|
Creación Literaria
mojado…llueve sobre mojado…llueve
sobre mojado…cuento sobre novela…llueve
sobre mojado… llueve sobre
Una día en la
vida de Josef Vissarionovich o el realismo histórico
de Isabel del Río
“Monarca Rojo” de
Yuri Krotkov, 1979. La novela incluye escenas
de la vida de Stalin, algunas más especuladas
que otras. La colección de estampas es
producto de varios años, pero aquí
hacemos un resumen de un solo día en
la vida de Josef Vissarionovich: mañana,
tarde y noche.
Josef Vissarionovich no es un títere
sin cabeza ni un campesino. Es el líder
supremo del movimiento proletario o el Presidente
de la URSS o el dictador soviético o
el hombre de acero. A la hora del desayuno Beria
le hace varias preguntas.
“Batono, batono…”
“No me llames batono, eso se hace en Georgia.
¡Llámame Stalin!”
“Batono…”
“¡Llámame Josef Vissarionovich!”
“Sí, claro. Josef Vissarionovich,
¿qué sabéis hacer?”
“Reinventar el mundo, pero de una manera
enraizada en el realismo.”
“¿Qué os gusta hacer?”
“Ser paradójico, y también
realista.”
“¿Cómo definiríais
vuestra era?”
Stalin murmulla algo, pero Beria oye otra cosa
muy distinta.
“Un chiste sin humor, una verdad inventada,
un episodio histórico que no dio frutos,
la máxima realidad…”
“Pero, si sois el líder mundial
del proletariado”
La voz es de Stalin, pero no el mensaje.
“Camarada Beria, el mundo no es mío,
sino que yo soy del mundo. ¿Se puede
ser más real que eso?”
“¿Vuestra mayor capacidad?”
“La del realismo.”
“¿Prohíbes el culto?”
“Lo mío es el culto a la personalidad.
Y más que culto es realidad estrictamente
hablando.”
Sí, es la voz de Stalin pero no sus palabras.
Beria debe estar soñando.
“¿Y cómo decís que
os llamáis?” le pregunta
“Josef Vissarionovich, ése soy
yo”, dice Stalin encendiendo un cigarrillo.
A mediodía la cocinera georgiana Rodionovna
prepara satsivi a la georgiana, Josef Vissarionovich
brinda con Kindzmareuli y vodka en honor del
tornillo soviético y regala ositos de
peluche a los niños. Anticipa que mañana
temprano enviará a un viejo colega a
Siberia. En ese momento hay dos Stalins en el
comedor.
“¡Yo soy el real!”
“Yo soy el actor.”
“Yo soy el hombre del pueblo”
“No, ése soy yo. Yo represento
a Stalin en las pantallas de los cines, soy
el que el proletariado ve con sus ojos...”
“¿Tomarías mi lugar?”
“¡Sí porque soy idealista!”
“¡En ese caso no sabes ser Josef
Vissarionovich. Para ser como yo hay que ser
realista, ni más ni menos!”
Después de comer Josef Vissarionovich
acude a la tumba de Nadezhda, su segunda mujer.
Ambos fueron conspiradores en dos frentes, en
el amor y en la revolución.
“¡El revolucionario realista llevará
vida de asceta!”, dice en voz alta, recordando
lo que solía decirle a ella, pero no
puede dejar de mirar la foto de Nadezhda a los
veinte años, con una boina roja y una
sonrisa blanca.
Nadezhad se suicidió, abrumada por lo
que tachó de crueldad y represión
de Josef Vissarionovich. Su hijo trató
de suicidarse sin conseguirlo, lo que provocó
las burlas del dictador.
“¡El suicidio es la única
muerte realista!”
Por la tarde viene un director de teatro a
hablar de una obra que va a estrenarse. Josef
Vissarionovich escucha las propuestas y finalmente
se manifiesta mirándole al otro fijamente
a los ojos.
“¿Qué pueden aprender los
soviéticos de Hamlet? Representadlo si
queréis, no me escuchéis a mí,
mi opinión no es la de un hombre de letras.
La intriga no puede admitir el afecto. Hamlet
es un manifiesto sobre el individualismo, una
declaración de castidad espiritual. Yo
soy un realista. El teatro ha de ser realista.
El arte ha de ser realista. La vida ha de ser
realista…”
Antes de cenar, Josef Vissarionovich le dice
a Beria:
“Yo me vestiré a la moda china
y regalaré al Presidente Mao un traje
tradicional de nuestro glorioso campesinado.
De este modo nos hermanaremos.”
Y en ese momento entra en el salón el
Presidente chino acompañado de un intérprete.
Siaoo dice Mao.
“Camarada intérprete, qué
dice el gran líder…”
“Que el duro laborar del pueblo soviético
es como el cántico de las aves que emigran
para encontrar tierras nuevas y soleadas donde
su vida no peligre y puedan reproducirse sin
temor a quedar diezmadas por el frío
y las tempestades.”
“Estoy de acuerdo”, dice Stalin,
“pero quiero saber qué opina de
mí el gran líder chino.”
Siaoo dice Mao.
Y el camarada intérprete explica.
“El Presidente Mao señala que al
igual que toda nube es mecida y transportada
por el viento que le da forma y la hace parecer
tantas veces como un dromedario o una flor o
a un árbol, así también
el pueblo soviético se alza en los hombros
del egregio Stalin y se transforma en algo que
va mucho más allá que la suma
de las masas soviéticas…”
“Sí, gracias”, repone Stalin
levantándose y sintiéndose agitado,
“pero insisto en que quiero saber qué
aspectos de nuestra revolución inspiran
a la República Popular China”.
Siaoo dice Mao.
Y el camarada intérprete explica.
“Nuestro gran presidente acaba de indicar
que el día el corto, pero no la vida.
Los animales salvajes son peligrosos, pero no
sus rugidos. Las hojas caen de los árboles
sólo en otoño. No hay fruto que
no haya sido antes flor. Es por ello que hay
dos pueblos que apoyándose mutuamente
en el mundo, contribuyen por igual a la Dictadura
del Proletariado.”
Stalin se cruza de brazos y toma más
aire de la cuenta.
“¿Y qué opina el gran líder
chino de que yo sea un realista?”
Siaoo dice Mao.
Después de cenar, Stalin convoca a
sus hombres a una partida de cartas.
“¿Cuánto son dos y dos?”,
pregunta sin levantar los ojos de su escalera
de naipes.
“Lo que digáis”, repone Beria.
“Usted primero”, dice Molotov.
“Estoy dispuesto a cambiar mi respuesta
si no os gusta”, dice Georgievich.
“Puede que uno, puede que dos, puede que
tres, puede que cuatro…”, dice Shaposhnikov.
“Vamos, vamos, camaradas”, dice
el dictador, ganando una partida más,
“seamos realistas.”
Antes de acostarse, Josef Vissarionovich mira
por la ventana de su dacha.
“El miedo que os inspiro”, dice,
“desaparecerá con mi muerte. Y
escribiréis crónicas sobre mis
hazañas tachándolas de crímenes
contra el pueblo, y os burlaréis de mí,
y un tal Yuri Krotkov escribirá un libro
que incluirá episodios a la vez reales
e inventados, históricos y apócrifos.”
“Pero los personajes serán verdaderos”,
dice Beria.
“Realistas! La palabra que hay que usar
es realista, muy distinta de la palabra verdadero.”
Por la noche, Josef Vissarionovich ha bebido
tanto alcohol que se encierra en su estudio,
la llave por dentro. Al cabo de 16 horas sus
hombres echan abajo la puerta. Beria, Bulganin,
Kruschev y Malenkov entran sin hacer ruido y
se acercan al cadáver. Todos piensan
que Josef Vissarionovich es capaz de dormir
sin respirar y dan muestras de admiración.
Al cabo de unos minutos, Beria interrumpe el
silencio.
“!Es un muerto muy realista!” comenta,
parafraseando al dictador.
© Isabel del Río, 2006
Inscripciones
y comunicaciones:
info@lacasaquegrita.org
|