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Creación Literaria

Engaño a dos bandas

Me lo contó una amiga, Doris, hace muchos años, y ella no podía saber en aquel tiempo que yo también iba a estar relacionada con él.

Cuando me narró lo sucedido, Doris estaba verdaderamente indignada por lo que había pasado casi un lustro atrás y todavía no había logrado reponerse de aquella traición.

Según ella recordaba, conocía a Luis de vista casi desde la infancia, pues habían acudido algunos años al mismo colegio. Después, habían vuelto a encontrarse en el instituto, y ella había observado que él la miraba con interés, con admiración…

Luis era un muchacho de aspecto insignificante, no era guapo ni alto ni musculoso ni físicamente atractivo, pero su voz era dulce y sus modales resultaban atrayentes y acogedores, pues trataba a las chicas como si fuesen diosas a las que siempre se debía alabar y agradar para que no se ofendiesen. ¿Y quién se resistiría a hacer de diosa por un tiempo…, con lo beneficioso que resultaba para elevar la autoestima? Doris, no, desde luego.

Pero todo aquello era sólo un puro tonteo, o al menos así lo veía Doris, de modo que no se tomó en serio la adoración de que era objeto por parte de Luis. Hasta que ambos sobrepasaron la veintena y Luis empezó a proponerle citas… Un paseo, una película, un café, una merienda, un almuerzo, una cena…, poco a poco Luis conseguía pasar más tiempo con Doris, quien no parecía mostrar demasiado interés, sino solamente se dejaba querer.

La joven era muy atractiva. Las grandes ondas de su cabello negrísimo, casi azulado, adornaban su rostro moreno, que formaba un óvalo perfecto. Los ojos negros y brillantes destacaban como dos brasas que encendían la pasión amorosa. La nariz, respingona y pequeña, le daba un aspecto infantil que contrastaba con los labios gordezuelos y sensuales, de marcada coloración granate, que se abrían a veces en una seductora sonrisa de dientes perfectos. Su esbeltez y su bello cuerpo sinuoso aumentaban su atractivo. En suma, parecía una diosa de alguna oscura religión ancestral.

Una costumbre suya contribuyó a crear en torno a ella un halo de misterio. Doris siempre llevaba guantes. En realidad lo hacía porque sentía frío, debido probablemente a su cuerpo delgado y a sus manos largas, pero nadie parecía darse cuenta de ello y todos preferían pensar que bajo los guantes se ocultaba algún secreto, quizá inconfesable…, o alguna enfermedad hereditaria e inmoral...

Cuando sus citas con Luis comenzaron a menudear, Angustias, una vecina de Doris, empezó a frecuentar la casa de esta hasta hacerse casi omnipresente. Iba a visitarla a diario e insistía en acompañarla, incluso en las ocasiones en que veía a Luis…, ¿o especialmente en estas? Doris no recordaba bien si en aquel preciso momento se había formulado esta pregunta o si era una reflexión posterior motivada por todo lo que había pasado más tarde.

Una noche en que Doris y Luis habían salido a bailar a una discoteca, sin que faltase su carabina, se encontraron casualmente con el hermano de esta, Óscar, muy diferente de Angustias, tanto en su carácter abierto y franco, eso al menos creía Doris por aquella época, como en su aspecto. Óscar era un joven muy apuesto, de gran belleza en los armoniosos rasgos morenos de su rostro varonil y en su cuerpo bien modelado, de cintura y caderas estrechas y lisas; espalda, torso y hombros fuertes y musculosos.

Angustias, en cambio, sin llegar a ser fea, pues nadie lo es de un modo absoluto, tenía un rostro poco agraciado, la boca demasiado grande, los ojos pequeños y muy juntos, la barbilla casi inexistente y la voz desapacible. Probablemente podría mejorar si se dedicase a ello con ahínco, si se esforzase por disimular sus fallos y fomentar sus cualidades, pero prefería quejarse de su mala suerte y afilar en secreto las punzantes armas del rencor y de la astucia.

Óscar pronto desarrolló la misma omnipresencia que su hermana en las citas de Doris y Luis. Aquello parecía cosa de familia, pensaba Doris, sorprendida y quizá algo irritada por aquella intromisión. Mas pronto cambió de opinión. Óscar, el apuesto y deseado Óscar, comenzó a interesarse por ella, a bailar, a hablar con Doris, a visitarla ¡sin su hermana Angustias! La joven se sintió halagada. Óscar era un muchacho muy codiciado y ahora mostraba su interés por ella. Cualquier mujer se sentiría afortunada. Doris era más hermosa e inteligente que la mayoría de estas féminas, pero le agradaba ver a sus pies, rendido, al deseado conquistador. Descuidó, pues, envanecida por este éxito, su antigua relación con Luis, aunque los cuatro siguieron saliendo juntos a bailar, a cenar…, a divertirse, en suma.

Un día de Navidad, de sobremesa, Angustias visitó a Doris para comunicarle que iba a casarse con Luis. Ella estaba embarazada de dos meses y antes de que se notase su estado, iban a legalizar su relación, le dijo. A Doris le sorprendió la noticia. No esperaba que Luis, que la había adorado siempre, fuese tan voluble; con este pensamiento cruzó por su mente como un relámpago la imagen del sacerdote que deja de ofrecer su sacrificio en un suntuoso altar de oro para hacerlo en una ruinosa ara de piedra…, donde se le acepta de buen grado… Sin embargo, no estaba dolida, Luis no le interesaba como hombre, era sólo alguien a quien Doris llevaba de comparsa, muy cómodamente, para no sentirse sola y saber que un corazón cercano latía por ella.

La noche del 31 de diciembre, Doris tenía previsto salir con Óscar. La visita que él le hizo aquella tarde la dejó destrozada, aunque al principio, a su llegada, se alegró de verlo. Compungido y con el aspecto de un niño al que han cogido en una fechoría, Óscar le transmitió la imposibilidad de continuar su relación ante la negativa de su obstinada madre, que le había buscado una novia más conveniente, una prima suya a la que no podía rechazar. Por supuesto, tampoco le era posible contrariar a su preocupada madre. Doris se quedó sola, aunque no por mucho tiempo, porque la belleza y la inteligencia son buenos imanes para hallar compañía.

Poco a poco, de frases y palabras oídas como por descuido aquí y allí, Doris fue atando cabos. La aparición de Angustias y de Óscar en su vida había sido, según pudo comprender, una magnífica representación, una perfecta actuación hecha en honor suyo con el fin de distraerla y poder robarle a Luis, con la misma delicadeza con que un hábil carterista, empleando sólo el índice y el pulgar, sustrae una cartera de un recóndito bolsillo. Supo también que Óscar mantenía una relación con su prima-novia desde bastante tiempo antes de la eficaz puesta en escena y dedujo que todo el interés mostrado por ella no era sino mentira y fingimiento para apartar su atención de Luis.

Hace unos años me encontré por casualidad con Óscar. Había envejecido bastante en las dos décadas transcurridas desde que yo le rechacé. Había sido un donjuán incorregible cuyo desmedido afán por pavonearse y conquistar a todas las mujeres posibles le había llevado a entrar en contacto conmigo unos meses después de que yo hubiese tenido la oportunidad de oír de labios de Doris tan singular historia. Seguía con su prima-novia de siempre, con la que acabó casándose, casi obligado por su madre con toda probabilidad.

Se sorprendió de verme, como si yo fuese una mancha en su impecable expediente de casanova moderno, y entre los dos tuvo lugar una breve conversación.

—Te encuentro maravillosa. No pasan los años para ti. ¡Estás igual!

—Gracias –contesté lacónicamente.

—Tenemos que quedar un día para tomar algo..., yo te invito. ¡Sigues tan guapa como siempre! –repitió.

—¡Y tú sigues siendo un donjuán! –le reproché, arqueando la ceja izquierda.

—Pero ¿cómo puede ser que no hayas envejecido nada? Fíjate en mí...–insistió.

Lo observé con atención. Efectivamente, había engordado y una incipiente barriga asomaba sobre su cinturón, las ojeras y las arrugas eran ya bien visibles en su antaño bello rostro, y su cabello había encanecido hasta tornarse de un color gris bastante uniforme.

—Es que siempre he hecho lo que yo he querido –le respondí, dando un marcado énfasis al pronombre “yo”, con cierto gustillo de venganza atrasada por lo que le había hecho a mi amiga Doris.

Marisol Llano Azcárate


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