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Creación Literaria

La leona herida

La leona herida apoya su mandíbula rota sobre la cabeza del ñu muerto. Ha liderado la manada para la caza y se ha llevado la peor parte: una coz del ñu le ha roto la mandíbula. Ya no podrá comer y morirá de inanición – recitaba la voz grave y bien modulada del locutor.

La dolorosa imagen de la leona líder, vencida por su víctima, ocupaba casi toda la pantalla y Egeria pudo comprender su impotencia, lo que el animal salvaje sentía después de haber sido capaz de dirigir al grupo durante la caza, tomando ella la iniciativa, atacando la primera…, hasta lograr su objetivo. Y una vez conseguido, ella no podía disfrutar del festín… Un torrente de piedad por la leona herida hizo aflorar las lágrimas a los negros ojos de la ejecutiva. Y de repente, Egeria se sintió arrastrada hacia un mundo ignoto…

Al paso de la hechicera se apartaron los buitres acechantes, huyeron las hienas que rondaban aguardando su turno en el banquete, se alejó la manada de leones que devoraba el ñu. Sólo la leona herida permaneció en su lugar, con la inerte mandíbula apoyada en la cabeza de su víctima. Sus ojos brillantes miraban con curiosidad a la hechicera, ataviada con una piel de león curtida que conservaba la imponente cabeza del animal. La encantadora llevaba el formidable despojo leonino airosamente terciado sobre un hombro. El olor a león macho que emanaba de esta mágica indumentaria había provocado la huida de todos los animales circundantes.

La leona apenas quiso rugir. La hechicera pasó su mano derecha con delicadeza bajo la mandíbula inferior de la felina, vertió en su boca un agua grisácea que guardaba en un pequeño odre y se dispuso a curarla.

Egeria se despertó a oscuras en su cama, sintió a su lado la respiración de otro ser y se extrañó, pues no recordaba haber invitado a dormir a ninguno de sus amantes. Al contrario, guardaba confusos recuerdos de la noche anterior: la vegetación baja de la sabana, una rústica cabaña construida con hierbas y barro, una piel de león macho… Entonces una gran lengua áspera, húmeda y rasposa como un estropajo de lija, le dio un lametón en la frente y simultáneamente le llegó la vaharada de un aliento pútrido… Desde luego, ninguno de sus amantes olería así jamás…

Solía dormir en absoluta oscuridad, tanteó y encendió la lámpara de la mesilla de noche y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar: su acompañante nocturna era una leona adulta ¡con la mandíbula entablillada!, que bien podría pesar 150 kilos… Pasada la sorpresa inicial, Egeria observó que la felina parecía tener un talante amistoso. Inmediatamente pensó que si la leona podía lamer también podría beber leche, caldo y agua. Le cocinaría un caldo de carne, incluso probaría a darle un puré poco espeso. Observó con detenimiento la boca del animal, hábilmente inmovilizada…, y pasó por su memoria la fugaz imagen de la leona herida. No podía haber hecho ella la cura… No era capaz de recordar qué había sucedido la noche anterior. Su última impresión era que estaba cómodamente tendida en su sofá nuevo viendo en el televisor de la salita un documental acerca de los hábitos de caza de los grandes depredadores… Egeria se preguntaba cómo había llegado hasta allí aquel hermoso y salvaje animal, y quién le había inspirado confianza suficiente como para que se dejase curar, pues tenía la mandíbula hábilmente asegurada con vendajes y resistentes fragmentos de ramas… Egeria desconocía por completo cómo se hacía algo así, ni siquiera sabía colocar un torniquete y era muy torpe con las manos. Sus habilidades eran puramente intelectuales, no había destacado nunca por su destreza manual.

Recordó que en la nevera había leche y otros productos lácteos, y también en la despensa. La leona quizá tendría hambre, pensó Egeria. Le prepararía un gran cuenco de leche enriquecida con nata líquida. Después iría a hacer una buena compra para elaborar un suculento y nutritivo caldo de carne y un puré. Tenía una picadora capaz de pulverizar las fibras de la carne, mezcladas con caldo, hasta obtener una pasta que la leona pudiese lamer sin dificultad.

Cuando el animal comenzó a beber la leche, empleando su lengua como cuchara, Egeria pensó en su propio desayuno: un cacao caliente y unas galletas integrales le vendrían bien para reponer fuerzas. Se sentía agotada y le dolían los músculos de los muslos y de las pantorrillas, como si hubiese recorrido a pie varios kilómetros, aunque no recordaba haberlo hecho. Observó la piel bajo sus rodillas, habitualmente tersa, bien hidratada y depilada, pero hoy enrojecida y ligeramente arañada, como si las hierbas secas la hubiesen golpeado repetidamente… La presencia del animal, inexplicable para Egeria, significaba que había una importante laguna en sus recuerdos de la noche última. En otro momento reflexionaría sobre ello. Ahora quería pensar en el futuro y decidir qué iba a hacer con la leona.

Quizá sería conveniente ponerse en contacto con algún zoo donde estaría mejor cuidada que en su casa y dispondría de más espacio, o bien podría intentar devolverla a su hábitat original…, aunque no sabía muy bien cuál era este. Siempre existía la posibilidad de llamar a la cadena de televisión que emitía aquel reportaje y preguntarles dónde había sido rodado, pues ella no lo recordaba… Claro que no tenía intención de revelarles la extraña historia en que se veía envuelta… De todos modos, quizá lo más conveniente, pensó por último, fuese conservar a la leona con ella…, pues de alguna forma sentía que sus destinos se habían unido para siempre cuando, en un instante, la imagen del animal herido le recordó sus propias vivencias y la olvidada necesidad ancestral de estar en comunión con la naturaleza.

Egeria vivía en un bonito y cómodo chalecito situado en una tranquila zona residencial. En el jardín que rodeaba la casa, la leona podía sentirse a gusto. Egeria decidió que, antes de permitir la salida del animal al jardín, debería colocar verjas más altas y cubrir estas con frondosas buganvillas o madreselvas olorosas para ocultar su extravagante mascota a indiscretas miradas exteriores… Por lo demás, no le parecía difícil acostumbrar a la felina a utilizar una zona determinada, la más alejada de la vivienda, de tierra convenientemente cubierta con arena, como servicio… Los gatos eran extremadamente limpios, según ella había oído en repetidas ocasiones a Pilar, una amiga suya que había adoptado varios gatitos, y su leona era, sencillamente, una gata mucho más grande de lo habitual… Pilar afirmaba que lo único que diferenciaba a los distintos felinos era el tamaño, pues los gatos domésticos no habían perdido ni un ápice de su instinto atávico ni de su naturaleza salvaje, y si se comportaban mansamente era porque no necesitaban cazar ya que el alimento les era servido por sus amos con sólo reclamarlo emitiendo suaves maullidos.

Sabía que la leona necesitaría mucha carne para alimentarse, pero eso no la preocupaba en exceso. El dinero no suponía un problema para Egeria: su lujoso coche estaba totalmente pagado y la hipoteca del chalecito, a punto de expirar; desde hacía quince años contaba con altos ingresos por su cargo de directora provincial de una importante empresa aseguradora, con un elevado capital y una sólida reputación. Y había hecho algunas inversiones en bolsa, tan inteligentemente calculadas que, a pesar de las fluctuaciones de los últimos tiempos, seguían proporcionándole beneficios. Incluso moralmente podía permitirse el lujo de alimentar a la leona, pensó, sin sentirse culpable por ello, pues recordó sus desinteresadas aportaciones periódicas a entidades como Cruz Roja, Médicos del Mundo, Médicos sin Fronteras e Intermón.

Lo más urgente ahora era proporcionar la nutrición necesaria al hermoso animal para lograr su pronta recuperación y, anotó Egeria mentalmente, también debía localizar a un discreto veterinario de confianza que atendiese a domicilio.

Marisol Llano Azcárate


Inscripciones y comunicaciones: info@lacasaquegrita.org

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