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Creación Literaria

EL ESPÍRITU DE LALA

Cuando ETA perpetró el cobarde asesinato de Miguel Ángel Blanco, nació el “Espíritu de Ermua”.
Joven, entonces, para comprender su significado, permaneció, sin embargo, imborrable en mi memoria. Ese “Espíritu”, como un imparable sunami, se convirtió en una fuerza que unió a muchas personas diferentes en una sola, sacando lo mejor de cada uno de ellos.
Ahora, con la muerte de Lala, he comprendido el valor del “Espíritu”, de la esencia de alguien especial. Y es que, aunque su cuerpecito nos haya dejado, ha sembrado en mi corazón la semilla de “algo” grande e inexplicable. Y cobra mayor relevancia tratándose de un animal.
Yo lo llamo “el Espíritu de Lala” y, después de dos días de llorar y de pensar mucho en ella, he llegado a la conclusión de que el Espíritu de Lala es el Amor. Amor es lo que me ha prodigado a lo largo y ancho de seis años y Amor es el sentimiento más fuerte que ha dejado en mi interior.

Con su inseparable pelotita y las barbitas eternamente húmedas de relamerse pensando en las cortezas de la pizza.
Su obsesión por perseguir a los gatos… pero sólo a los que huyen, que los otros son muy “peligrosos”. Como los niños, que no hubo ninguno tras el que no corriera ladrando, para diversión de ambos.
Leal hasta la muerte, consentía en quedarse con todos, con cualquiera, especialmente con las “tías”. Pero si intuía que sus amitos andaban cerca, o podían volver, nada ni nadie podía moverla de su rincón de la puerta del jardín, muy pegadita a la reja para no perderse detalle.
Y más tarde, al regreso de los “traidores”, la sinfonía de aullidos desesperados y el escape de “pis”, que más parecía que ibas a degollarla, que a librarla de su soledad. Y entonces sobrevenían los saltos descontrolados… y las carreras de uno al otro.

Fue una perra mimada, ¡qué duda cabe!, en todos los sentidos. Y no me pesa no haberlo hecho más, porque no pude hacerlo más… Me duele decirlo, pero siempre he pensado que me arrepentiré de los “Te Quiero” que me he callado. Se los he negado a muchas personas que adoro. Sin embargo, no recuerdo un solo día que no haya abrazado a mi perrita diciéndole lo mucho que la Quiero.
Mi escudo protector se muestra frío con algunas personas a las que quiero y muy pocas logran atravesar sus barreras. Pero la Bondad, la Lealtad, la Integridad, la Generosidad, la Nobleza de corazón… las derriban y me rinden a sus pies.
Y eso, sin reservas, consiguió mi pequeña perrita. Y no es nada enfermizo, que mi corazón no distingue entre humanos y animales cuando hay Nobleza y Amor.

Y eso es lo que el Espíritu de Lala provoca en mí: un inmenso Amor que me desborda y contra el que no puedo luchar. Un sentimiento que me ha dejado desolado e incapaz de aceptar su desaparición.
El Espíritu de Lala se adueñó de un trocito de mi corazón, que ahora llora desconsolado la pérdida de una perrita incapaz de odiar, ni de discriminar a nadie por sus ideas, raza, religión o posición social. Todos eran iguales cuando ella ponía su tiñosa pelota a sus pies. Ni mayores, ni niños podían resistirse a su gruñido urgiendo al deseado “chut” (“chupinazo”, para ella). El cliente soliviantado, el vecino plasta, la visita deseada y la que no, el fontanero, el pintor, el carpintero, el Alcalde, el pocero, los niños de la calle, ¡mi padre! (que odia a los perros), todos han pasado por el inevitable ritual del patadón a la pelota. Y todos pudieron ver a la “saeta negra”, el morrito a ras de suelo, las patitas cortas al galope casi imposible, salir como una bala tras su trofeo y agarrarlo al vuelo gruñendo, grrr, grurf, grrr, para volver a depositarlo, una y mil veces, a los pies del incauto de turno.
Y esa pasión, su gran pasión, no se la negó a nadie. Como a nadie mordió nunca. Y como a todos ladró porque, eso sí, copió el carácter de sus amos, que son esencialmente gruñones.
Ladraba siempre y mucho, pero moviendo su rabito para decirte veladamente que esa era su obligación. Que no te preocupases, que no iba en serio. Es que tenía que ganarse su pienso. ¡La pobre! No sabía que, aunque fuera muda, nunca le habríamos negado nada. Mucho menos, sus premios, que se ganaba por nada, sólo por ser lo estupenda que era.
Y su otra obsesión: las piedras. La de broncas que me he llevado por alentar, incluso fomentar, esa afición. Las piedras y el buceo… ¡cómo se divertía, y nosotros viéndola! Si llego a adivinar este final, con piedras de molino habríamos jugado, que cuanto más grandes, más le gustaban.
Mención especial merece el capítulo de la cama. Siempre hemos dormido juntos, desde que nació. Ni el rechazo, sólo al principio, de Rosa, ni la incomprensión de la gente, sobre todo de mis padres, ni la amenaza de divorcio de Mar, consiguieron alejarla de mi cama. No de mi lado de la cama, que parece ser que mi baile de San Vito mientras duermo nunca le gustó y prefería, por tanto, el otro extremo.

El Espíritu de mi Lala, forjado de Alegría, Bondad, despreocupación y Lealtad se materializó en un Amor sin límites a las dos personas que la aceptaron siendo muy pequeñita, recién destetada.
Hija de campeones, un Schnauzer miniatura y una West Highland Terrier, aunque chucho por esa mezcla, era una auténtica campeona por sí misma.

Lástima que, para que cupiera ese ALMA en un cuerpo tan pequeñito, su hígado haya tenido que empequeñecerse hasta llevársela lejos de nosotros.

Aún con la tristeza que me embarga, que muy a menudo tengo ganas de llorar, siento mucha Paz interior. Acaso sea por el hecho de que Lala no está muerta en mi corazón y porque vivirá mientras nosotros la recordemos.
Así, me he sorprendido varias veces imaginando que paseaba por la playa tras de mi o que nadaba contra las olas, tragando agua, intentando alcanzarme.
Me parecía todo más aburrido sin mi eterna preocupación por su seguridad. ¡Qué contradicción! Siempre pendiente de que nada externo pudiera dañarla, cuando la verdadera lucha se libraba en el interior de su cuerpecito. Pero esa batalla nunca se gana. Está perdida de antemano y luego solamente queda el consuelo de los momentos vividos. ¡Poco consuelo para tanta pérdida! Pero, como Lala era un espíritu feliz, nunca querría vernos tristes.
Siempre parecía comprenderlo todo, levantando sus orejitas puntiagudas. Y eso la hacía parecer muy lista, que lo era verdaderamente. Y siempre sabía si estabas enfadado, triste… No le gustaba verme de mal humor. Cuando eso ocurría me cosía a lametazos, que eran sus besitos.

Me he prometido dedicar este fin de semana a la memoria de Lala, escribiéndola, llorándola, recordándola a cada instante. Como un símbolo a lo muchísimo que me ha dado a cambio de tan poco.
Desde el lunes, intentaré olvidarme de los dos últimos días de su vida para quedarme con todos los demás, con los buenos.
Procuraré quitarme la tristeza de encima, para dedicarme sólo a recordarla con Amor, sin quejarme de lo corta que ha sido su existencia y alegrándome por lo maravillosa que ha sido la mía a su lado.
En el transcurso de su corta vida, han ocurrido las mejores de la mía. Ambos le debemos mucho; quizá más Rosa, quien se apoyó mucho en ella en esos malos momentos o cuando su madre y su padre se fueron para siempre.
Sólo el hecho de acariciarla y hablarla te liberaba de muchas tensiones. Su lomito, su barriguita, su cabecita han servido en muchísimas ocasiones como refugio de mis frustraciones y como bálsamo de mi soledad.
¿La habré proporcionado yo una décima parte de ese consuelo? Probablemente no porque ella, a diferencia de mi, no se consideraba el ombligo del mundo, ni hacía problemas de nimiedades, ni era egoísta. En su generosidad, daba mucho más de lo que pedía a cambio: un poco de agua y comida, algún paseo y cariño.
En algo, por lo menos, hemos coincidido: NUNCA nos habríamos abandonado, de no ser por la muerte.

Desde que he escrito estas líneas no he vuelto a llorar y pienso que es porque no pude despedirme de ella y decirle todo esto mirándola a los ojitos.
No lloré la muerte de mi anterior perro, “Into”, porque pude despedirme de él y acompañarle en sus últimos momentos.
Con Lala se me negó y eso me ha destrozado. Con los años, ya cargo con unos poquitos, he aprendido a valorar las cosas importantes de verdad y, por encima de todas, está el hecho de ser fiel y leal a las personas (o animales) que te quieren sin reservas. Y eso implica, sobre todo, que nunca se sientan solas o desprotegidas. Mucho menos en la enfermedad o la muerte.
Maldito destino que ha permitido que Lala muera como siempre he querido: rápido y sin sufrir. Pero tan rápido que no me permitió acompañarla en el postrer momento.
Espero que sepa comprender, al pasar sola en la clínica veterinaria su última noche, que hicimos lo que pensamos que era mejor para ella, aunque ahora tenga que llorar esa decisión.

Podría estar muchos días escribiendo sobre mi pequeña perrita, recordando todos los momentos vividos a su lado, pero “las lágrimas no me dejarían ver las estrellas”.
Voy a incorporar el Espíritu de Lala al patrimonio de mi corazón, junto al resto de las personas y hechos que me han forjado como Hombre, asignándole un lugar de honor, y voy a continuar viviendo. Procuraré volver a volcar un poquito del Amor que llevo dentro sobre otra perrita, a la que contaré que una vez vivió una perra muy especial que se llamaba Lala, abreviatura de Lala-Takerkoust, que hizo muy felices a muchas personas.
Al calor de la chimenea, le narraré muchas de sus aventuras y le pediré que la tome como ejemplo si alguna vez no tiene claro cómo comportarse para llegar a ser una gran perra.

Estas palabras son las que te habría susurrado al oído, mientras se te escapaba la vida, para terminar diciéndote lo sumamente orgulloso que me siento de que me permitieras ser uno de tus amitos. Lo orgullosísimo que me sentía al presentarte como mi perrita y de lo bien que te portabas allá donde te llevábamos.
Te habría besado con ternura, como siempre, y te habría atusado los bigotitos para que estuvieras guapa allá donde quiera que vayas.
Y, de nuevo orgulloso, me habría alejado llorando, pensando que dos personas difícilmente podrán tener mejor compañera para compartir la vida.

Te quiero para siempre, mi pequeña compañera, y prometo que nunca te olvidaré. No nos olvides tú tampoco, pequeña Lala, y que tu Espíritu nos acompañe en los buenos y malos momentos que todavía nos restan por vivir.


Lala, 1 de julio de 2.000 al 6 de julio de 2.006


Francisco Jiménez


Inscripciones y comunicaciones: info@lacasaquegrita.org

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