¿Qué había ocurrido en verdad con el mundo y su pueblo? Las gentes que vienen por el mar saben penetrar lentamente, para asegurar sus intereses. Por eso siempre tuvimos temor a ese abismo de agua. Durante años se sucedieron los continuos enfrentamientos con los venidos desde donde se juntan mar y cielo, hasta que no fue posible ya ningún tipo de convivencia pacífica. Porque ellos tenían un claro objetivo de dominio, y siempre había encuentros que lamentar, Quizá se precipitaron los acontecimientos al crearse aquel extraño triángulo guerrero entre el mencey Bencomo de Taoro, el mencey Acaimo de Güimar y Alonso de Lugo, el ambicioso jefe de las huestes europeas. Divididos el norte y el sur, la alianza sagrada de los cinco bandos guerreros dio sus frutos, pues tras la gran batalla se creyó que podríamos reunificar las fuerzas y robustecer la confianza de nuestras gentes. Mas los hombres de hierro, con sus caballos, bombas de mano, ametralladoras y proyectiles, los morteros de los buques y la artillería pesada, volvieron pronto a caer sobre nuestros cuerpos medio desnudos. Se centuplicaban y aparecían por todas partes, empezando a reconocer tanto como nosotros los viejos terrenos y veredas. Por demás que fueron obstinados hombres, terribles soldados, y crueles ejecutores de las ordenanzas recibidas por sus despóticos caudillos. Todo el arsenal lo guardaban en sus establecimientos de la alta mar, donde se almacenaban las eternas armas. ¿Qué podríamos hacer contra los cañones antitanques, morteros, ballestas, culebrinas, lanzallamas, metralladoras y cientos de catapultas, si no teníamos siquiera unas espingardas y nuestras piedras y palos sólo las podían impulsar nuestras fuerzas interiores? ¡Ni siquiera teníamos una ballesta por hombre, o un dardo, venablo o tragacete, y tampoco nuestra condición guerrera había sido tanta como para haber ideado un bumerang, cerbatana o arco con saeta! Pero éramos astutos con las hondas, pues arrostrábamos gran cúmulo de embates, y con tanto arte las maniobrábamos que en esa habilidad nos fue ganarles más de una vez. Pero nunca era suficiente. ¿A qué fin combatir con nuestros tamarcos y arpilleras, si ellos portaban corazas, quijotes, tarjas, manoplas, adargas, cascos y celadas? ¿Y qué decir de aquellos lindos animales sobre los que se asentaban sus jefes? ¿Y qué pensar de la tan alta nobleza del caballo, sólo comparable con la de un hombre santo?
Los pájaros llamaron su atención con los alborotados trinos, haciéndolo volver de su ensimismamiento de siglos. Al sentirse en el aquí y ahora, vio de reconocer con la nueva mirada el entorno y volvió el rostro a lo alto del farallón. A lo lejos, allá arriba, columbrados sobre un picacho del gran cerro, divisó a unos hombres extraños bien pertrechados sus cuerpos con los pechos y lanzas de hierro. Avezado en la lucha, comprobó en un solo golpe de vista que, por venir corriendo, estaban agitados. Mas no lo sería mucho, a lo sumo lo aprisa que les permitía lo enriscado del terreno. Comprendió entonces que si era tanto el ajetreo es que venían de lejos. Llegaban a buscarlo y no serían esos solos. Intentaban acercársele por el atajo del sur. Sabe que conocen ya todas las veredas y dentro de poco se andarán esta tierra como si la conocieran de siempre. También descubre en su interior la certeza de que no será esclavo de nadie, ni abandonará jamás la fe ciega que, a pesar de todo, siempre tuvo en Acorán. A nadie va a dejarle encargado su cadáver para que lo velen, le cumplan con el proceso de mirlado y lo acompañe para que ilumine la mente del nuevo mencey que quizá le podría seguir en la estirpe.
Sobre todo sabe que pronto se acabará el mundo.
Cuando le da la orden de andar a su cuerpo, ya está pensando qué decirle cuando vea del otro lado a su padre, el gran Serdeto. Tendrá que explicarles, tanto a él como a sus antepasados, la verdad. En cuanto los vea, no podrá sólo contarles de que los rebaños de las contadas cabras se hallan ocultos en cuevas estratégicas, ni que los aguerridos sigoñes están en igual situación con las mujeres y niños, ni que los más jóvenes son apresados y vendidos como animales, ni que sus ancestrales costumbres han sido pisoteadas y comienzan a borrarse de las memorias, que el Dios Acorán, creador del agua y la tierra está siendo sustituido por otro que le dicen mayor y con más virtudes que él, aunque, al parecer, también fue quien creó los océanos, el cielo, las estrellas, los demonios y a los hombres sobre las tierras… Les dirá que si antes se luchaba cuerpo a cuerpo y, llegado el momento, se podía ser magnánimo con el enemigo, o cruel, según fueran las circunstancias, que ya se ha impuesto una nueva manera de batallar, fundándose en las estrategias basadas en la astucia, el engaño, el dividir para vencer, la crueldad, vejación y desdén contra el ser que el mismo Acorán creó… Y les susurrará que sus gentes han cambiado, que están casi irreconocibles, porque los miedos son muchos y las atrocidades que el nuevo orden del mundo les ha traído, les ha hecho sufrir mucho y experimentar en demasía los cambios con dolor y lágrimas…
Él, Beneharo, al que algunos tenían por loco debido a sus calenturas de ánimo y extremos cambios en el coraje, porque no podía soportar lo que estaba ocurriendo con su tierra y sus gentes, no era un trasquilado, sino un noble guerrero y un rey, y por eso no podría aparentar ante los demás el más mínimo temor ni mostrarles cualquier sombra de sus pensamientos.
Se propuso actuar con la mayor parsimonia posible.
Entró en la cueva y buscó hacer en un pebetero la última ofrenda, parecida a las que cuando niño había hecho. Con una oración que, por tan íntima, no salía de sus labios, con manos ágiles juntó las partes iguales del codeso, conejera, alhelí, margarita, retama blanca, tajinaste, gramínea y menta. Lo agrupó todo con hierba pajonera y le prendió fuego al grupo de vegetales secos que allí había. La ofrenda no tenía otra intención, una vez que recibieran en el cielo aquel olor poderoso y agradable, que la de ser aceptado por los espíritus. Sabe que sus antepasados lo esperan.
Fue al encuentro de los hombres. Ayudado de su pértiga tardó lo mínimo posible en estar casi a su altura. Sabía que con aquellos tres podría en un abrir y cerrar de ojos, pero también sabía que luego bajarían más y más tarde otros y luego muchos más para así poder domeñar y apresar al fin al mencey Beneharo, y llevarlo maniatado a venderlo de esclavo en el continente. Eso lo sabía a ciencia cierta, por los tantos otros que habían llegado de sus tornaviajes desde Andalucía con el de Lugo. No permitiría que lo bautizaran para así salvar la vida. A él lo había somorgujado en un baño de agua limpia, recién nacido, su madrina del alma cuando con aquel ritual de limpieza se lo había ofrecido a Acorán, y ya estaba bien de cambiar de dioses. Si Acorán había decidido dejar el cielo y para ellos el albur de los nuevos tiempos, sus razones tendría, y todo eso se lo tendría que preguntar a la fuerza nada más verlo, cuando estuvieran frente a frente del otro lado de la vida.
Primero le dio un fuerte golpe con el canto de la mano derecha en el cuello del más joven, aquel que venía sobre él con los ojos tan asustados. Cuando lo tuvo casi encima, Beneharo le encajó un golpe seco. El soldado dejó caer al suelo su venablo y luego se echó a gritar, pues el cuello se le había quedado como partido. Al segundo hombre, le agarró fieramente por el gaznate y sacó para sí el contenido de la tráquea, con lo que perdió el habla, se le nubló la vista y cayó al suelo como fulminado en medio de ahogos. Del tercero, le metió con mucha fuerza la mano, recta y dura como una flecha, en el centro del pecho, hurgó en su interior y luego sacó su puño cerrado. Cuando lo abrió, aún le palpitaba el corazón en medio de la palma extendida. Habría querido vengar en aquellos tres infelices todo el terror acumulado contra el invasor durante años, hacerles pagar la deuda de miles de muertes, mutilaciones, esclavitudes y tantas dolorosas ignominias, pero comprendía que todo era ya inútil, tanto el rencor como la lucha. Y los dejó que cayeran sus cuerpos al suelo como plomos. Mas cuando aquello pensaba y veía a los tres derruidos en tierra, oyó grandes voces que venían desde lo alto. Mirando contra el sol, aseguró ver que más de cincuenta sombras brincaban por los matorrales y pedruscos y venían como locos lanzados a margullo en su búsqueda y captura. Pero había decidido no seguir luchando. Aceptaba lo inevitable y permitía que su cuerpo se volviera por fin del lado del descanso.
A pesar de la situación, se acercó con parsimonia, dando de frente unos pasos decididos, hasta alcanzar la línea más abismal de aquella altísima pared del barranco.
Un poco antes del impulso final, gritó con todas las fuerzas de su pecho,
- ¡Guañot, Achamán!

Mientras estaba en lo alto del aire, con las piernas puestas a horcajadas como si quisiera subirse a sus lomos, volvió a gritar. Se detuvo unos segundos galopando sobre los blancos caballos del viento. Ah, qué extraña y mágica sensación experimentaba subido en aquella indómita grupa hecha con lo que no se ve, pero que mueve el mundo. Miró hacia los cuatro puntos cardinales de su tierra. Se balanceó un poco. Parecería que en realidad el águila que llevaba dentro lo fuera a elevar nuevamente por los aires.
Mas su cuerpo empezaba a descender...
Su alma, hecha a la medida de un águila, en el impulso del grito voló lejos. Y se dejó llevar por el vuelo agitado y veloz del animal que llevaba dentro. Ya no sabía lo que era el tiempo, ni que a este acto sigue el otro, pues sintió elevarse ingrávido. Se dejó conducir por el tremendo impulso de las fuertes alas. Miró hacia los lados y se asombró el comprobar que en los extremos, unas pequeñas plumas se movían casi imperceptiblemente porque le servían de controladoras del vuelo. En un muy poco tiempo había avanzado mucho. Vio cómo debajo de él se elevaba majestuosa la terrible perra Echeyda, ostentando en su cúspide un pequeño caperucho blanco. Mañana habrá viento, se dijo, y quizá llueva. Toda aquella espina dorsal que se elevaba como una cresta formando el pináculo de Echeyda, estaba esperándolo allá abajo aparentemente dormida, esculpida en lava. Entre su regazo divino, se alargaba la hermosa alfombra de tantos verdes que formaban el aceviño, el mocán, el barbuzano, el madroñero, el laurel o el pino. Algo más arriba, a la altura del ancho y largo tórax pétreo, estaría el ambiente salpicándose de olores por la vegetación que se ofrece en un permanente sahumerio compuesto por alhelí, retama, nepeta, poleo y tajinaste. Si vuela aún un poco más arriba, a su alma la embriagará el dulce aroma de la humilde violeta. En medio de aquel descomunal espacio de formas petrificadas de lavas, reconoció a muchos rostros conocidos que le habían sido tan queridos. Cuando se le aplacó la respiración, su águila interior volvió desde el mundo subterráneo y lávico de los demonios hasta asentarse de nuevo en el superficial de las emociones que le gravitaban en el centro del pecho aún palpitante.
Y se hizo hijo de la fuerza de la tierra que lo atraía irremisiblemente hasta el suelo. No oyó el sonido de su cuerpo al rebotar sobre uno de los salientes y luego seguir bajando apresurado, dando miles de volteretas sobre sí mismo. No lo oyó, porque sí que escuchaba el mágico trinar de miles de pájaros canarios, de mágicos colores, que al unísono elevaban sus cánticos de libertad. Quizá por eso, Beneharo, al que la historia dio en llamar a capricho mencey loco, cuando fue visto en lo hondo del barranco, ostentaba orgulloso entre sus labios una inocente sonrisa infantil.

Alberto Omar Walls >>


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