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Creación Literaria
En la ciudad de la lluvia
1
No para de caer agua.
Es otra clase de milagro.
Otra manera de abundancia.
Y no estoy acostumbrada
a que se me mojen los pies,
a correr en busca de soportales,
a levantar el paraguas con el orgullo
con que se lleva un estandarte.
2
Esta canción de la lluvia, para mí,
es completamente nueva.
Dan ganas de mover los pies.
No entiendo entonces por qué
únicamente veo
figuras apresuradas.
Tal vez, porque los bailarines
esta mañana
han decidido caminar simplemente.
Yo, en cambio, no puedo estar ajena
a la música del agua y de las nubes,
al ritmo que la tormenta impone.
Es la lluvia pero también el corazón
que me consuela.
Hoy no es mañana ni tampoco junio,
no es martes ni siquiera jueves
Esta semana, la hora de consulta es a las doce.
Sé susurrante, amor,
como la lluvia.
3
Un cortado con leche, un té,
un copazo de anís o de aguardiente.
Las parejas entran riendo. En este café
se huye de un mar de paraguas
de un puerto brumoso
en pleno diciembre.
A una muchacha se le caen
los apuntes, se le esparcen en el suelo
como hojas secas de árboles raídos.
Y enrojece
y alguien se ofrece a ayudarla
y hablan con cierta timidez
con la voz queda de las confidencias,
con esa ternura de los primeros
puentes que se tienden
¿alguna vez fui yo tan
torpe,
tan joven, tan sonriente?
4
Cruza la plaza en diagonal.
Es la única figura en este
panorama de charcos.
Sobre el cielo gris,
la cruz de una grúa de obras.
5
Desde aquí arriba,
desde lo alto de la plaza,
las mujeres son colores.
figuras alargadas,
reinas que comen peones
sobre un tablero mojado.
6
Fíjate en ese paraguas
que alguien ha abandonado
en una papelera.
Sus varillas recuerdan
la arboladura de un viejo barco.
7
Paraguas para dos en la plaza.
¿Qué historia me ocultan?
Quisiera saberlo todo,
Lo que hay detrás de los gestos,
de las sonrisas, de las palabras.
Miro las chimeneas y no hay humo.
Me siento desconsolada
como la pobre niña
de un olvidado cuento de hadas.
8
Mi primera lluvia
fue en una isla pequeña.
En una ciudad de parques
que podían mirarse de una sola vez;
de cementerios al lado de la playa.
Recuerdo que los muertos tenían nombre
y había flores en los bordes de las carreteras
y había apagones de luz
y fiesta de velas encendidas
cada vez que caía el agua.
Un país de gaviotas y
de charcos
que eran perfectos para botas
amarillas.
Era, por tanto, imposible
no ser feliz en aquella infancia.
Santiago de Compostela, diciembre 2006.
Autor:
Dolores
Campos-Herrero
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