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Creación Literaria

EL ELEGIDO

Yo estaba en aquel tiempo

en una posición, digamos, desahogada,

ajeno a las incertidumbres de los deberes cotidianos

y más bien encaramado en un futuro

que presentía aún más prometedor.

Quiero decir con esto, que mis partes sensibles

dormían o por lo menos pensaban con los ojos cerrados

que es tanto como decir que estaban hibernando.

El latido del mundo, desde mi posición, era estable y pausado:

los hombres eran hombres, las mujeres, mujeres

y, después, estaban las otras especies.

Todo tenía, por tanto, su razón, su motivo,

y los hechos se sucedían de una manera lógica:

si llovía era porque tenía que llover

y si en algún sitio las cosas no funcionaban como Dios manda

era por improvisación o por simple indolencia.

Además, la voluntad divina inescrutable ponía pruebas

a veces muy difíciles y ella sabía por qué.

Yo me encontraba definitivamente entre los elegidos

y cumplía la misión que se me había encomendado

sin quejarme, sin bulla, sin estar todo el tiempo protestando.

Recuerdo que una vez, estando en un lugar paradisíaco

disfrutando de un merecido descanso de aquella actividad

tan febril que llevaba, se empezó a mover todo,

y la gente corría despavorida y a muchos se los tragó la tierra.

Pero como yo era de los elegidos seguí tan tranquilo allí tumbado

en la solana de aquel hotel hecho a prueba de terremotos

porque sabía positivamente que nada podría ocurrirme.

Pasara lo que pasara, a mí no me iba a ocurrir nada

y por eso miraba tan tranquilo el dantesco espectáculo.

En otra ocasión, estando en tierra infiel por cosas del negocio,

se declaró de pronto una revuelta que nadie podía parar en apariencia

y no siendo posible hallar una salida honorable y pactada

yo decidí que estando como estaba entre los elegidos

en realidad era mi alma la que tenía que resolver aquello.

Me agencié una pancarta y con ropa adecuada,

haciendo uso de mi buen oído,

empecé a gritar lo mismo que aquella turba incontrolada

y a caminar en la misma dirección que ellos.

Sabía que nada tenía que perder en aquel trance

porque si de algo estaba seguro era de que a los elegidos

no hay prueba que se les resista por difícil que sea.

Inédito.
JOSÉ MIGUEL JUNCO EZQUERRA >>


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