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Creación Literaria
La hora de la minificción
Cuando se despertó, el dinosaurio lo
miraba con ojos espantados.
Nunca pensó que su resistencia a dejar
aquel cálido dormitorio fuese a armar
tanto ruido.
Si no hubiese sido una criatura troglodita,
poco acostumbrada a las cortesías sociales
y a los ruidos, habría agradecido la
delicadeza de haber reparado en él.
Sin duda resultó ser toda una gentileza
haberlo sacado de su oscura caverna. Al principio,
fue un poco incómodo: viaje vertiginoso
donde los haya que lo dejó a los pies
o la cabecera de la cama de un durmiente, en
un año impensable de la nueva era.
Lo que el dinosaurio nunca alcanzará
a comprender es que su estática presencia,
casi como la de los camaleones sobre las alfombras,
ha supuesto en la historia de la literatura
más reciente todo un hito.
La marca de una fecha fundacional.
Y no es que con él naciera el microrrelato,
la minificción, el minicuento o el relato
súbito, como queramos llamarlo. Pero
esta historia de apenas siete palabras se ha
convertido en el principal paradigma de un género
que ha experimentado, en los últimos
años, un desarrollo notable.
Y, por si fuera poco, al animalito le han salido
parientes.
“Al despertar, ha escrito José
María Merino, Augusto Monterroso se había
convertido en un dinosaurio. “Te noto
mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que
también estaba en la cocina”.
En la pluma del argentino Eduardo Berti anda,
asimismo, garatuseando la pequeña bestia.
“Cuando el dinosaurio despertó,
los dioses todavía estaban allí,
inventando a la carrera el resto del mundo”.
En cambio, para Raúl Brasca, otro escritor
y crítico argentino, cada soñador
tiene su dinosaurio, aunque lo común
es que no lo encuentre al despertar.
Naturalmente, lo común si el durmiente
de turno no es el personaje de una minificción.
Porque hay que decir que lo que define a esta
clase de textos literarios es el hecho de que
en su seno todo puede ocurrir.
En realidad, la perplejidad allí hace
su morada.
Pero en los microrrelatos, además de
fieras antiguas, podemos encontrar animalillos
mansos como las ovejas negras de otro relato
hiper breve de Augusto Monterroso.
Y no es que la mini ficción se parezca
en exceso a los tratados zoológicos.
Lo que ocurre es que, entre sus precedentes
como género (genero extraño y
subyugante, todo hay que decirlo) están
las fábulas y los bestiarios.
SI aceptamos que el amor y la obsesión
por la persona amada pueden trasponer los límites
del afecto para metamorfosearse en una suerte
de alimaña o bestezuela, la cuestión
nos lleva de inmediato a los microrrelato crueles
y macabros de Max Aub
Vean estos dos ejemplos:
1) “-Antes muerta-me dijo. Y lo único
que yo quería era darle gusto”.
2)”La hendí de abajo a arriba,
como si fuese una res, porque miraba indiferente
al techo mientras hacía el amor”.
En el terreno de los crímenes ejemplares,
como el propio Max Aub los denomina, tenemos
este otro, el tercero de los que proponemos
del autor de “El laberinto mágico”
3) Lo maté sin darme cuenta. No creo
que fuera la primera vez”.
Otro brillante y excepcional ejemplo de lo que
con muy pocas palabras podemos conseguir es
el que sigue “La mujer que amé
se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar
de las apariciones”, ha escrito Juan José
Arreola, indiscutible maestro del relato hiper
breve.
De Hispanoamérica nos han llegado excelentes
cultivadores de ficciones mínimas como
Marco Denevi o Enrique Anderson Imbert, pero
a este lado del Atlántico la nómina
de magníficos cultivadores no se queda
chica.
Por su parte, el malagueño Rafael Pérez
Estrada nos ha dejado en herencia uno de esos
que combinan a la perfección la intensidad
dramática y la atmósfera de irrealidad.
Una pieza altamente significativa de lo que
es el arte de la brevedad.
“Cuando murió, durante muchos días
supe que sería suficiente con marcar
su número para que ella misma me hablase
de las excelencias del tiempo y de algunas noticias
íntimas (estaba seguro de que evitaría
hablar de su propia muerte). Sin embargo, desconociendo
yo la estética de los muertos, y el placer
de sus conversaciones, me limitaba a apoyar
la cabeza en el teléfono y, sin descolgarlo,
lloraba recordando su voz”.
EL catalán Pere Calders es el autor de
muchos de mis microrrelatos favoritos. Por ejemplo
aquel tan inquietante titulado “El expreso”.
“Nadie quería decirle a qué
hora pasaría el tren. Le veían
tan cargado de maletas, que les daba pena explicarles
que allí no había habido nunca
ni vías ni estación”.
Otra veta interesante es la que abren y proporcionan
el humor y la ironía. Sigamos a Calders
en “Cuestiones de trámite”.
“Le dijeron al reo que tenía el
derecho de una última voluntad, pero
el contestó que pasaba, porque no se
pondrían de acuerdo”.
En “Nunca se sabe” nos enfrenta
a ese mundo de laberintos, incertidumbres y
paradojas que encierran casi todos los microrrelatos.
“De las cuatro ruedas del coche, había
una que giraba al revés. Pero era la
buena, porque intentaba alejarnos de una curva
que nos destrozó a todos”.
En el terreno de las narraciones mínimas
hay que decir que prevalecen la imaginación
sobre el realismo, el humor por encima de la
gravedad y la recreación de otros textos
anteriores, una suerte de intertextualidad que
navega por los territorios del mito o los arquetipos
literarios. Como ejemplo, nos pueden servir
las ya citadas vueltas de tuerca al famoso dinosaurio
de Monterroso, pero también la revisitación
de la obra de Shakespeare, Homero o Cervantes.
Así vemos que el chileno Juan Armando
Epple es autor de un volumen de microquijotes
que abunda en esta posibilidad de reescritura
y parodia.
Entre las muchas otras posibilidades que en
este ámbito existen, David Lagmanovich,
apunta la de los “Articuentos”.
Para este autor de una de las más recientes
antologías del microrrelato hispánico,
“La otra mirada”, los “articuentos”
son un producto híbrido. El resultado
de un cruce entre la ficción y el artículo
periodístico. Un caso muy característico
es el Juan José Millás, que utiliza
el soporte de una columna periodística
para contar ficciones. Ficciones que seguramente
tienen mucho de parábolas contemporáneas
Nos queda muchas cosas por decir pero es inexcusable
apuntar al menos tres.
Que en las islas hay también excelentes
cultivadores de este género. El grancanario
Santiago Gil es uno de ellos y en “Tierra
de nadie” nos proporciona textos que encajan
perfectamente con lo que es el espíritu
del microrrelato. Es decir, textos que, en ocasiones,
se acercan a los pensamientos pascalianos, a
las sentencias, a los aforismos o a la sutilísima
poesía de los haikús.
“Se escondía de todo el mundo cerrando
sus propios ojos cuando lo mirabas. El sabe
que es en la mirada del otro en donde uno siempre
se juzga sin piedad”
“Tarde o temprano, escribe Gil, subirá
la marea a anegar los castillos que creíamos
eternos”.
Y que para que un relato o cuento se considere
mini ficción no debe superar las 250
palabras.
Por último, pero no menos importante,
hay que decir también que el microrrelato
es un género que está emparentado
con las greguerías, el juego de palabras,
el non sense y la literatura del absurdo de
raíz dadaísta. En ellos apenas
hay personajes y posee una mínima ubicación
temporal y su acierto depende de la extrañeza
o sorpresa que nos provoque. Por eso, en ocasiones,
se asemeja a un chiste. Por eso, además,
es lo más parecido a un fuego de artificio.
Breve pero fulgurante. Fugaz pero resultón.
Casi siempre nos invita a pensar. Y si no, reparen
en este último de Adolfo Bioy Casares,
titulado “Escribir”.
“Cada frase es un problema que la próxima
frase plantea nuevamente”.
Por eso la literatura se parece tanto a la vida
¿o no?
Dolores
Campos-Herrero
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