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Creación Literaria

FUEGO


de Isabel del Río


El fuego es como el aire, gaseoso. Inasible como los líquidos. Como la tierra porque se alimenta de sólidos. Todo se complementa al mismo tiempo que se anula.

Al igual que el aire marca el principio y el final de la vida, el fuego marca el principio y final de la destrucción.

El fuego es luz en movimiento o la luz del movimiento, según se prefiera.

El fuego es, más que nada, el color rojo. O sea, la manifestación del rojo. O sea, lo que hay cuando sólo queda el color rojo.

El fuego se define únicamente como combustión porque nadie sabe describirlo de otra manera.

Hay muchos fuegos, el de los ojos, el de la voz, el de las manos, el del pecho, el del sexo, el del alma, el del universo.

El fuego nace artificialmente en la forja, y naturalmente en la nube.

Para que nazca el fuego basta una chispa, y lo mismo sucede con casi todas las cosas. Por eso, podría decirse que todo es fuego, o que todo se parece al fuego. Podría decirse también que a la larga todo se reduce a un cúmulo de cenizas.

El fuego lo quema todo, la madera lo que más. Pero también las personas y los lugares se han visto reducidos a escoria: Ícaro, Guernica, monjes tibetanos por iniciativa propia o ajena, Alejandría, Juana de Arco, Londres, el ama de llaves de Rebecca, Dresden y casi Mister Rochester.

El fuego es, por lo tanto, un agente provocador.

El fuego es vulnerable, no tiene formas definidas y cambia de color a cada instante. Es decir, todo intento de delimitarlo se nos escapa como una llama entre los dedos.

Hay quienes eligen desaparecer bajo las llamas. Se engendran del polvo y se calcinan en polvo.

El fuego purifica, dicen. Pero sólo porque nos devuelve a nuestro estado original.

El fuego mueve motores, cañones, rifles y balas. Pero también volcanes y tormentas. Mueve tanto lo autóctono como lo fabricado por el hombre.

No hay fuego sin humo, del mismo modo que no hay sol sin sombra. Pero sí puede haber humo sin fuego, como el humo del rescoldo, el de la neblina o el del aliento en invierno.

Hay fuegos aceptables y fuegos detestables. Entre los primeros se cuentan los que nos calientan, entre los segundos los que nos dejan fríos.

Por el fuego han nacido profesiones: el bombero y el electricista y el soldador. Hay quien contaría también al pirómano, aunque en este caso no se trata de un profesional sino de un mero aficionado.

El fuego es a la vez acto y deseo. No hay día en que no se declare un incendio o en que alguien tenga intención de prender fuego al prójimo.

No hay nada como un fuego a tiempo para luego recoger lo indestructible entre los rescoldos.

Sin fuego nos faltarían los colores, la temperatura y hasta los sabores. En otras palabras, todo sería gris, frío y crudo.

Se dice que las cosas arden cuando se llega a una cima notable, y que todo está caliente cuando falta poco para llegar a la esencia.

Hay fuegos diurnos y fuegos eternos.

Hay fuegos fugaces y huidizos, pero también impetuosos y permanentes.

Hay fuegos para quemar y fuegos para calentar.

Hay fuegos para destruir el acero y fuegos para soldar el hierro.

Hay fuegos que iluminan el túnel y otros que impiden la salida.

Hay fuegos que se alimentan de amor y otros de odio. Se debe a que, en términos generales, el fuego es pasional.

En términos particulares, puede decirse que no hay día que pase sin que algo se incendie y se agote.

El fuego no es más que el constante recordatorio de la fugacidad e inconstancia de los objetos.

El fuego también nos recuerda a nosotros mismos: fugaces, inconstantes, objetos.

El fuego nos parece necesario para vivir, y sin embargo a muchos de los que siguen vivos se les apagó la llama hace años.

Hay quien juega con fuego, pero echando leña al fuego se juega mejor.

A fuego lento, a sangre y fuego, fuego sagrado. El hecho es poner toda la carne en el asador.

En habiendo tierra y fuego, nace Tierra del Fuego. En habiendo árboles, armas, toros, ollas, banderillas, botones, lenguas, todos ellos de fuego, nace la certeza de que el fuego termina quemándolo todo.

Puse la mano en el fuego, y me quemé entera.

Hay fuegos artificiales y fuegos fatuos, una clasificación también aplicable a los humanos.

Se habla de fuegos griegos, chinos, japoneses, pérsicos. Se habla del fuego de Santelmo, de San Antón, de San Marcial, de Santa Elena. Se habla de fuego sacro y del fuego manso. Pero el que más llama la atención es el que llaman fuego sublimado corrosivo.

La aurora boreal, la estrella del norte, Venus, la osa menor, Alfa-Centauro, la vía láctea, todas compiten por abrir fuego en mitad de la noche.

Unos echan fuego por los ojos y por las fosas nasales, pero hay hasta quienes están hechos enteramente de fuego.

Sólo se saca un fuego con otro fuego.

El fuego es a la vez sereno e inquietante. El crepitar del fuego nos apacigua, y sin embargo sólo se toca a fuego para avisar de los peligros.

Una vez envuelto cualquier objeto en las llamas, es mejor dejar que se queme. Pero las castañas hay que sacarlas del fuego.

El fuego es antropomórfico: criatura sinuosa y frágil que se ahoga en un charco de agua.

El fuego nos iguala: en la pira funeraria nos reduce a cenizas, en la hoguera nos obliga a sentarnos en círculo.

El fuego es, como el agua, inasible; y sin embargo una calma la sed que produce el otro.

En todos los casos es aconsejable quemar las naves y no mirar atrás.

En todos los casos, los días se consumieron antes de lo previsto como una llama.

En el mundo no hay mayor fuego que el de las estrellas, no hay mayor llama que la del delirio.

© Isabel del Río, 2005


Inscripciones y comunicaciones: info@lacasaquegrita.org

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